2 mayo, 2026

Freddie Mercury y su voz ‘paralizaron’ los Sanfermines | EL BESTIARIO

El líder de Queen, ofrecía el 12 de julio de 1986, un concierto en el estadio de Wembley, en Londres, hoy, una pandemia, COVID-19, ha dejado a Pamplona, Navarra, España y al mundo sin la ‘Fiesta’ de Ernest Hemingway…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

 

Nunca he visto a un hombre atrapar, no solamente a las fiestas más famosas del mundo, las que se celebran en julio en Pamplona, Navarra, en el País Vasco de España, descritas por el escritor norteamericano Ernest Hermingway en su novela ‘Fiesta’, sino al mundo entero en la palma de su mano de esa forma”. Así describe Peter Freestone, asistente personal del cantante británico (Tanzania, 1946 – Londres, 1991) todo lo que sucedió hace 34 años en el estadio de Wembley, de Londres, en Inglaterra. El concierto pasaría a la historia de la música y de la cultura popular: el mundo dejó de girar durante tres horas y toda una generación asociaría para siempre al cantante de Queen con esa chaqueta amarilla, ese mostacho y ese éxtasis musical casi religioso… Además de esos 180 minutos de ‘suspensión’ de los ‘Sanfermines’, hubo tres interrupciones antes del COVID-19, la última vez, en 1997 por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, secuestrado y ultimado por la organización terrorista ETA. No habrá chupinazo el día 6 de julio, ni emocionantes encierros por las calles de Pamplona, ni corridas de toros. No saldrá San Fermín en procesión junto a los Gigantes y Cabezudos, ni el 14 los pamploneses entonarán el ‘Pobre de mí’. Ya lo cantaron algunos al conocer que el Ayuntamiento de Pamplona se ha visto obligado a posponerlos hasta el próximo año 2021. Es la primera vez en la historia que las fiestas de Pamplona se cancelan por una pandemia, porque en 1918, año de la ‘gripe española’, sí que hubo festejos.

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La enfermedad COVID-19 ha provocado la primera suspensión de los Sanfermines por una pandemia en los dos últimos siglos, ya que las fiestas de Pamplona se habían celebrado incluso durante los brotes de cólera del siglo XIX y la llamada gripe española de 1918. Según ha explicado a Efe el escritor Miguel Izu, autor de varios libros sobre la historia de los Sanfermines y la presencia en los mismos de Ernest Hemingway, las fiestas de la capital navarra habían “resistido” a varias pandemias en los últimos 200 años, “y en épocas en que no se disponía todavía de vacunas, ni respiradores, ni uvis, ni paracetamol”. En 1834 se produjo la primera gran epidemia de cólera morbo asiático y en Navarra se contagiaron 6.134 personas, de las que murieron 1.542, sobre todo en la Ribera. Poco después, en 1855, se produce una segunda epidemia de cólera, en este caso mucho más grave, ya que en Navarra hubo 40.872 contagiados y 13.715 muertos. En aquella ocasión la enfermedad sí afectó a Pamplona y, en general, a toda la provincia, por lo que se debatió si suspender los Sanfermines, pero finalmente se celebraron. En 1885 llega la tercera gran epidemia de cólera, que en Navarra afectó de nuevo principalmente a la Ribera. Hubo 12.985 enfermos y 3.261 muertos y en Pamplona, donde hubo 26 fallecidos, se planteó otra vez la supresión de los Sanfermines, idea que volvió a ser rechazada. Durante la epidemia de gripe española de 1918 se produjeron en Navarra unos 3.000 muertos, 243 de ellos en Pamplona. Apareció un primer brote en primavera, con solo 15 fallecidos, que desapareció al llegar el verano y los Sanfermines se celebraron normalmente, aunque la enfermedad reapareció en otoño y entonces se produjo la mayor mortalidad. La duración actual de los Sanfermines, del 6 al 14 de julio, es relativamente reciente, ya que data de los años sesenta. En el siglo XIX, normalmente había sólo cuatro corridas de toros y “para el día 11 o 12 lo gordo se había acabado”, comenta Izu, quien destaca lo excepcional de esta situación, ya que en el pasado, “incluso con enfermedades epidémicas, se tiraba para adelante”.

Sí se han suspendido los Sanfermines a causa de conflictos bélicos, cuatro de ellos en el siglo XIX. De 1808 a 1814 no hubo fiestas debido a la ocupación francesa, y tampoco de 1821 a 1823, durante el trienio liberal, por los enfrentamientos entre absolutistas y liberales. En la primera guerra carlista, no hubo Sanfermines de 1834 a 1838, y tampoco de 1872 a 1875, en la tercera guerra carlista. Ya en el siglo XX, en los años 1937 y 1938 no hubo Sanfermines a causa de la Guerra Civil, aunque sí se celebraron los actos religiosos. Ha habido además otras suspensiones parciales, en concreto en 1978, del 8 al 14 de julio, por los incidentes en los que falleció de un disparo de la policía el joven Germán Rodríguez, y el 12 de julio de 1997 durante 24 horas por el asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de ETA. Ante la decisión tomada por el Ayuntamiento de Pamplona de suspender definitivamente las fiestas a causa del coronavirus, Izu cree que una opción sería trasladarlas a septiembre, mes en el que se celebran las fiestas de San Fermín de Aldapa o San Fermín ‘Txikito’.

Lo más fascinante de aquel espectáculo es que se puede percibir cómo el cantante es perfectamente consciente de que está haciendo historia. Tanto, que ni siquiera le hizo falta una canción de verdad para despertar el fervor de 70.000 creyentes: le bastó con una improvisación de apenas unos minutos. Era el escenario más grande construido hasta el momento, y se le quedaba pequeño. Mercury se pasea como un animal que sabe que conquista inmediatamente el terreno que pisa, y en ningún momento parece intimidado ante la responsabilidad de seducir a decenas de miles de personas. Resulta tan chulesco como entrañable. Sus posturas triunfales mientras improvisa, a medio camino entre la ópera y la verbena de pueblo, generaron una corriente eléctrica que consiguió que el público no sintiese que estaba repitiendo cantos tiroleses, sino que formaba parte de la historia de la música. “No puedo llegar tan alto, vamos a bajar otra vez”, reconoce el cantante en el vídeo. Pero enseguida vuelve a elevar su voz con una magnitud que no cabía en Wembley. A pesar de que el rango vocal de Mercury llegaba a la estratosfera como pocos cantantes masculinos han logrado, daba la sensación de que su vigor no nacía de la técnica, sino de las entrañas. El público respondió entusiasmado a sus gorgoritos, porque Freddie se lo estaba tomando tan en serio como si se tratase de la última canción de su vida.

El flautista de Hamelin era un aficionado al lado de Mercury. Aquella masa entregada había pagado 17 euros por la entrada, en la que sin duda es la mejor inversión de toda su vida. Y se dejaron llevar por la euforia de Queen. La indumentaria de Mercury le hace parecer un líder militar sacado de un sueño, y sostiene su característico micrófono con la actitud épica de quien ostenta un cetro. Le falta la corona, pero ya se encarga él de comportarse como si fuera el rey del mundo. El público estaba tan a sus pies que si al terminar el concierto Freddie llega a proponer invadir Polonia, esas 70.000 personas le habrían seguido sin pensarlo dos veces. Despedir el numerito con ese “que os jodan” y recibir una ovación como respuesta es algo que solo pueden permitirse las estrellas de verdad. Mercury se ha metido a Wembley entero en el bolsillo, y lo ha conseguido porque la arrogancia solo es carismática cuando nace de la positividad y no de la prepotencia. El cantante arranca su improvisación con un mini/cachi/maceta en la mano, que le haría parecer el borracho de turno de la fiesta si no fuera porque su presencia es majestuosa. Él es el primero en sorprenderse por lo receptivo que está el público, y parece querer poner a prueba la obediencia de sus fieles, pero no lo hace con superioridad (aunque la disfruta), sino invitando a todo el mundo a la fiesta. La estrambótica energía de Mercury sobre el escenario despertó multitud de comentarios acerca de su sexualidad, pero a él no podía importarle menos. Otros artistas habrían sentido pudor, pero Freddie se dejaba llevar por la teatralidad y grandilocuencia, siempre buscando sacar adelante el mayor espectáculo del mundo. Él sabía que el problema lo tenían los demás. Si un artista se pasa de prudente y pisa el freno, conseguirá pasar desapercibido, pero nunca hará historia.

Freddie Mercury no era guapo, pero exhibía el bigote como pocos. Sus pantalones ajustados, su apego por las camisetas de tirantes y lo empapado que terminaba en cada actuación resultaba asombrosamente atractivo, precisamente gracias a que no le preocupaba lo más mínimo. Freddie Mercury fue la primera celebridad del mundo del rock en engrosar la lista de víctimas ilustres del SIDA, pero nada le hizo desistir de su deseo de aparentar normalidad y seguir trabajando hasta el último aliento. Hasta el punto de que tuvo que ser el 23 de noviembre de 1991, a tan solo 24 horas de su muerte, cuando por fin emitió un comunicado público para anunciar que había contraído la fatal enfermedad. Incluso los personajes más célebres pueden soltarse la melena sin ser reconocidos. Lo prueba Diana de Gales, que a finales de la década de los ochenta pasó una noche en un bar gay disfrazada con ropa masculina sin que nadie sospechase de su identidad. La revelación viene de mano de la actriz cómica Cleo Rocos, que en su nuevo libro, ‘The Power of Positive Drinking’, describe una de las noches que pasó con Lady Di, Freddie Mercury y el showman británico Kenny Everett, uno de los favoritos de la princesa. Todo empezó con el grupo bebiendo champán mientras veían capítulos de la serie Las chicas de oro en la casa de Everett. La noche se fue caldeando cuando decidieron bajar el volumen de la televisión y doblar ellos mismosel programa improvisando diálogos subidos de tono. A la princesa de Gales, que por entonces tenía 27 años, le fue asignado el personaje de Dorothy. Lo estaba pasando tan bien que quiso continuar la noche junto a sus amigos en Vauxhall Tavern, un pub de ambiente en el sur de Londres. Intentaron disuadirla, alegando que no era un lugar adecuado para ella, que estaba “repleto de hombres peludos” y que a veces estallaban peleas. Pero, según Rocos, la madre del heredero al trono británico tenía “el día travieso” y estuvo suplicando a Mercury hasta que este cedió. “Dejemos que la chica se divierta”, sentenció el cantante de Queen. Lady Di prometió quedarse solo para una copa y camufló su identidad con una chaqueta militar, unas gafas de sol y el pelo escondido bajo una gorra de cuero. La pandilla dio su aprobación tras decidir que pasaba perfectamente por “un modelo masculino vestido de manera excéntrica” y tomaron un taxi.

En el local nadie la reconoció, lo que encantó a la princesa. “Tenía el aspecto de un joven muy guapo”, escribe Rocos en su libro. Diana pidió una cerveza y un vino blanco y, cuando los terminó, el clan al completo la acompañó hasta su casa en el palacio de Kensington. Al día siguiente, devolvió la ropa con el mensaje “¡Tenemos que repetir!”. Se cree que la anécdota tuvo lugar en 1988, cuando Lady Di todavía estaba casada con el príncipe Carlos. La pareja se separó en 1992 y se divorció en 1996, un año antes de que Diana falleciera en un accidente de tráfico en París. Tanto Mercury como Everett fallecieron durante la década de los noventa por complicaciones del SIDA que padecían.

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