
En muchos hogares pareciera que se está solo transitando el momento, solo transitando, pero el fin último de todos es ser felices. Consciente o inconscientemente todas las personas anhelamos ser felices y todo lo que hacemos es para encontrar el equilibrio y la felicidad.
Aristóteles decía que “toda acción humana busca siempre algún bien y todas estas acciones deben ser guiadas por la virtud”, o sea la práctica y búsqueda de la excelencia, pues para él, la virtud es un hábito producto de una práctica continuada, por ello todas nuestras acciones son para lograr nuestro fin último que es la felicidad.
En la ética nicomáquea de Aristóteles, el término griego Eudaimonía, que viene de las palabras “eu” (bien) y “daimon” que para los griegos era algo así como el espíritu o el alma o un acompañante o espíritu guía del alma, se refiere a Bienestar, Plenitud, Éxito, Complitud o Dicha, es decir un estado de absoluta realización, y se puede traducir como la felicidad, pues es lograr el más alto bien del ser humano a través de la virtud (arete) y de la sabiduría en su aspecto práctico (phronesis), o sea, llevar una vida de actividad virtuosa según la razón.
Actualmente, filósofos y científicos, han rescatado el término eudaimanía pues coinciden que “la felicidad viene fundamentalmente de una vida llena de significado, de conexiones profundas con uno mismo y con las demás personas y de una vida espiritualmente plena”.
Visto esto, podemos decir que la eudaimonía (o felicidad) es el arte de vivir de manera virtuosa, buscando la sabiduría para desarrollar el potencial humano. Cada quien practicando su profesión o vocación pero de manera virtuosa, tiene derecho a esta vida eudaimoniana, pero resulta que, en muchas sociedades y a lo largo de los años, muchas mujeres no. Incluso Aristóteles, como otros tantos filósofos, hacía diferenciación entre los hombres y las mujeres argumentando que éstas sí estaban encima de los esclavos, pero subordinadas a los hombres.
Con el paso de los siglos, y con la lucha de miles de mujeres, esta idea ha ido cambiando, pero pareciera que en la práctica se aferra a quedarse y que el hecho de que las mujeres no encuentren la felicidad solamente en casa y en las labores propias del hogar y de la maternidad, las hace rebeldes sin causa e insurrectas que no merecen una vida plena por querer trabajar fuera de casa y una paga por ello. Todos los seres humanos, tenemos dones y virtudes y podemos desarrollarlos para lograr nuestra plenitud, dentro o fuera del hogar y afortunadamente cada día vamos entendiendo un poco mejor esto.
Todos hemos experimentado la satisfacción de percibir un ingreso o un sueldo por algún trabajo que hemos realizado, y comprarle con ello un helado o ropa a nuestros hijos, pagarnos un curso, arreglarnos el cabello, comprar comida y un buen vino, o pagar una casa y las deudas, se vuelve un acto de admiración propia al sabernos capaces y sentirnos útiles.
Esto lo hacen miles de mujeres que disfrutan igual de la maternidad y la vida al cuidado del hogar, que de desarrollarse en el campo laboral, pues aunque en casa no perciban un sueldo, se complacen al cubrir ambas facetas de madres y emprendedoras o empleadas si así lo desean pues afortunadamente en muchos hogares no hay machismo por parte del esposo, al contrario, hay apoyo y agradecimiento, logrando así el equilibrio, la felicidad y el bien común en estos hogares pues se ama y se respeta.
Pero muchas mujeres no tienen esta fortuna y son controladas por esposos machistas que no proveen como deberían, que les prohíben trabajar y que encima les reclaman por no aportar económicamente. Mujeres que no perciben un ingreso ni dentro ni fuera de casa y que tampoco pueden sentirse plenas pues no desarrollan sus virtudes, pues como hemos visto, el dinero no es el fin último, pero sí está directamente relacionado con el hecho de; uno, ser y sentirse productivo; dos, estudiar o desarrollarse en algo que nos guste y que podemos tener un don para ello y desarrollar esa virtud y que te paguen por eso; y tres, no depender económicamente de nadie y menos de quien pudiera ser el agresor, el que da el dinero con amenazas y reclamos y el que hace sentir que hace un favor al dar dinero a su esposa, la que no trabaja, cuando debería ser parte de la plenitud de ambos por compartir sus vidas y lograr el bien común.
Por eso, hablar de ser y sentirse independiente económicamente y de que lo que haces tiene un valor monetario además del valor emocional que le puedas poner, es hablar de felicidad también, pues si el trabajo que realizan las madres y amas de casa es muy importante para la sociedad pues de cada hogar saldrán ciudadanos con valores, o no, también lo es el hecho de que estas madres y amas de casa se sientan felices para poder así criar hijos felices, ya sea queriendo o no trabajar afuera o quedándose en casa por decisión propia.
A mí, con esta pandemia me quedó claro que unos de los trabajos más importantes en cualquier sociedad es el de los doctores, los maestros y los padres. Dependemos de ellos en muchos sentidos, y claro que las demás profesiones y oficios son importantes también, pero ciertamente en la base, están estos tres por lo menos.
Esta realidad que viven miles de mujeres, hace que vayan arrastrando dos estigmas, su labor como madres y/o amas de casa no vale mucho y que no aportan económicamente. ¿Qué felicidad lograran estas mujeres? Este y otros presidentes dicen que lo importante es que el pueblo esté feliz, pero qué pueblo puede ser feliz cuando miles de mujeres son criticadas y juzgadas por querer salir a trabajar o prepararse y ganar dinero con ello para tener una mejor calidad de vida ellas y sus familias; cuando lo que se gana no alcanza, y menos en el caso de las mujeres, sobre todo madres solteras, pues aún hay brecha salarial entre hombres y mujeres por el mismo trabajo; cuando los sueldos no dan para cubrir la quincena decentemente y mucho menos para hacer un ahorro y ‘cuantimenos’ para ahorrar durante 5 años el sueldo completo y entrar en el 6% de la cifra de los ricos.
¿Qué pueblo puede ser feliz cuando pertenece, casi en su totalidad, al 94% de los pobres en un país donde la riqueza está tan mal distribuida que la clase media se diluye en el imaginario de los pobres que se creen ricos?
¿En qué mundo vivirá este presidente que, como tantos y como todos los anteriores, ven la realidad de su pueblo desde su torre de marfil. En qué mundo viven los empresarios, los muy pocos por cierto, dueños de casi todo, que ponen los precios, fijan los valores, deciden los salarios y las economías y se reparten entre ellos mismos el pastel que cocinamos todos nosotros con nuestro trabajo medio hormiguero porque ni para eso nos da, ni para unirnos y trabajar como equipo como las hormigas, pues pareciera que solo nos da la vida para arrastrar los centavos hasta fin de mes?
¿En qué mundo viviremos todos los “no ricos” que, con quejas o no, no nos unimos para empezar a comprarle al vecino, al amigo, al pequeño empresario de la colonia, a hacer trueques con nuestros productos y trabajo, si entre nosotros mismos como cangrejos nos aplastamos y nos atacamos?
¿En qué mundo viviremos estas mujeres amas de casa que seguimos permitiendo controlen nuestra mente y cuarten nuestra libertad. En qué mundo viviremos las mujeres que seguimos atacándonos unas a otras, envidiando hasta entre amigas y no le compran a la otra, o no comparten lo de la otra, no vaya a ser que crezca y que salga de esta pinche cubeta de pobres donde estamos todos metidos?
No, no hemos aprendido que lograr el bien común es entre todos, es irnos jalando unos a otros hacia arriba para salir y empezar a reajustar la repartición de la riqueza nosotros con nuestras decisiones de compra y consumo, porque somos nosotros quienes decidimos lo que compramos y dónde lo compramos, ellos nos atacan con su publicidad, pero, ¿que no somos todos bien listos como para ya no dejarnos manipular y aprender a tomar nuestras propias decisiones?
O ¿a poco no sabe más rico el queso que vende el señor que trae de su pueblo, o el de los menonitas? Pues sí, pero ahí andamos comprando todo el Costco, por ejemplo. O ¿a poco no conocemos todos a alguien que hace comida rica o ropa padre, o muebles padres, o no sé, hay muchas cosas que podemos comprar entre nosotros para re activar nuestra economía pero desde abajo, desde adentro de las entrañas de la cubeta de la pobreza en la que todos estamos metidos, algunos más abajo que otros pero ahí estamos, intentando avanzar, pagar nuestros créditos, o tener una vacación al año, sudando la gota gorda para pagar nuestra casa si bien nos va o la renta, o intentando sacar nuestro negocio, pequeño, mediano o grande, a flote.
Pues cuantimás las mujeres, porque las que trabajan fuera de casa, dicen las lenguas, son unas egoístas que dejan a sus hijos para superarse y las que trabajan en casa son unas flojas que no hacen nada. De cualquier manera vamos pagando las críticas las envidias, las pisadas. Qué felicidad puede tener su pueblo, señor presidente, cuando sus mujeres, la gran mayoría, son menos preciadas y cuartadas por el machismo y la misoginia, padeciendo brecha salarial o la prohibición social para trabajar fuera de casa.
Qué felicidad puede tener un pueblo, cuando los servicios básicos que debemos tener son de mala calidad y en muchos lugares ni los hay, no hay agua potable o no les llega la luz y se cuelgan o no les llega el internet y los niños ahora tienen que caminar km, por ejemplo, para cachar señal y poder tomar su clase o ver sus tareas.
Qué felicidad tienen estas madres que venden lo que pueden o lavan ajeno para completar para la comida o para darles para el camión a los hijos y al esposo. Qué felicidad tiene el don que mejor se gasta los 3 pesos en caguamas porque pus’ de todos modos ni le alcanza pa’ nada, pero olvida sus penas en alcohol y luego llega a golpear a sus hijos y esposa. Qué felicidad tienen los jóvenes que tuvieron que salirse de la escuela para ayudarle a su jefecita o que era tanta la violencia en casa que mejor se salieron a drogarse. Esa felicidad no la da usted con su paupérrima despensa que dura 3 días o con sus ayudas de risa a los empresarios que según usted está rescatando señor presidente.
Porque los que salen adelante y luchan y se buscan la vida y la felicidad aún dentro de la cubeta lo hacen con sus propias garras, con su propia pasión, no con el que usted nos inyecta con sus mañaneras (sarcasmo obviamente). De esa gente sí sacamos inspiración, de gente así nos queremos, nos deberíamos rodear todos. Personas que saben su posición pero también su determinación, que comprenden de dónde vienen y tienen claro a dónde quieren llegar.
Y mujeres así hay por montones en nuestro bello país, en el mundo entero, amando a sus hijos y no siendo luchonas sino siendo chingonas, buscándose la felicidad no dentro de la cubeta sino en las posibilidades que el cielo claro de afuera les da.
Miles de mujeres que son menospreciadas y pisada incluso por sus propias parejas y que por ello la tienen más difícil, pero saben que tienen virtudes y que las posibilidades son infinitas.
Todos conocemos la historia de Einstein, su esposa lo apoyó y siendo ella una científica también, terminó en casa cuidando hijos y haciendo quehaceres mientras él seguía con sus estudios e investigaciones, y no menosprecio el trabajo de casa ni de las madres al contrario, pero es una pena que las oportunidades en la mayoría de los casos empiezan por cuartarse casi siempre primero a las mujeres, ambos estudiaban juntos, ambos empezaron a desarrollar sus teorías, ambos eran buenos…
Marie Curie obtuvo el premio Nobel porque su esposo la defendió ante el consejo pues el descubrimiento, el trabajo lo hizo ella pero el premio se lo querían dar a él porque nunca se lo habían dado a una mujer, ella fue la primera porque su esposo luchó por ello…
El crecimiento y real potencialización de una sociedad depende de todas sus partes, pero si no entendemos la diferencia abismal entre el 6 y el 94 % y que entre hombres y mujeres y su mágica sinergia no debería haber lucha, y que entre las mismas mujeres debe haber real apoyo y no envidias, y que todos tenemos derecho a ser felices, entonces dejaremos de preocuparnos por un presidente, este los anteriores o los que vengan, que dicen que su pueblo es feliz cuando se lo está llevando pero el virus, pero la banca rota de miles de pequeñas empresas, pero la contaminación, la indiferencia, la desigualdad, la inseguridad, el pésimo sistema educativo y el deplorable sistema de salud, o los malísimos servicios básicos, o el pleito entre los simples mortales de la cubeta….
En qué mundo vivimos los que no entendemos que no necesitamos partidos políticos ni políticos corruptos, ni servidores lambiscones, ni amigas envidiosas, ni amigos o vecinos que no vean la inmensa cantidad de cosas que tenemos en común. Jamás cambiarán las cosas si nosotros no volteamos a ver las enormes paredes que nos pusieron en el corral donde nos echaron a pelear a todos mientras ellos desde arriba disfrutan del espectáculo y de las regalías que les damos de nuestro propio trabajo.
Mujeres que mantienen hogares no porque quisieron ser luchonas súper poderosas, sino porque van buscando dentro de los escombros como salir adelante sin ser juzgadas o discriminadas o sin tener que dar explicaciones por querer vivir una vida plena.
Hombres que creen que no pueden porque no son dueños de la empresa, o porque el mismo club de tobi les escupió en la cara y les manipulo la hombría y su valía.
Jóvenes y niños que quisieran estudiar y ser tal o cual cosa de grandes, que tienen sueños y sienten que pueden comerse al mundo y lograr todo lo que se propongan, pero que tal vez les convendría hacerlo antes de que la sociedad se encargue de decirles que no pueden.
Hombres, mujeres y niños en busca de la felicidad y además ahora también con cubre bocas porque no hay dinero para enfermarse. No es catastrofismo es evolución. Veamos más allá, en lo profundo, busquemos a qué parte del engranaje pertenecemos, busquemos nuestros dones, busquemos qué inseguridades debemos sacarnos de encima y ahora sí, salgamos a la calle, empujemos hasta tirar la cubeta y seamos y rodeémonos de gente chingona.
Si carácter es destino, permitamos que nuestro daimon nos guie. Escuchemos a nuestro espíritu, hagamos conscientes nuestras motivaciones, seamos virtuosos, pues siguiendo el camino que nos dicte nuestra alma, alcanzaremos la felicidad, el bienestar y una vida plena y con significado. Miles de hombres y mujeres entendemos esto, y entendemos que lo lograremos todos juntos para así lograr la felicidad propia y el bien común. Quien entienda que alumbre.
Actualmente hay estudios sobre la relación entre el sistema inmune y la felicidad, pero no estamos hablando de una felicidad hedonista, sino de felicidad eudaimónica, que es “nuestro sentido de propósito y dirección en la vida, nuestro involucramiento con algo más grande que nosotros”, explica Steve Cole de UCLA, quien demostró con un estudio, que hay una notable correlación entre la felicidad eudaimónica y un mejor funcionamiento del sistema inmune.
Como se dice comúnmente, las madres no se pueden enfermar porque la casa se cae. Del hecho de que las mujeres sean felices, depende que los hijos también lo sean. Busquemos nuestro bienestar, forjemos nuestra plenitud, disfrutemos y desarrollemos nuestros dones pues así mejorará nuestra economía y sanaremos para nosotras y para todos.
Así que ya sabemos, y más en tiempos de pandemias y manipulaciones mentales y masivas, lo mejor y más sano que podemos hacer por nosotros mismos, es procurar nuestra felicidad eudaimónica.

