Inosente Alcudia Sánchez
Estamos en el escenario político que el presidente López Obrador quiso crear. Después de cinco años de avivar a diario la confrontación con sus adversarios –cualquiera que no piense como él, cualquiera que critique su gobierno, cualquiera que no lo adule– arribamos al proceso electoral en medio de un crispado ambiente de polarización que se ha traducido, al menos en la elección presidencial, en una especie de referéndum. Esto significa que las ofertas electorales pueden simplificarse al extremo: “o se está a favor de la cuarta transformación o se está en contra”, como ha reiterado AMLO a lo largo de su mandato.
En línea con el discurso presidencial, la candidata del oficialismo y abanderada de los partidos Verde, del Trabajo y Morena, Claudia Sheinbaum, resumió su propuesta electoral en “construir el segundo piso de la cuarta transformación”. Esta candidatura ofrece a los mexicanos la continuidad de las políticas del actual gobierno y la implementación del famoso “plan C”, ese conjunto de reformas legales que AMLO envió al congreso en espera de alcanzar la suficiente mayoría legislativa para su aprobación. No está de más recordar que el “plan C” es, en realidad, una bomba que de activarse destruiría los arreglos democráticos institucionales de los últimos 30 años.
Fustigados por la actuación sectaria –y, en ocasiones, hasta discriminatoria– del presidente de la República, los partidos de oposición PRI, PAN y PRD decidieron ir unidos en la contienda presidencial y en la mayoría de las candidaturas al congreso federal. La coalición opositora (Fuerza y Corazón por México) y, en especial, su candidata Xóchitl Gálvez, cuenta con el respaldo de diversas organizaciones de la sociedad civil, destacando el movimiento ciudadano conocido como la “marea rosa”. Después de un inicio prometedor (¿recuerdan aquello de “vida, verdad y libertad”?), de un mes de campaña trastabillante y un debate presidencial fallido, la oposición y su abanderada no han conseguido posicionar una oferta que contraste con la del oficialismo. Frente a una campaña “de Estado”, la oposición no ha mostrado fuerza para enfrentar la intromisión del gobierno ni la candidata ha tenido la habilidad para verse competitiva y a la altura del desafío.
Seguimos, entonces, en una contienda electoral sin sorpresas: impulsada por el poder, Claudia Sheinbaum mantiene en las encuestas una amplia ventaja sobre Xóchitl Gálvez y, hasta ahora, no se advierte que en el equipo opositor cuenten con las herramientas para revertir esa ventaja. No obstante, creo que la oposición, los partidos, la sociedad civil y, en general, quienes desean un cambio en la conducción del país no deben dejarse abatir por el tamaño y las trampas del adversario. Era previsible una competencia desigual y con la grosera intromisión presidencial. Empero, estamos viviendo en tiempo real el escenario de polarización política que el presidente se ha encargado de alimentar y nos enfilamos a una elección de dos bandos claramente diferenciados en los que ya importa menos quién los encabece. El presidente hizo la mitad de la tarea: creó la mejor oposición de la historia de México.
No son tiempos de héroes que capitaneen la defensa de la patria, sino de causas y motivos que activen la conciencia colectiva, la participación ciudadana, y nos impulsen como sociedad a actuar de forma unitaria y efectiva. En este marco de confrontación en el que sólo hay de “dos sopas”, y una de ellas está envenenada, correspondería a la oposición hacer pedagogía política y explicar en todos los foros los peligros de la continuidad de la 4T, exhibir los daños que ha causado y los costos que pagaremos por su impericia. Repitiendo a Héctor Aguilar Camín: “el dilema fundamental que los electores enfrentan este 2 de junio: ahondar el autoritarismo de ocurrencias catastróficas del actual gobierno o volver al camino de la pluralidad y la democracia, que era falible y desesperante, pero menos desastroso que el actual.” Se trata de denunciar y alertar -a los cuatro vientos- para que los electores apreciemos plenamente el valor de nuestro sufragio; se trata, créanlo, de convertir el acto de acudir a las urnas en una acción de insurgencia civil. Ante esta urgencia, es lamentable observar que el papel de los partidos opositores parece reducido a pagar el membrete de la alianza e, inexplicablemente, han bajado el volumen de sus críticas y denuncias al desastre que ha sido este gobierno.
Quedan dos debates para advertir a los indecisos del riesgo que corre la nación bajo el obradorismo. Ojalá que Xóchitl Gálvez, en lugar de desperdiciar el tiempo queriendo exprimirle una verdad a una profesional de la mentira, ocupe el foro para denunciar la desgracia que ha sido la 4T y, con optimismo, convoque al pueblo para que salga a votar, a fin de iniciar la reconstrucción del país. Xóchitl ganará el debate si contrarresta el desánimo de los que creen que la elección está definida y que su voto es inútil. Claudia es fachada del adversario: ella está porque “alguien”, metaforizó la Rayuela de La Jornada, la puso ahí. (“‘¡Claro que tengo padre!’, sostenía la adorada mano; ‘Si no, ¿cómo estaría yo aquí?’”. La Jornada/8/04/24).
En los últimos días han surgido voces que cuestionan los atributos de Xóchitl y las capacidades de su equipo. Dicen que el debate exhibió sus limitaciones y se configuró una campaña para descalificar su candidatura. No está a la altura del reto electoral ni de la presidencia de la República, dicen. El caso es que –como copió Claudia a AMLO y éste a Chávez– Xóchitl no se pertenece: la podrán dejar a su suerte los partidos que la postularon, pero su candidatura pertenece a la sociedad civil, a esa parte mayoritaria del pueblo a la que el régimen decidió no escuchar, excluir de Palacio y arrebatarle la bandera nacional. Así que, con todo y lastres, ese buque vencerá las tormentas y arribará al mejor puerto. Aunque, ojalá, Xóchitl cuide más su discurso.
Hace muchos años, Tabasco fue descrito como el “laboratorio de la revolución”. En su búsqueda de trascendencia, AMLO pretende hacer de México el laboratorio de “su” transformación. Claramente, no vamos a una elección convencional: la confrontación es entre un régimen autoritario que pretende perpetuar sus prácticas regresivas y una ciudadanía diversa, agraviada y consciente, cuya única oportunidad para preservar la democracia será el 2 de junio… si salimos a votar masivamente.

