Inosente Alcudia Sánchez
El “no-pueblo” denomina la académica Viridiana (Viri) Ríos al segmento de la población que no está interesado ni participa en política. En un artículo publicado el lunes 30 de enero, en Milenio, la investigadora menciona que “el 72% de los mexicanos están poco o nada interesados en la política, y el 81% reporta que nunca o casi nunca habla de política, de acuerdo con el Latinobarómetro”.
Viri Ríos recurre a estos datos para refutar lo que ella considera una reiterada exageración en el discurso de Morena y de la cuarta transformación: “que son un movimiento de base que ha logrado convencer al gran electorado”. Comparto el siguiente párrafo: “El no-pueblo, que es la mayoría, no habla de política y no le importa la política. Sus preocupaciones son el día a día, y no encuentran ni en Morena, ni en nadie, una fuente de profundo entusiasmo. De hecho, el 76% de los mexicanos no se siente identificado con ningún partido político y el 42% está tan decepcionado de la política que considera que las elecciones no ofrecen opciones reales para elegir entre partidos y candidatos.”
Entre los analistas existe más o menos un consenso en el sentido de que ni el obradorismo tiene el camino libre para ganar la elección presidencial, ni las oposiciones alcanzan los números para vaticinar, desde ahora, una posible victoria. Es decir que, en las circunstancias políticas actuales, aunque las encuestas otorgan una mayoría en las preferencias a Morena, lo cierto es que probablemente atestiguaremos un proceso electoral sumamente competido. Claro, lo anterior está sujeto a que en los próximos meses no sucedan incidentes que alteren la intención del voto a favor del partido gobernante y a que los partidos opositores cumplan condiciones indispensables para convertirse en una oferta electoral atractiva —y alternativa a la cuarta transformación.
Pudiera parecer contradictorio, pero es en el no-pueblo donde se encuentran los números para ganar la elección. Morena tiene un voto duro consolidado —mayor al de las militancias “prianredistas”— y los decepcionados, defraudados o afectados por el obradorismo dispuestos a votar en contra son insuficientes para garantizar el triunfo opositor. Peor aún para la alianza antiobradorista, según la misma Viri Ríos, “Entre los votantes (urbanos) que no se identifican con ningún partido, el 56% aprueba a López Obrador”.
Más allá de sus forzados optimismos, los opositores a Morena tendría que estar estudiando a fondo las características del no-pueblo, sus circunstancias y sus aspiraciones, sus enojos y sus decepciones políticas, a fin de ir construyendo la mejor oferta electoral de todos los tiempos: un proyecto de gobierno que, en principio, sea creíble y realizable, que dé respuesta a agravios y a olvidos del gobierno actual y de los anteriores, que reconozca la importancia de la colaboración ciudadana y ofrezca mecanismos factibles de participación social (en buena parte de la sociedad civil existe la convicción de que es necesario fortalecer su intervención en los asuntos públicos y no dar más cheques en blanco a los políticos).
La incorporación real de la ciudadanía, de sus observatorios y organizaciones, al diseño, ejecución y evaluación de políticas públicas es un compromiso básico que deberá asumir el candidato que encabece a las oposiciones (en el supuesto de que se logre un frente opositor). Más que un gobierno de coalición, fundado en la repartición de cargos entre las nomenclaturas partidistas, lo verdaderamente novedoso y atractivo para esa mayoría que se mantiene ajena a la política y que no encuentra atractivo en los partidos, sería la oferta de un gobierno ciudadanizado. La oposición debe asumir como propias las aspiraciones de esa gran masa de mujeres y hombres desencantados de la política y hacerle sentir que no todo está perdido. Y es que, como afirma Viri Ríos, “La Alianza perderá si cree que puede ganar solo motivando a participar a los decepcionados y los encolerizados. Los números no dan.”
De la misma manera, Morena y sus aliados tienen el reto de ir más allá de los datos alegres fundados en las cifras de beneficiarios de los programas sociales y, sobre todo, en los porcentajes de simpatías que, hasta ahora, mantiene el presidente López Obrador. (Será interesante observar la estrategia que aplicará quien abandere a Morena para traducir en una promesa de acciones concretas eso que el presidente llama “cambio con continuidad”, sin caer en lo que algunos identifican como gatopardismo o “cambiar para que todo siga igual”). Creo que como en la campaña de 2018, más que la estructura de Morena, será el candidato, o la candidata, quienes motiven con su carisma y su discurso al no-pueblo para que salga a ejercer el sufragio. Empero, lo que hemos visto hasta ahora es que la estrategia electoral del oficialismo se afianzará en las clientelas generadas por los programas sociales, así como en la potencia de las estructuras de activistas-promotores creadas desde la campaña y consolidadas en los últimos cuatro años. Abona, y bastante, la campaña “para la degradación del contrario, la inflamación de los miedos y los resentimientos en el votante” (Jorge Zepeda Patterson, dixit). Pero el éxito de esta estrategia dependería de que la oposición no consiguiera convencer al no-pueblo del valor y la necesidad de su participación. Lo cierto es que, al día de hoy, podemos avizorar lo que podría ser una estrategia para retener la presidencia de la República; mientras que, desde el otro bando, se distingue… nada.


