@_Chipocludo
Todo comenzó con una postal: playas vírgenes, sol eterno y promesas de desarrollo turístico que sacarían a México del rezago. Así nació Cancún, en los años 70, como la joya del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), un experimento federal que logró transformar selvas y dunas en resorts de cinco estrellas. Pero medio siglo después, lo que fue un modelo de planeación y éxito turístico, hoy se desmorona entre traspasos mal hechos, proyectos inconclusos y silenciosas privatizaciones disfrazadas de descentralización.
Fonatur no solo se va de Cancún: se va de casi todo México. Y deja tras de sí muchas preguntas.
En Quintana Roo, Fonatur marcó el inicio del mito: Cancún. Con su diseño de Centro Integralmente Planeado (CIP), logró atraer inversión extranjera y construir una ciudad desde cero, pero con los años, la bonanza dio paso a una gestión cada vez más opaca. En 2024, Fonatur entregó oficialmente el control del CIP Cancún al gobierno estatal. ¿Qué dejó? Pendientes. Obras sin terminar, movilidad colapsada y terrenos que se reparten en lo oscurito. Cozumel también quedó en manos locales, pero sin claridad ni plan.
En Baja California Sur, Fonatur ayudó a transformar Los Cabos y Loreto en destinos de lujo. Pero muchas propiedades ya son privadas y el estado carga con el mantenimiento. Fonatur se fue con todo, incluso con la alfombra.
En Oaxaca, impulsó Huatulco como modelo ecológico. En la práctica, más discurso que realidad. Hoy el gobierno estatal lidia con un presupuesto corto y presión de desarrolladores.
Sinaloa tuvo su intento con Playa Espíritu, pero terminó en reserva natural. Un terreno inflado en el sexenio de Calderón que nunca vio turistas. Lo único espiritual fue el derroche.
En Guerrero, Fonatur creó Ixtapa, pero su salida, aunque no oficial, ya se nota: infraestructura deteriorada y turismo a la baja. El estado trata de tapar los huecos con recursos que no tiene.
Nayarit fue tocado con varita mágica en Litibú y Costa Capomo. Pero más que magia, hubo improvisación. Inversiones a medias, terrenos en disputa y mucho silencio institucional.
En el Estado de México, intentaron algo en Ixtapan de la Sal y Tonatico, pero el proyecto se evaporó entre gobiernos y presupuestos que nunca alcanzaron.
En el sureste —Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas— Fonatur fue absorbido por el Tren Maya. Pasó de planear paraísos a ejecutar trenes y muchos proyectos quedaron solo en diapositivas.
¿Qué nos deja Fonatur? Ciudades transformadas, sí, pero también problemas sin resolver: saturación, descontrol ambiental, falta de vivienda digna y costas privatizadas. Cancún, por ejemplo, sigue dependiendo de infraestructura de los 80 que ya no aguanta más. Y ahora, ni Fonatur ni nadie quiere hacerse cargo.
¿Por qué se fue? Según el discurso oficial, por “descentralización”. Pero en la práctica, se fue porque ya no servía a quienes ahora mandan en el turismo; Fonatur murió no por falta de visión, sino porque ya no era útil para el negocio.
Y así, el gran organismo que alguna vez soñó con democratizar el paraíso… terminó vendiendo parcelas del Edén, a crédito y sin factura.
Fonatur no se despidió… se evaporó en el calor del presupuesto y el frío del interés público.

