18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

No lo sé de cierto (diría Sabines), pero parece que hay una edad en la que nos volvemos frágiles a las embestidas de la nostalgia. Percibo que cada vez es más frecuente que en las tertulias de amigos y familiares, en las cantinas o en el café, las pláticas deriven hacia la evocación de episodios que, desde el ahora, nos parecen idílicos. Y es que la memoria tiene algo de selectivo, una especie de filtro que va eliminando los malos recuerdos y, de esa manera, quizás, nos va aligerando el peso de los agobios de la vida. En ocasiones, la memoria también nos ayuda a tergiversar los hechos, los desnuda de su carga de tristeza o de miedo y, al cabo de los años, nos los devuelve digeribles, aceptables, compartibles.

Me gustan las crónicas que publica Rafael Pérez Gay describiendo su infancia en el entonces DF; igual que las de queridos amigos que recrean en Facebook irrepetibles ambientes bucólicos; o las pláticas de cantina que escarban evocaciones lejanas; o las charlas en el chat de compañeros de secundaria y prepa… Es el caso que mi generación ha arribado a ese tiempo en el que elige voltear en lugar de ver hacia adelante. Debo atribuirlo, acaso, a la edad misma: rondamos los años de jubilación, una etapa en la que muchos pueden autoelogiarse con aquello del “deber cumplido” o, como Amado Nervo, recurrir al consuelo de “vida estamos en paz”. Quizás, ahora son los hijos quienes ven hacia adelante, los que planean para el largo plazo, los que privilegian los sueños sobre los recuerdos. Mientras, atascados en la edad de la nostalgia, nosotros, quienes venimos desde la segunda mitad del siglo pasado, nos refugiamos en los encuentros “retro” y en la moda “vintage”.

Desconozco si esto ha sido igual para todas las generaciones, si mis abuelos tuvieron tiempo para padecer esos ataques de la melancolía. No sé si obedezca a un proceso biológico degenerativo o a una autodefensa espiritual. Ocuparse del pasado para no otear el futuro puede ser el ejercicio racional de un grupo social privilegiado que accedió a la educación, a un empleo formal y arriba a la comunidad de adultos mayores en situación ventajosa respecto de la gran mayoría de personas de este segmento (según el CONEVAL, apenas un tercio de esta fracción poblacional recibe pensión por jubilación). O tal vez no. Y se trata, simplemente, de una expresión natural en la línea del tiempo, una reacción intuitiva a la certeza de que se ha traspasado el cenit de la vida y el pasado se vuelve un ancla para retrasar el arribo del inevitable ocaso. Al fin y al cabo, recordar es volver a vivir, como dice la conseja popular. Propongo, en todo caso, una constante: el intento por evadir la soledad que, también inevitable, es componente de esta parte de la línea del tiempo. Por eso no se trata de recordar en la intimidad del desvelo o en las largas horas del angustiante ocio en que la sociedad nos quiere recluir, sino de compartirlo en las tertulias, aunque sean virtuales, aunque sean con improbables y anónimos lectores que a lo mejor compartan la misma enfermedad de la nostalgia.

He llegado hasta aquí, entonces, tratando de explicarme la parte inocua de esa proclividad que compartimos muchos amigos y conocidos por traer al presente imágenes del pasado y, de alguna manera, desdeñar el futuro. Desde luego, no se trata de aislarse del día a día, ni de intentar recrear hoy el pretérito ni, mucho menos, de negar “Los recuerdos del porvenir”, copiando el bello título de la novela de Elena Garro. Lo advierto, más bien, como un ejercicio lúdico basado en la socialización de hechos que nos enlazan afectivamente y nos atan en comunidad. Y es que nadie niega las cualidades de la modernidad ni las virtudes y defectos de la posmodernidad. En lo posible, aprovechamos y convivimos con los avances de la tecnología, aceptamos y compartimos los principios y derechos civilizatorios que se abren paso en el nuevo milenio, reconocemos las amenazas del Cambio Climático, respetamos la diversidad y no creemos en los dogmas: nos tocó atestiguar el fin de la historia y reinventarnos en la solidaridad y en los irrenunciables valores de la democracia liberal. Sí, dejamos, o estamos dejando atrás, la etapa de los sueños, pero conscientes de que las circunstancias de este tiempo tienen muy poco qué ver con las del siglo XX.

Y sería delirante intentar traer a los problemas del presente soluciones del pasado, confundiendo la ensoñación con el absurdo. Digo, para muchos fueron románticos los tiempos previos a la llegada de la energía eléctrica, pero es de locos pretender reconstruir esos buenos recuerdos provocando un apagón. Una cosa es regocijarnos en lo vivido y, otra, vivir con una visión apresada por el pasado. Lo primero, afirmo, es natural y saludable; lo segundo, creo, es enfermizo y generador de conflictos: quien lo padece querrá ir siempre en contra de la rueda del tiempo y, más temprano que tarde, sufrirá las consecuencias de su desvarío. En esto último, me atengo al Eclesiastés: “Todo tiene su tiempo…”

Aprovechemos, pues, para seguir disfrutando y compartiendo anécdotas sin temor a los arranques de nostalgia (con cuidado, porque una “nostalgia prolongada” puede ser depresión). Y mantengamos el optimismo: Hacía bastante tiempo que Florentino Ariza y Fermina Daza habían cruzado la frontera de la edad adulta, incluso de la edad adulta mayor: setenta y seis años tenía él y setenta y dos ella, cuando emprendieron el viaje del amor por el río Magdalena. El camino hacia el eterno, la belleza única de la vejez, diría el Papa.

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