Inosente Alcudia Sánchez
Llegó el viernes y me ha encontrado a secas, es decir, sin un texto con que ocupar el espacio de la hoja en blanco. Mientras busco un tema, me doy cuenta de que los días se han ido rápidos entre el bullicio del carnaval y el habitual escándalo de la política. Heme aquí, entonces, en la duda existencial de “escribir o no escribir”.
Leo que el presidente Trump se debate entre cuestiones más serias, como imponer aranceles o no imponer aranceles, pero parece tomarlas con la misma ligereza con que ahora me enfrento a la hoja en blanco: un enorme signo de interrogación del que nada saben quiénes algún día tropiecen con estas letras.
Nada. En la prensa nacional, además del reporte diario de violencia, se comentan las actividades para conmemorar el día de la Mujer y el festival con que la presidenta Sheinbaum celebrará que se hayan pospuesto unas semanas los surrealistas aranceles con que, supuestamente, el gobierno de Estados Unidos castigará a los empresarios y a los consumidores porque el gobierno de México no hace su trabajo en el combate al narcotráfico. La renuncia del secretario de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, comienza a abrirse espacio en los noticieros.
Encuentro una nota en interiores, perdida entre los titulares que sintetizan las cosas importantes de la vida. “La Secretaría de Salud emitió una alerta epidemiológica ante el registro de 120 casos confirmados de tos ferina en 21 entidades del país durante 2025, siendo Nuevo León, Ciudad de México, Aguascalientes y Oaxaca las entidades con mayor número de casos” (Milenio). La nota afirma que uno de los factores que contribuyó a este brote epidémico es el descenso en la cobertura de vacunación.
Tenía años, quizás décadas, sin que supiera de esa palabra, tosferina, que ahora sé que puede escribirse junta o separada: tos ferina. Creía que era una plaga extinguida y resulta que no, la “infección respiratoria aguda altamente contagiosa causada por la bacteria Bordetella pertussis”, anda todavía causando sustos que yo atribuía al desamparo con que mi generación transitó los fangosos caminos de la niñez.
Junto con la noticia me han llegado imágenes que, también, suponía olvidadas. Allá, en los humedales de mi memoria, la peste tenía otro nombre. La llamaban “chichimeca” y era una aduana sanitaria inevitable para los niños de mi infancia. Desconozco por qué le daban ese nombre, pero el caso es que, junto con las fiebres y los granos del sarampión y la rubeola, sobrevivimos a la buena de Dios a los ahogos causados por esta gripe bestial.
La chichimeca me asfixió cuando apenas ingresaba a la primaria. El clima de septiembre jugaba a favor de la enfermedad ya que la humedad lo inundaba todo, hasta el aire que tanta falta nos hacía para escapar de las garras del resfriado que nos cerraba la garganta.
Igual que a todos mis compañeritos, los ataques de tos nos arrebataban el aliento y, por segundos que parecían una eternidad, nos dejaban con los ojos en blanco. Uno tenía que aferrarse a cualquier cosa para evitar caer desmayado sobre el vómito de nuestras flemas, hasta que la gracia divina nos devolvía el oxígeno y resucitábamos agitados, como si volviéramos de una inmersión al fondo del océano.
En esos tiempos, no había cura para la inevitable enfermedad de los ahogos y los adultos la aceptaban como una fatalidad más a superar en el larguísimo sendero de desventura que es la vida. Así que no cambiábamos nuestra rutina de niños y la peste se propagaba por arroyos y veredas hasta que la bacteria se daba por vencida. Los padres sólo nos prevenían de no encaramarnos en los árboles, no fuera ser la de malas y un acceso de tos provocara una caída de consecuencias más graves que las del catarro monumental.
Animado por estos recuerdos, hace años perfilé el personaje de una historia: un niño que, después de superar los ataques de la chichimeca, despierta una mañana inmune de por vida contra todo virus de gripe, anémico y en los huesos, pero listo para afrontar las rudezas del clima y de la vida invulnerable a los resfríos y a la tristeza. Acaso podría recurrir a este personaje para escribir algún relato ubicado en los tiempos de la pandemia del Covid-19.
Ya me extendí y nada más quería decir que es viernes y, como la hoja en blanco, hay ausencias que nada las termina de llenar. Pero eso lo dijo mejor la poeta cubana Carilda Oliver:
“En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos,
y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos;
y sin embargo, a veces… ¡qué ganas de llorar!”


