18 abril, 2026

El asiento vacío – Introspecciones y avistamientos

José Juan Cervera

La esencia de la cultura radica en la capacidad de creación colectiva tanto de bienes materiales como de satisfactores intangibles, como aquellos que facilitan el acto comunicativo y la convivencia. Si bien es verdad que la vida social también despierta rivalidades y afán de medir fuerzas, hay ciertos espacios y ocupaciones que favorecen el encuentro fraterno y la suma de voluntades para fraguar propósitos elevados.

La Academia Cultural Peninsular es una asociación de amigos de cuya vasta experiencia abrevan para enriquecer sus sesiones semanales que comienzan con un desayuno servido en gozosa camaradería. A ellas solía concurrir el maestro Roldán Peniche Barrera antes de instalarse en el retiro donde pasó los últimos años de su vida. Su presencia contribuyó a animar las reuniones en que prodigó saberes históricos y literarios en actitud espontánea, desprovisto de pretensiones ampulosas y del aire docto que asumen muchos profesionales de la charlatanería predominantes en otros sitios; en aquella atmósfera ejemplar no hubo cabida para ellos.

El deceso del maestro Roldán, acaecido en agosto de 2024, consternó a su familia, a sus amigos y a quienes encontraron en su obra un estímulo intelectual de valor perdurable. Fue una figura prominente entre los escritores de su generación, pero además ganó el aprecio de los que llegaron después porque abrió canales de entendimiento con ellos gracias a su carácter jovial y al trato de cordialidad con que los recibía. Lo hizo con personas de diversos orígenes que siempre se sintieron cómodas en su compañía logrando aprendizajes significativos que en otras circunstancias no hubieran estado a su alcance, por ello abundan los testimonios que así lo consignan.

En memoria suya, sus compañeros de la Academia Cultural Peninsular promovieron la edición de un libro intitulado Gran Roldán, testimonio de amistad, que se presentó en Mérida durante la Feria Internacional de la Lectura Yucatán 2025. El nombre de este volumen tiene un motivo muy preciso: por una parte, refrenda la grandeza de quien fue modesto y sencillo en su trato diario y, por otra, remite a una añosa ceiba que se yergue en un terreno del municipio de Hunucmá, propiedad de su amigo Daniel Quintal. El árbol fue llamado así porque, en el curso de una visita campestre, el homenajeado se detuvo bajo su sombra para reposar un rato y conectar con el orden sutil que encierra en la cultura maya, de la que el desaparecido hombre de letras fue intérprete fiel y divulgador entusiasta. El autor de Fantasmas mayas encarna las cualidades atribuidas a esta especie vegetal de singular importancia para los moradores originarios de una tierra que tanto estimula los vuelos imaginativos.

El libro contiene textos en prosa y en verso, impresiones personales y fotografías, materiales reunidos por su compilador Jaime Méndez Mendoza; cuenta con un prólogo de Raúl Vela Sosa y colaboraciones de Elly Marby Yerves Ceballos, José Perulles López, Hansel Ortiz Betancourt, Alberto Loría Trejo, Antonio Novelo Medina, Elman Rosado Arce, Víctor Lara Durán, Amado González Pat, Adolfo Góngora López y Jorge Parra Zapata quienes, junto con los maestros Méndez y Vela, compartieron anécdotas y recuerdos expuestos también el día en que se presentó el impreso. Así se rememoró la ocasión en que los amigos, tras coincidir en un céntrico café, hicieron acto de presencia en el Foreign Club para mitigar el calor matutino; sin embargo, como el bar aún no abría sus puertas, se situaron en el umbral del establecimiento saludando a los muchos conocidos que transitaban a esa hora en la calle 72, hasta que llegó la hora de recibir a los distinguidos clientes.

Son varias las remembranzas que los colaboradores refieren en esas páginas, algunas destacan las circunstancias en que conocieron al amigo ausente, los ratos de solaz que vivieron con él y las zozobras e incomodidades de sus últimos días. Sobresale la mención recurrente de su vieja máquina Olivetti, en uso constante para la redacción de sus libros y, de manera especial, sus columnas periodísticas en las que sus cofrades eran citados con frecuencia para atribuirles el crédito de algún dato y para ejemplificar diálogos que pusieran de relieve el uso popular de vocablos llamativos, o bien precisaban algún matiz informativo que reclamaba el tema del día. Por añadidura, cedió espacio para que ellos dieran a conocer breves reflexiones o comentarios a propósito de hechos memorables.

El compilador alude, en uno de los escritos del libro, a un sueño que le sobrevino la noche en que el maestro Roldán se despedía del mundo: en él vislumbró la imagen de una imponente estructura arquitectónica del remoto pasado maya franqueada por una ceiba que extendía su copa hacia la inmensidad celeste en medio del territorio bajo su custodia. Al enterarse de la infausta noticia comprendió el sentido simbólico de sus intuiciones y la fuerza del vínculo que los ciclos de la naturaleza replantean en su inexorabilidad. De cualquier modo, en las tertulias semanales de la Academia Cultural Peninsular la silla del apreciado mentor nadie más la ocupa, permanece vacía como señal de duelo y de gratitud, de permanencia cierta y de memoria colectiva que aloja valores inmarcesibles.

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