17 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

“La gente, olvídate, tiene un montón de creatividad”, afirmó una prominente política al intentar justificar el uso de listas de candidatos en la elección del Poder Judicial. Y es que, en efecto, durante la última semana de mayo aparecieron “guías” diseñadas para orientar el voto a favor de ministros, magistrados y jueces afines a la 4T. Rápidamente, los medios de comunicación las bautizaron como “acordeones”, nombre con el que yo conocí una herramienta muy popular en mis años de estudiante.

El acordeón es un artefacto musical de vieja data. Según la RAE, es un “instrumento musical de viento, formado por un fuelle cuyos dos extremos se cierran por sendas cajas, especie de estuches, en los que juegan cierto número de llaves o teclas que permiten seleccionar los sonidos”. En Wikipedia puede encontrarse una descripción más detallada de sus componentes, así como de su larga historia, que se remonta al siglo XIX en Austria y Alemania.

Mi cuñada Ana es acordeonista. En ocasiones, quizás imbuida de nostalgia por su niñez arequipeña, interpretaba algún vals o huayno peruano. Pero no me agradaba el sonido áspero, industrial, de esa suerte de armónica gigante que, a mi juicio, exigía el esfuerzo extraordinario de oprimir teclas y botones, al tiempo de estirar y contraer el fuelle que alimenta de aire sus pulmones musicales.

Recuerdo también que, en mi infancia, había predicadores que, armados de una guitarra y un acordeón, se adentraban por los polvorientos caminos reales llevando la palabra de Dios a los remontados que malvivían en lo profundo de los humedales de la comarca tepetiteca. A veces, aquellos promotores del apocalipsis llegaban a casa, y mi padre, acaso deseoso de tener con quién discutir los atrasados sucesos del mundo, los acomodaba en la terraza, donde emprendían pláticas interminables. A ratos, aparecía mi madre con una jarra rebosante de pozol o limonada, que los evangelistas agradecían obsequiándonos el último ejemplar de La Atalaya.

Por lo general, antes de partir, aquellos misioneros se convertían en juglares y, a manera de despedida, interpretaban dos o tres de sus mejores himnos. Desde luego, yo no alcanzaba a comprender gran cosa de la plática religiosa, pero me resultaba un escándalo intimidatorio escucharlos entonar “El fin del mundo se acerca ya, el evangelio se acabará…”. Durante mucho tiempo, el recuerdo del soplido metálico del acordeón me provocó pesadillas y me hizo vivir con el temor de que la civilización colapsaría en cualquier momento.

Sin embargo, dejada atrás la adolescencia, le tomé cariño al acordeón escuchando a Celso Piña y, creo que desde un poco antes, gracias a los vallenatos y las cumbias colombianas que se pusieron de moda en los años ochenta.

Como se sabe, el acordeón aspira y expira, se extiende y se encoge. De alguna manera, muestra y esconde sus dobleces. De ahí proviene el nombre de aquel artificio diminuto, cargado de información y elaborado para burlar la vigilancia del profesor, tan popular en mis tiempos de preparatoriano.

Acordeón es el nombre con que alguien bautizó una especie de cuadernillo que, entre sus pliegues, ocultaba información que al extenderse era utilizada, subrepticiamente, para responder las preguntas de un examen. Era una especie de origami, una obra del minucioso ingenio que distingue a los tramposos. Por la paciencia y acuciosidad que demandaba su elaboración, las mejores dotadas para armar el acordeón eran nuestras compañeras. Ellas tenían la letra precisa para resumir, en una miniatura, las clases de todo un semestre. No sé si ya pasó de moda. La verdad es que, todavía en la universidad, varias de mis amistades recurrieron al acordeón para sortear las evaluaciones de la temidísima Teoría de la Administración Pública; pero desconozco si los avances tecnológicos eliminaron su utilidad como herramienta para salir avante de las afectaciones de la mala memoria.

En su versión 2025, aquella herramienta escolar tramposa se convirtió en una guía de votación con la que se burlaron las reglas de la elección judicial, unificando el voto del oficialismo a favor de los candidatos de la 4T. La infinita creatividad del mexicano —que a varias generaciones nos permitió esquivar la vigilancia escolar—, ha dado lugar a un nuevo concepto de la ciencia política que, sin duda, nos ha convertido en ejemplo para el mundo de lo que no debe ser, y presagio del futuro político del país: la democracia del acordeón.

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