Mitologías Inuit y Maya
Claudio Obregón Clairin
Durante el Paleolítico, las culturas boreales se desarrollaron en la zona circumpolar ártica y sus descendientes aún habitan alrededor del Polo Norte. En Alaska, se ubican los pueblos yupiit, yupik, inuit y aleutianos, en Canadá y Groenlandia, los inuit, en Escandinavia los saami y en Rusia, los nenets, yakoutos, nganassan, evenki, tchouktches, evenos y koriakos.
Todos los ancestros de estos pueblos y en tiempos anteriores a la memoria pétrea, compartieron la misma cosmogonía chamánica y resulta fascinante que algunos de sus mitos, rituales y tradiciones, fueron heredados a las primeras sociedades agrícolas que más tarde fundaron las culturas originales alrededor del Trópico de Cáncer.
Durante el siglo XX, las culturas boreales dieron el salto de la cacería a la electricidad y, a pesar de que les impusieron la industrialización, la cristianización y la irreflexiva tenencia de la materia, en algunas regiones aún persisten tradiciones, usos y costumbres de aquel gélido pasado chamánico.
Los mayas y los inuit (mal llamados esquimales) nunca tuvieron contacto directo pero al igual que otras culturas y civilizaciones americanas, comparten ancestros de origen asiático y a pesar de vivir en ecosistemas equidistantes y que en el pasado los inuit y los mayas configuraban economías diferenciadas (los inuit cazadores y los mayas agricultores), encontramos semejanzas mitológicas.
Las certezas
La versión maya-quiché del origen del mundo y de los seres, fue recuperada en el Libro Popol Vuh que inicia diciendo: “Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo… solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad de la noche”. Por su parte, la cosmogonía inuit plantea que, en tiempos primigenios, la duración no conocía límites y la penumbra reinaba sobre el mundo, los humanos eran inmortales pero “desconocían las reglas del desplazamiento” y por ello no reconocieron la felicidad.
El asunto del movimiento entre las culturas primigenias fue cosa seria ya que al igual que la muerte, es una de las primeras certezas que percibió la conciencia humana. A través del movimiento, nuestros mayores percibieron el transcurrir del tiempo y las actividades humanas se adecuaron a los ciclos de la naturaleza; más tarde, la observación de los eventos repetitivos permitió poseer acuerdos y más certezas.
Reconociendo las consecuencias del movimiento, nuestros ancestros boreales superaron las adversidades propias del glaciar y los mayas formularon precisos calendarios.
Los movimientos del Sol y de la Luna influyen en el comportamiento de los animales y de los seres humanos, quizá por ello, los antiguos se cuestionaron su origen así como el porqué de sus diferentes tamaños.
Las semejanzas
Anningaariik es uno de los mitos fundadores de los inuit y relata que un grupo de individuos se encontraba en el interior de un qaggiq (iglú ceremonial), cantaban y danzaban al ritmo de un parsimonioso tambor. Una mujer que acababa de dar a luz dormía en un iglú reservado para su reposo. Furtivamente fue visitada por un hombre, quien, al ingresar al iglú, apagó la lámpara de aceite de foca y sin su consentimiento mantuvo una relación sexual con ella.
El hombre regresó al qaggiq donde se encontraba el resto de la comunidad y fue ridiculizado por los ancianos al evidenciar que había intentado sostener relaciones con una mujer que debía estar en reposo. La agraviada ingresó al qaggiq y encolerizó al percatarse que quien había abusado de ella era su hermano; dirigiéndose a él, se cortó un seno y mostrándoselo le dijo: “come de mi seno ya que tanto te gusta” delante al rechazo, se cortó el otro seno, lo colocó en la lámpara que iluminaba la escena y salió corriendo a la intemperie, su hermano la siguió y corrió detrás de ella dando círculos alrededor del qaggiq.
El hermano tropezó y entre sus manos quedaron algunas brazas de la tea humeante que llevaba consigo. Con la inercia del movimiento, progresivamente ambos hermanos ascendieron por los aires alrededor del qaggiq hasta que se convirtieron en la Luna y el Sol.
Desde ese día, Taqqiq y Siqiniq (Sol y Luna) recorrieron la bóveda celeste, la luz de Taqqiq (el hermano) brilla menos a consecuencia del tropezón que se dio. Después de ese acontecimiento, cada vez que ella reaparece en Primavera y que su hermano intenta aproximarse, la Luna enfurece y el verano se torna apacible.
En el Mundo Maya, el Sol y la Luna también se formaron con dos hermanos, los gemelos Xbalanqué y Hunahpú (Yax Balahm y Hun Ahau en escritura glífica maya) quienes se transformaron en el Sol y en la Luna después de un viaje al inframundo donde lucharon contra los señores de la muerte. Los Gemelos del Popol Vuh experimentaron pruebas y procesos de muerte en vida que son propios de la iniciación de un chamán.
Un pasaje narra cómo después de perder un partido de Juego de Pelota, sus huesos fueron molidos por los señores de la muerte, luego los arrojaron a un río y en el agua se convirtieron primero en peces y después en actores. Posteriormente regresaron y vencieron a los señores de la muerte, recuperaron a su padre (quien se transformó en la entidad divina del maíz), ascendieron a la superficie terrestre y luego al cielo.
A través de las migraciones milenarias, los mitos evolucionan de una sociedad a otra y se amoldan al ecosistema que habitan y a sus actividades económicas. En el mito de los gemelos mayas, al final de la batalla contra los señores de la muerte, los gemelos recuperaron a su padre transfigurado en la entidad divina del maíz. En este pasaje se ubican los vestigios de un relato paleolítico creado por cazadores y subsistió transfigurado en el marco de una sociedad agrícola gobernada por dinastías que sustentaron el Poder en función de la relación divina que mantuvieron con el maíz.
En escritura jeroglífica maya, cuando un nombre inicia con una “x”, es femenino. Pudiera ser plausible que el gemelo Xbalamqué, al estar relacionado con el jaguar, la noche, poseer sabiduría y magia, muestra la parte femenina del Ser y Hunahpú a la masculina.
Hasta hace un siglo y entre los inuit, en ocasiones los chamanes fueron travestis, representaron a la unidad del género humano y fueron seres que al igual que los gemelos mayas, descendieron al inframundo.
Entre los Haida (el pueblo de los tótems de la Costa Occidental Canadiense) se cuenta que un oso y una mujer copularon y tuvieron dos hijos, los seres humanos somos sus descendientes.
En equidistantes culturas y mitologías aparecen otros dos hermanos fundadores como Caín y Abel en la tradición bíblica, Rómulo y Remo, en Roma, Izanagi e Izanami en Japón, Manco Cápac y Mama Ojillo en los incas, por nombrar algunos hermanos mitológicos. Más que una coincidencia, son vestigios de un pasado mitológico común de origen boreal.
Constatamos entonces que las crónicas fundadoras de diversas ciudades y culturas en diferentes regiones del mundo dan cuenta de dos hermanos mitológicos, algunos de ellos se transformaron en el Sol y en la Luna, en algunas tradiciones, un hermano mató al otro.
Con incestos y homicidios, así como rompiendo las reglas o liquidando al competidor, se configuraron las interpretaciones mitológicas fundacionales de nuestros ancestros. Estas culturas agrícolas, con sus entidades divinas, héroes y dioses, recrearon y transfiguraron las debilidades humanas. Sus mitos se reproducen de manera similar en diversas zonas del planeta y las coincidencias mitológicas entre civilizaciones equidistantes, son producto de un corpus mitológico que les fue heredado por los cazadores de las culturas circumpolares árticas.
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