Inosente Alcudia Sánchez
Quizás nadie se enteró de la desgracia. Y si algunos sabían no le dieron importancia, porque ni los chismosos que iban por las mañanas al café del parque mostraron inquietud ante lo que se aproximaba. En el pueblo, la vida marchaba con el ritmo habitual de esos tiempos. Había llegado la primavera y los días eran luminosos. Sin señales de lluvia, una brisa fresca limpió de nubes el cielo azulísimo de aquel lunes 29 de marzo de 1982.
México se hundía en la más grave de las crisis económicas padecidas hasta entonces y las noticias contaban el pleito entre británicos y argentinos en la Guerra de las Malvinas. Yo asistía a la escuela en el turno vespertino y, temprano, efectuaba diligencias propias de un adolescente auxiliar en las tareas hogareñas. En esa ocasión salí de casa como a las nueve a cumplir algún encargo doméstico. El tráfico vehicular marchaba con normalidad y los peatones caminábamos en fila sobre la acera que nos protegía de los rayos del sol. Fue alrededor de las 10, cuando percibí el fenómeno.
Al principio creí que eran esas “arañitas” casi imperceptibles que se cuelgan en nuestros ojos: parpadeé con insistencia, pero no desaparecieron. Al contrario. De repente, una se materializó en brizna gris sobre mi brazo izquierdo, agucé la mirada y alcancé a distinguir incontables “arañitas” que se movían al ritmo del viento. Regresé a casa y nadie parecía darse cuenta de aquel desfiguro de la naturaleza: caía una ligerísima llovizna de polvo y la claridad del medio día se tornó amarillenta. Cuando los incrédulos salieron a constatar la perturbación que había sacado al pueblo a las calles, ya era constante y densa la lluvia de arena y el ambiente se había nublado como en los presagios de tormenta. Apenas empezaba la tarde y las gallinas se enfilaron a su lugar de pernocta, los perros buscaron cobijo dentro de las casas y un silencio profundo cubrió el pueblo. Repicaron las campanas de las iglesias de todas las congregaciones y sacerdotes y pastores improvisaron misas y sermones para acompañar el temor de sus feligresías e infundir fortaleza en sus abatidos espíritus.
Con el noticiero que algunos afortunados alcanzaron a sintonizar en sus televisiones comenzó a disiparse el enigma (unos meses antes, vientos huracanados habían derrumbado la gigantesca antena que nos proveía la señal de dos canales de televisión y todavía no empezaba la colecta ciudadana ni el “kilómetro de a peso” para recaudar fondos que permitieran a las autoridades comprar un dispositivo que nos devolviera la utilidad de los aparatos que solo adornaban las salas de las casas). Empero, todavía tardó horas el desconcierto y el pánico entre los que se habían convencido de la inminencia del fin de los tiempos. Jacobo Zabludovsky informó con voz de alarma que al fondo de las montañas que se divisan al sur, rumbo a Salto de Agua y Tila, la tierra había explotado con ferocidad asesina. El Chichón, un volcán dormido por siglos, escogió el sigilo de la oscuridad en una noche de domingo para despertar y hacer la erupción largamente pospuesta: años después supimos que vomitó sus males humores con tal fuerza que las cenizas se elevaron a miles de kilómetros, rodearon la tierra y disminuyeron la temperatura del mundo.
A las cuatro de la tarde de ese lunes, cuando en una jornada normal el sol se enfila al poniente y las sombras se prolongan del río rumbo el pueblo, la oscuridad se había asentado sobre esta parte del orbe: no era la noche, no había estrellas ni luna ni grillos, sino una niebla gruesa que hacía imposible estar a la intemperie. Encomendarse a Dios era el último recurso y lo más recomendable, porque no fue el alboroto de los animales del patio lo que anunció el crepúsculo, sino la aparición de extraños relámpagos al fondo del horizonte. A madre se le ocurrió ir a orar por la humanidad y la acompañé al templo: las calles estaban inundadas de algo que parecía talco y que se movía con cuerpo acuático. Eran escasos los transeúntes que chapaleaban en el arroyo de polvo y de las lámparas del alumbrado público con trabajo salía una escuálida luz que, sin embargo, permitía distinguir el torrencial aguacero de arena que se abatía sobre nosotros.
A las ocho de la noche los relámpagos cruzaban el cielo como latigazos. Eran descargas eléctricas silenciosas, rayones efímeros de luz que surcaban el firmamento de uno a otro lado. Ni en la peor de las tormentas septembrinas habíamos atestiguado algo igual. Así nos metimos a dormir, alucinados con el insólito espectáculo de luces que bombardeaba la atmósfera. Concilié el sueño escuchando el goteo inusitado de los grumos de polvo que se desprendían de las hojas de los árboles. A esa hora, los techos frágiles comenzaban a colapsar por el peso de la ceniza acumulada y quién sabe cuántas familias iban quedando a la intemperie. Los árboles igual comenzaron a desgajarse. No lo sabíamos, pero era el principio de una calamidad que diezmaría a la fauna que no encontró refugio.
El martes no amaneció. Como si el planeta hubiera detenido su rotación, la noche siguió de frente. No quedó registro en los calendarios y nadie ajustó las hojas de los almanaques, pero una noche de más y un día de menos alteraron para siempre mi reloj biológico. Despertamos antes del horario habitual con la esperanza de que el tormentón de cenizas hubiera cesado y con pesadumbre vimos que el sol no tuvo potencia para vencer la inmensa nube que seguía descargando residuos volcánicos. Y siguió la oscuridad. Los animales de patio no dejaron sus resguardos ni reclamaron alimentos y en las calles continuaron encendidas las farolas públicas. Fueron 36 horas de penumbra y de apretada lluvia de polvo.
El miércoles el alba despuntó esplendorosa, animada por un sol que parecía más brillante de lo habitual. Soplaba moderado el viento que precede las semanas de sequía, pero que alcanza a refrescar la vida, y el desastre continuó. Enormes tolvaneras se levantaban por todas partes dificultando la vista y la respiración de humanos y demás animales domésticos y silvestres. No había palmera altiva en estos rumbos: el peso del polvo quebró sus pencas. Igual los árboles lucían desgajados y el pasto quedó bajo medio metro de cenizas. Del duro verde tropical el paisaje cambió a ocre e imposibilitó por meses las actividades a la intemperie. Los remolinos de polvo se prolongaron hasta la primera lluvia, a finales de mayo. La mortandad se extendió sobre la ganadería mayor y menor; igual que en los animales del monte que no consiguieron sobrevivir a la hambruna que prosiguió al cataclismo. Las consecuencias del desastre se sufrieron por años y sus secuelas permanecen. Enterrada, todavía a menos de un metro de profundidad, hay una franja compacta de arena blanca, como de 20 centímetros de grosor, con la que los geólogos podrán conocer, por los siglos de los siglos, la morfología fatal del volcán cuya erupción fue anunciada en sueños a los zoques que moraban en las laderas de la montaña.


