18 abril, 2026

EL PRI: LA REINVENCIÓN NECESARIA – DESDE EL RINCÓN

Inosente Alcudia Sánchez

Como diría la canción, de repente la edad se le vino encima. Creado por el poder y siempre conducido desde el poder, después de las elecciones del 2018 el PRI perdió casi todo ante un partido-movimiento emergente; pero, ironías de la vida, ganó libertad: con las derrotas electorales se rompieron las ataduras al presidente en turno o a un sindicato de gobernadores. Y el PRI arribó a la modernidad cargado de glorias pretéritas y casi nada de futuro.

La debacle priista no aconteció de improviso. Gradual, pero inexorablemente, desde 1929, el país fue cambiando hasta que el Ogro Filantrópico, el Partido de Estado, la Dictadura Perfecta dejaron de ser funcionales. Y, en las elecciones del 2000, se materializó el agotamiento del modelo político. Ya no bastó el casi omnímodo poder presidencial: la autonomía de los órganos electorales y las nuevas reglas de la competencia política, configuraron un sistema que anuló las cuestionables prácticas con que el viejo PRI había apuntalado su permanencia en el poder.

El PRI no se preparó para la competencia electoral. Su éxito dependía del anclaje en grupos y sectores sociales diversos. La estructura del Partido era una radiografía de su raigambre social: un caldero donde se fundían ideologías e intereses, ambiciones personales y causas y demandas legítimas, tan heterogéneas como la diversidad de sus componentes. Era un Frankenstein, un monstruo político imbatible confeccionado con “pedazos” de la sociedad, a la que había dado organización representativa a su interior. El PRI se erigió en puente que enlazaba Sociedad Civil y Gobierno: suplantó órganos del Estado, porque al constituirse en una forma de organización política del pueblo, se convirtió en Partido de Estado, en “parte” del Estado. Con todo y sus pecados, el modelo funcionó y le sirvió al país. En el régimen priista se instauraron las normas e instituciones en los que se funda el moderno régimen de competencia electoral y el Estado democrático liberal sujeto a pesos y contrapesos. Como resultado de esos arreglos institucionales, contamos con un sistema de partidos que, con todo y sus imperfecciones, permite a cabalidad la plural expresión ciudadana y respeta y garantiza la voluntad popular expresada en las urnas.

El PRI no advirtió la transformación que vivía la sociedad. Durante las últimas cuatro décadas la sociedad mexicana evolucionó a velocidad vertiginosa. Lo urbano avasalló a lo rural y modificó paradigmas, entre otros el de pobreza; surgió una crítica clase media que reclamó el ejercicio de derechos sociales y políticos; la educación permeó hasta segmentos poblacionales que antes no se habían alcanzado; los medios de comunicación patearon la opacidad de los asuntos públicos e hicieron de la transparencia un valor fundamental de la política; la globalización nos obligó a levantar la mirada y a dejar de mirarnos a nosotros mismos; en síntesis, hubo una renovación cualitativa y cuantitativa del conglomerado social, la cual rebasó los endebles y arcaicos atributos fortalezas del Revolucionario Institucional. Causa y consecuencia, el PRI sufrió las contradicciones entre una sociedad moderna, abierta, dinámica; y una organización anticuada, resistente al cambio e incapaz de entender el nuevo lenguaje político de la ciudadanía. La sana distancia entre Partido y Gobierno fue el primer anuncio de la nueva época: la clase gobernante-tecnocrática ya no fue más la clase política-revolucionaria.

La campaña de Alejandro Moreno Cárdenas por la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional del PRI fue una bocanada de aire fresco para la militancia. Formado al interior del Partido, donde ocupó importantes cargos en su estructura nacional, con experiencia legislativa y de gobierno, el joven Alito significó una esperanza de renovación para el priismo. Sin embargo, el obradorismo continuó la racha de triunfos y el PRI siguió con la pérdida de posiciones políticas, incluyendo la muy costosa derrota en Campeche, el estado natal y recién gobernado por Moreno Cárdenas. El triunfo de Morena en Campeche fue un presagio: la gobernadora Sansores no sólo socavó el liderazgo partidista del exgobernador, sino que empujó el desprestigio del dirigente y del Partido a niveles catastróficos. El juvenil liderazgo de Alejandro Moreno envejeció pronto y transitó rápido de la esperanza democrática a la dirigencia burocrática.

Moreno Cárdenas y el PRI necesitan reinventarse. El Partido tiene estructura territorial y militancia suficientes para emprender una gran reforma interna: si su creación obedeció a la voluntad del poder, su refundación debe provenir de las bases. El Partido no puede perder de vista, además, que la lucha por su sobrevivencia también transita por las ideas: desde la 4T hay toda una estrategia para apropiarse de sus valores ideológicos, para suplantar su historia. La disputa con Morena no está circunscrita a lo electoral, sino, también, es por los símbolos, las causas históricas y la narrativa doctrinaria. Resurgir como opción política que recupere palmo a palmo las posiciones perdidas, demanda no nada más del pragmatismo de su dirigencia, sino de la construcción de un discurso que reivindique lo mejor del pasado priista y reconozca pendientes y causas de la sociedad contemporánea. El PRI no es una asociación civil ni una empresa: es una organización política que orienta su actuación en principios y valores, que ofrece un conjunto de ideas construidas a lo largo del tiempo, con las que se identifican hombres y mujeres a los que hay que escuchar para “resetear” al Partido.

Alejandro Moreno es la imagen que la sociedad tiene del PRI. Ya no es el gerente de la organización, como fueron sus antecesores, sino el “CEO”, la cabeza del consejo de administración. Sin la poderosa sombra presidencial, el dirigente del Partido acapara la opinión y la percepción públicas. Por eso, también tiene que reinventarse. Ante la sociedad —y para buena parte del priismo— el ex gobernador de Campeche encarna algunas de las reprobables prácticas del viejo y del nuevo PRI, y no ha podido (o querido) sembrar una narrativa nueva que le reditúe simpatías más allá de sus cercanos. Moreno Cárdenas se ha sabido atrincherar en el control de los órganos decisorios del Partido para afianzar su dirigencia y ha esquivado las denuncias que le lanzan desde Campeche; pero, prevalece en la sociedad la percepción de que hoy el PRI es menos democrático, y más débil. Quitar la idea de que el PRI es el “club de Alito” beneficiaría no solo a su dirigencia, sino que devolvería credibilidad a la organización y mejoraría el ambiente en su interior.

Las marcas necesitan revisión periódica y acomodarse a los cambios. “Alito”, la marca del adolescente disruptivo, queriendo ser explotada, todavía, por un político que uno supondría entrado en la madurez, urge de evaluación.  Aunque no sé si haya tiempo: este año, el o los triunfos serán “a pesar de”; y la o las derrotas “a consecuencia de”.

Related Post