17 abril, 2026

De cómo los libros prolongan la vida – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

No había terminado de escribir un artículo en el que reiteraba las virtudes del libro y de la lectura cuando el algoritmo ya me ofrecía diversas publicaciones sobre el tema, firmadas por autores prestigiados. Para no desperdiciar las buenas intenciones de la Inteligencia Artificial —y de paso ahorrarme el esfuerzo de elaborar un texto completo—, les comparto unos párrafos brillantes del semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco, publicados en 1991.

Desde los tiempos en que la especie comenzaba a emitir sus primeros sonidos significativos, las familias y las tribus necesitaron de los viejos. Quizá primero no servían y eran desechados cuando ya no eran eficientes para la caza. Pero con el lenguaje, los viejos se han convertido en la memoria de la especie: se sentaban en la caverna, alrededor del fuego, y contaban lo que había sucedido (o se decía que había sucedido, esta es la función de los mitos) antes de que los jóvenes hubieran nacido. Antes de que se comenzara a cultivar esta memoria social, el hombre nacía sin experiencia, no tenía tiempo para forjársela, y moría. Después, un joven de veinte años era como si hubiese vivido cinco mil. Los hechos ocurridos antes que él naciera, y lo que habían aprendido los ancianos, pasaban a formar parte de su memoria.

Hoy los libros son nuestros viejos. No nos damos cuenta, pero nuestra riqueza respecto del analfabeto (o del que, alfabeto, no lee) consiste en que él está viviendo y vivirá solo su vida y nosotros hemos vivido muchísimas… El libro es un seguro de vida, una pequeña anticipación de inmortalidad. Hacia atrás (¡ay!) más bien que hacia adelante. Pero no se puede tener todo y al instante.

Hasta aquí la cita de Eco, publicada, les decía, en 1991, en el periódico La Nación. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero la lógica del autor de El nombre de la rosa sigue vigente: hemos llegado hasta aquí gracias a un proceso permanente de acumulación de experiencias, de conocimientos, de creencias transmitidas de generación en generación. Y como nuestra memoria es finita, los libros se convirtieron en el receptáculo de esa información que acompañó el proceso civilizatorio de nuestra especie.

Por los años en que Umberto Eco publicó estas reflexiones sobre los atributos del libro, recuerdo que los inquietos jóvenes que éramos nos afanábamos en organizar un encuentro de “cuenteros”: ancianos que guardaban en su memoria —y transmitían oralmente— los mitos, las leyendas, los conocimientos heredados de sus mayores y las experiencias que ellos mismos habían vivido. Queríamos compilarlos y publicar un libro con todo eso que llamábamos “tradición oral”. Creíamos que, si no la recogíamos en papel, se perdería la memoria de la que eran depositarios nuestros abuelos. No conseguimos hacer realidad ese proyecto y, lamentablemente, la modernidad nos va apartando cada vez más de su cosmovisión.

En fin, como anillo al dedo nos queda el imprescindible Borges: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo… Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.”

Como aquellos ancianos a quienes quisimos escuchar para preservar sus voces, los libros siguen siendo hogueras encendidas en la caverna del tiempo. Allí nos reunimos, generación tras generación, para oír lo que ya fue y encontrar sentido a lo que vendrá. En tiempos en que la memoria parece diluirse en la inmediatez de las pantallas, leer sigue siendo —y quizá lo sea siempre— un acto de resistencia.

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