2 mayo, 2026

El Señor de la Salud: custodio del espíritu festivo de Hecelchakán

HAROLD AMÁBILIS

La figura del Señor de la Salud permanece en su nicho como un testigo silencioso de tres siglos de historia, una pieza labrada durante el periodo virreinal que ha terminado por convertirse en el eje alrededor del cual gira la identidad colectiva de Hecelchakán. Su hechura, atribuida a imagineros anónimos que trabajaron entre los siglos XVII y XVIII, época en la que el clero secular comenzaba a asentarse en estas tierras del Camino Real, condensa en sus formas el oficio de aquellos artífices novohispanos y guarda en cada pliegue de su anatomía doliente el peso de innumerables promesas, súplicas y agradecimientos acumulados generación tras generación.

El cronista de la ciudad, Joel Pacheco, ubica la posible llegada de esta advocación alrededor del año 1680, durante la transición eclesiástica que secularizó las doctrinas franciscanas en la península. Aunque los documentos precisos sobre aquella fecha son esquivos, la presencia de la imagen ha sido una constante inamovible. Ha observado la evolución arquitectónica del pueblo, la transformación de los rostros arrodillados ante su peana y la manera en que la fe se adapta a las nuevas épocas conservando intacta su raíz.

La festividad anual en su honor constituye un entramado patrimonial donde convergen el arte sacro, la tradición oral y la tradición litúrgica. Este año, el pasado jueves 9 de abril, al concluir la misa vespertina, se efectuó el ceremonial descenso de la venerada escultura desde su hornacina hasta el nivel de los feligreses. Fue una estampa donde se mezclaron generaciones: abuelos acostumbrados al rito, infantes alzados para rozar con la mirada al Cristo moreno y jóvenes que encontraron en el silencio del recinto una pausa contemplativa. El aroma del humo de cera y el murmullo de los rosarios tejieron, una vez más, el carácter solemne de una comunidad que encuentra en esta imagen el refugio ante la adversidad y la enfermedad.

En paralelo a la preparación espiritual, los preparativos en el coso artesanal de la localidad tomaron forma con el arribo de los bureles. En el rancho denominado El Paraíso, ubicado en San Antonio Sahcabchén (municipio de Calkiní), propiedad de Don Luis Pech, se efectuó el desembarque de los ejemplares procedentes de las ganaderías de Santiago Brito y García Méndez. El operativo, vigilado con estrictas medidas para preservar la integridad de los animales, fue supervisado por el juez de plaza David Chi Damián, quien verificó el trapío y condición de las reses destinadas a las corridas del viernes 17, sábado 18 y domingo 19, eventos gestionados por la Asociación Civil de Palqueros “Vicente Chi”.

A pesar de lo anterior, contrario a la quietud habitual que caracteriza los preparativos, este año la feria inició envuelta en una atmósfera de incertidumbre. La administración municipal planteó la posibilidad de desplazar los juegos mecánicos y los bailes multitudinarios hacia la unidad deportiva Xkalumkín, una medida que aparentemente perseguía descongestionar las arterias viales del centro de la ciudad, pero amenazaba con fracturar la tradición, desmantelando el paisaje de una verbena históricamente ligada al atrio parroquial y la plaza principal. El núcleo ejidal manifestó su rechazo categórico a dicha propuesta, subrayando que los terrenos del complejo deportivo son de carácter ejidal, no municipal, circunstancia que impedía al edil disponer del inmueble sin la autorización expresa de los campesinos.

Tras varias horas de deliberación en las oficinas de la Subsecretaría de Gobierno estatal, se alcanzó un punto de acuerdo. A la mesa asistieron el comisario ejidal Moisés Euán Dzul y el secretario del Ayuntamiento Silver Antonio Velázquez Herrera, registrándose la ausencia del presidente municipal en la discusión de un tema de semejante calado. El pacto final restituyó la celebración a su espacio tradicional: el centro de Hecelchakán preservó la instalación de atracciones y festejos bailables. Únicamente la imposición de banda a la embajadora se trasladó al teatro local, un ajuste menor respecto a la intención inicial de mandar la feria a la periferia de la urbe. Adicionalmente, se firmó una minuta para regularizar el adeudo por concepto de renta del basurero y restablecer oficialmente el nombre de Unidad Deportiva Xkalumkín al recinto.

La fiesta brava, componente indisoluble del patronazgo, dejó los siguientes registros en el albero artesanal con lleno total en sus ochenta y cinco palcos. La tarde del viernes 17, Juan Pablo Llaguno se erigió como triunfador al cortar dos orejas del segundo ejemplar de Santiago Brito (propiedad de Patrick Slim Domit), logrando una faena de intensidad creciente que compensó la falla inicial con el acero. Gerardo Rivera obtuvo un apéndice en su primer turno, mientras que su segundo enemigo le negó opciones de premio. Para el sábado 18, con astados de García Méndez, el rejoneador Fauro Aloi consiguió la única oreja de la función ante el segundo de su lote, en una monta que conectó con el tendido. El diestro español Manuel Perera mostró disposición y oficio, aunque los ejemplares que enfrentó no permitieron redondear una labor con trofeo. Martín Vázquez se desempeñó en varas y David Chi Damián repitió en la presidencia.

El domingo 19, poco después de las once de la mañana, ante una parroquia central sumamente concurrida, dio inicio la celebración eucarística en honor al patrono. Cientos de creyentes arribaron desde distintos puntos del estado para atestiguar la ceremonia, en la que la imagen lució el atuendo que la feligresía le obsequia anualmente como parte de sus promesas. Al concluir la distribución de la hostia consagrada y la bendición correspondiente, se dispuso el recorrido procesional por el primer cuadro de la ciudad. Los candentes rayos del sol no desalentaron a los devotos, quienes acompañaron a hombros la pesada cruz del Señor de la Salud mientras se protegían con sombrillas para mitigar el intenso calor. Las salves y el himno dedicado al Cristo moreno fueron el común denominador de una jornada en la que la fe volvió a desbordar los muros del templo para tomar las calles.

Concluidos los festejos, la imagen del Señor de la Salud retornó a su hornacina para continuar su vigilia de tres siglos. Hecelchakán demostró nuevamente que el valor de esta celebración no reside en el bullicio de la verbena o el lucimiento en el ruedo, sino en la capacidad de un pueblo para defender su patrimonio. El Cristo de madera oscura, guarda en sus pliegues la espera de otras doce lunas. Porque esta devoción no se agota en el instante fugaz de la procesión ni en el estruendo de la pólvora festiva; se renueva en la certeza íntima de que el pueblo volverá a festejar, y cuando el siguiente año estas fechas retornen con sus brisas cálidas, la hornacina volverá a abrirse para que el custodio de tres centurias descienda otra vez al encuentro de su gente.

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