Inosente Alcudia Sánchez
Los ríos eran grandes avenidas por las que circulaban embarcaciones de distinto calado y envergadura. Aunque los caminos reales eran útiles para trasladarse a pie o a caballo en la temporada de estiaje, durante las crecientes se convertían en lodazales que dificultaban cualquier tipo de tránsito, aislando a las comunidades que ya estaban, de por sí, dejadas a la buena de Dios en aquellos infinitos pantanales.
En su zigzagueante avance los ríos se bifurcaban en innumerables afluentes que se internaban en las tierras bajas, dando lugar a un inmenso laberinto de agua dulce sólo descifrable por los habitantes de los caseríos que se asentaban en la comarca tepetiteca. Las decenas de arroyos cumplían la función de carreteras secundarias, caminos sacacosecha, brechas para internarse al monte profundo. La mayoría era navegable entre invierno y primavera, y el resto del año se transformaba en reservorio de diversas especies de aves, peces y reptiles que contribuían a nuestra dieta silvestre.
En estos días he revisado en Google imágenes de la región y, en las diversas tonalidades de verde que cubren la pantalla, adivino un enredo de ríos, arroyos y lagunas que se retuercen en un amasijo laberíntico sólo descifrable desde las alturas del satélite. En las fotografías están los nombres de las localidades que alguna vez fueron parte de mi cotidianeidad y que casi había olvidado: Barrial, Castro y Guiro, Maluco, Clemente Reyes, Juan Vaquero…
La casa de mi niñez estaba a la vera del río que, muchos años después, supe que se denomina Tulijá. El frente daba al camino real y a espaldas escurrían las aguas oscuras que mantenían viva a la región: desde mi privilegiado balcón, veía pasar lanchas rápidas en las que se trasladaban los rancheros que residían en el pueblo; muy temprano, unas piraguas de fibra de vidrio recogían la leche que entregaban a una pipa de la Nestlé; a veces, lanchones tan gigantescos como lentos, subían con esfuerzo a cargar la arena que se acumulaba en los playones que asomaban en los meses de sequía; angostos cayucos de madera, equipados con motores fuera de borda, iban y venían haciendo las funciones de transporte público; un barquito, con un motor estridente, despertaba antes del amanecer a quienes vivíamos a la orilla del río.
Con una periodicidad que no recuerdo, llegaba un barco, hecho y derecho, tripulado por un capitán, el maquinista y dos ayudantes. Era el almacén flotante que surtía los víveres que hacían menos insufrible la vida en los humedales. La nave se llamaba Puxcatán y partía de Villahermosa cargado con mercadería que iba entregando en las tienditas de la ribera. Descendía por el Grijalva hasta la zona lagunar cercana al Golfo de México, donde desembocan los demás ríos tabasqueños y, desde ahí, avanzando contra la corriente eterna del Tulijá, se internaba hasta Salto de Agua, en Chiapas, lugar en el que termina la parte navegable del río. El viaje de retorno no lo hacía con la bodega desocupada, sino atiborrado de un lastre que multiplicaba las utilidades del negocio: racimos de plátano, costales de yuca y camote, jaulas de gallinas y pavos, quesos y frutas de la época, sacos de maíz y frijol, guanábanas y anonas, entre muchos otros productos del trópico que eran vendidos en el mercado de Villahermosa.
También, una o dos veces por año aparecían piraguas de expedicionarios civilizatorios: con sus vestimentas caqui llegaban los combatientes del paludismo que, además de fumigar casa por casa, nos rociaban la cabeza con su venenoso líquido para despiojarnos; igual, arribaban los enfermeros que vacunaban y desparasitaban a los niños, y echaban pastillas de cloro a los pozos artesanos. Había un predicador que acostumbraba aparecer en los momentos más inoportunos, pero él llegaba a pie por el camino real, desafiando los solazos de mayo, el acoso de las jaurías de perros y al mal humor de las vacas recién paridas.
Quizás porque significaba el abastecimiento de galletas, dulces y otras golosinas que, para mí, eran maná en medio de aquel desierto vegetal, la verdad es que me entusiasmaba el arribo del Puxcatán. Quizás, por eso, alimentaba mis fantasías y, en ocasiones, soñé que era capitán de un barco que navegaba para siempre, extraviado en el laberinto de arroyos de los pantanales.
Hasta la fecha desconozco por qué llamaban “el paso” al lugar por el que se accedía al río. Nuestro “paso” era un barranco de 30 metros cuando las aguas estaban bajas, pero, en los días de crecida, la corriente lo desbordaba. Dicen que la mañana de principios de un noviembre, mi madre y otras señoras cortaban hojas de un surco de plátanos que estaba a la orilla del desfiladero. Era parte de la faena para hacer los tamales que la tradición obliga. No lo recuerdo: yo jugaba con la basura que acercaba la marea, cuando resbalé y caí a las sucias, profundas, turbulentas aguas del río. Una de las señoras lo vio de reojo y, sin pensarlo, se tiró detrás de mí, alcanzando a agarrar uno de mis pies. No me soltó. A pesar de la fuerza del agua y del barro que le impedía salir y sacarme, no me soltó. Cuando al fin pudo tirarme sobre tierra firme, hubo que revivirme. Y, heme aquí, renacido del vientre de las aguas. Tuvieron que pasar más de 30 años para que el azar, o la providencia, me permitiera conocer y agradecer a la persona que me salvó la vida al arrancarme de las garras del monstruo del Tulijá. Elsy, se llamaba. La maestra Elsy se la rifó con el río para que yo llegara hasta aquí, a las tumultuosas aguas de la nostalgia.



