18 abril, 2026

Economía en ruinas: el costo real del populismo en México – Vértice Legal


Por el Abogado Luis Esquiel

Hablar hoy de la economía mexicana exige dejar de lado la cortesía política y mirar de frente una realidad incómoda: el país atraviesa uno de los periodos de mayor deterioro económico estructural de las últimas décadas. No se trata de percepciones ideológicas ni de discursos partidistas; se trata de cifras, de presupuestos, de deuda, de inflación y de una falta alarmante de crecimiento que ya se siente en la mesa de millones de familias.

Durante años se ha repetido el discurso oficial de que “primero los pobres”, pero la realidad económica demuestra que el resultado ha sido exactamente el contrario: primero la propaganda, después el endeudamiento, y al final la factura que inevitablemente pagará el ciudadano común.

Crecimiento inexistente: la economía detenida

Una economía sana crece. Es una regla básica. Cuando un país no crece, todo lo demás comienza a deteriorarse: el empleo, los salarios, la inversión, el consumo y, finalmente, la estabilidad social.

México lleva años atrapado en un crecimiento mediocre, insuficiente y profundamente preocupante. Mientras otras economías emergentes avanzan, innovan y atraen capital, el país permanece estancado, con tasas de crecimiento que apenas logran respirar por encima de la inercia poblacional. En términos reales, esto significa que el ingreso por persona prácticamente no ha mejorado.

La narrativa oficial insiste en que “vamos bien”, pero el crecimiento económico no se mide con discursos, sino con inversión productiva, generación de empleo formal y aumento real del poder adquisitivo. Y en esos indicadores, la realidad es contundente: el motor económico está apagado.

Inflación persistente: el impuesto silencioso

La inflación es el impuesto más cruel, porque golpea más fuerte a quienes menos tienen. Cada año, los precios suben y el salario alcanza menos. La canasta básica, la renta, el transporte, la educación y los servicios encarecen de forma constante, mientras el discurso gubernamental intenta minimizar el problema.

La inflación sostenida destruye el poder de compra de la población. No es una percepción: es la experiencia diaria del mexicano que llega al supermercado y descubre que el dinero rinde cada vez menos. La inflación castiga sin pedir permiso, sin votaciones, sin propaganda.

Y mientras tanto, la política económica insiste en negar la magnitud del problema.

La caída de la inversión: el país dejó de ser confiable

No existe crecimiento sin inversión. Es imposible. La inversión es el combustible del desarrollo: genera empleo, impulsa innovación y crea riqueza.

Hoy, México enfrenta una dura realidad: la inversión privada se ha debilitado de manera preocupante. La incertidumbre jurídica, la confrontación con sectores productivos y la cancelación de proyectos estratégicos enviaron un mensaje claro al mundo: invertir aquí implica riesgo político.

La confianza tarda décadas en construirse y puede destruirse en meses. Hoy pagamos ese costo.

Cuando el capital huye o decide no llegar, las consecuencias son inevitables: menos empresas, menos empleo, menos oportunidades. Y la factura la pagan los ciudadanos, no los discursos.

Las obras emblemáticas: monumentos al gasto improductivo

El gobierno apostó su narrativa económica a las llamadas “obras emblemáticas”. Megaproyectos convertidos en símbolos políticos, pero también en pesadas losas presupuestales.

Estas obras no solo han costado mucho más de lo prometido; ahora exigen mantenimiento, subsidios y gasto permanente. Es decir, no solo se pagaron con recursos públicos, sino que seguirán drenando dinero año tras año.

El presupuesto nacional comienza a resentir este peso. Cada peso destinado a sostener proyectos improductivos es un peso menos para salud, educación, seguridad o infraestructura verdaderamente necesaria.

La diferencia entre inversión y gasto es simple: la inversión genera riqueza; el gasto político la consume.

Programas sociales: entre apoyo y dependencia

Los programas sociales son necesarios en cualquier país. Nadie discute la obligación del Estado de apoyar a los sectores vulnerables. El problema surge cuando estos programas dejan de ser política pública y se convierten en herramienta electoral.

El asistencialismo sin estrategia productiva no combate la pobreza; la administra. No genera movilidad social; crea dependencia. No construye futuro; compra presente.

El engaño es cruel: se entrega apoyo inmediato mientras se destruyen las condiciones para el crecimiento económico que podría sacar a las personas de la pobreza de forma permanente.

El resultado es una población que recibe ayuda, pero pierde oportunidades.

La deuda pública: la bomba de tiempo

Quizá el dato más alarmante es el crecimiento de la deuda pública. En menos de una década, la deuda nacional se ha duplicado hasta superar los 20 billones de pesos.

La deuda no es gratis. Nunca lo ha sido. Cada peso prestado hoy es un peso que deberán pagar mañana los contribuyentes, con intereses.

Esto significa menos presupuesto futuro para servicios públicos, más presión fiscal y menor margen de maniobra para enfrentar crisis económicas.

La deuda es el costo del populismo cuando se agotan los recursos.

El costo real para los mexicanos

Todo esto se traduce en una realidad sencilla y dolorosa:

• Menos crecimiento

• Más inflación

• Menos inversión

• Más deuda

• Menos oportunidades

El ciudadano común comienza a sentirlo en su bolsillo, en su empleo, en su negocio y en su futuro. La economía no se destruye de un día para otro; se deteriora lentamente, hasta que la crisis deja de ser advertencia y se convierte en realidad.

Conclusión: el futuro hipotecado

El problema no es solo el presente. Es el futuro.

México ha comenzado a hipotecar su porvenir a cambio de estabilidad política inmediata. Se ha privilegiado el aplauso momentáneo sobre la sostenibilidad económica. Se ha elegido la popularidad sobre la responsabilidad.

Y como ocurre siempre en la historia económica, la factura llegará. No la pagarán los discursos ni las campañas. La pagarán los ciudadanos.

La gran tragedia es que el daño ya comenzó a reflejarse en las finanzas públicas y seguirá creciendo en los próximos años. La economía no perdona errores prolongados. Y el tiempo, como la deuda, siempre cobra intereses.

El país merece algo mejor que sobrevivir económicamente. Merece prosperar. Pero para lograrlo, primero debemos reconocer con honestidad la magnitud del problema.

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