18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

En unas pocas semanas la discusión pública pasó de denunciar los riesgos de la militarización a debatir la amenaza que representa, contra nuestra “embrionaria democracia” (Roger Bartra, dixit), una reforma electoral promovida por el gobierno. La verdad es que esto de la composición de nuestro sistema electoral es complicado y el asunto tiene tantas aristas que no es fácil de discernir. Me aplico, entonces, en la lectura de artículos de prestigiados analistas y en escuchar los argumentos de expertos que disertan en programas de radio y televisión. El asunto parece estar así: según el oficialismo, la propuesta del gobierno y de Morena busca generar ahorro de recursos públicos y democratizar los órganos electorales; según la oposición, la iniciativa impulsada desde Palacio Nacional “cancela nuestra vida democrática”. Enfatizo lo de “impulsada desde Palacio Nacional”: en la larga marcha de construcción de nuestras instituciones electorales y, por tanto, de nuestra democracia, es la primera vez que una propuesta así proviene de quien ejerce la máxima autoridad del país. Nuestra avenida democrática se amplió gracias a la lucha de opositores que no detentaban el poder; por eso, desde su origen, las supuestas bondades de esta iniciativa presidencial generan desconfianzas. Como canta Molotov, si le das más poder al poder…

Soy, entonces, un ciudadano sitiado, en medio del fuego de dos bandos que se descalifican con esmero. Diviso, sin embargo, una tabla de salvación: se trata de una iniciativa de ley que habrán de discutir y aprobar, o no, nuestros representantes populares, diputados federales y senadores de la República. Y, ahí, en ese campo de batalla, como que los gladiadores se la llevan con más calma que en la ofensiva campal callejera. Incluso, leí o escuché que en el Congreso integraron un equipo multipartidista para analizar no sólo la propuesta presidencial, sino las decenas de iniciativas de leyes archivadas en eso que llaman “congeladora legislativa”, y con las que habrán de integrar la, digamos, madre de todas las reformas político-electorales. Se dice que los legisladores destinan cuantiosos recursos al pago de sesudos asesores, por lo que es de esperar que las modificaciones al sistema electoral que lleguen a aprobarse serán para el bien de nuestra democracia. Incluso, Alito Moreno ha reiterado que los legisladores priistas, necesarios para completar una mayoría que permita cambios constitucionales, no votarán nada que afecte la autonomía de las instituciones electorales ni que represente un retroceso democrático.

La ferocidad de las descalificaciones que se desparraman desde las mañaneras es otra vertiente. Y es que la batalla se agudizó: organizaciones civiles, empresarios, activistas y algunos partidos de oposición que consideran perjudicial para el INE la reforma electoral del presidente, han convocado a una marcha para este domingo 13 de noviembre. Y, ante esta convocatoria, el presidente se ha ocupado en dedicar lo mejor de su repertorio de injurias a los abajo firmantes y, de paso, a quienes deseen acudir a manifestar su apoyo a las autoridades electorales. Digo, no es que uno sea sensible en extremo, pero qué necesidad de que te acusen de ratero, clasista, racista, corrupto, cretino… nomás por salir a elucubrar sobre las verdaderas intenciones obradoristas detrás de su reforma electoral.

Porque el otro asunto que no deja de intrigar a más de uno es el de las motivaciones presidenciales para dinamitar el sistema electoral que le permitió llegar a Palacio Nacional y con el que su partido ha ganado todo lo ganable, precisamente con las reglas que pretende cambiar. Leí que José Woldenberg propone dos razones: una, para evitar que otros partidos y candidatos usen la misma ruta democrática que llevó a Morena al poder y, más temprano que tarde, les hagan desalojar los territorios ganados hasta ahora; y, dos, “las pulsiones francamente autoritarias del presidente”. Propongo una tercera razón: la histórica malquerencia que el presidente tiene contra las instituciones democráticas desde el 2006, cuando a su juicio no perdió la elección presidencial: se trata de una venganza personal, algo así como “¡tomen para que aprendan!” o, mejor aún, la ejecución rencorosa de “¡al diablo con sus instituciones!”.

El caso es que este domingo 13 habrá una manifestación ciudadana en defensa del INE y del TEPJF. La ciudadanía ha sido convocada con el argumento de que la democracia está bajo amenaza. La verdad, creo poco en eso de las marchas. Me da trabajo aceptar la uniformidad en el interés de las masas y confiar en las intenciones de los convocantes. Creo, también, que es pobre la rentabilidad del mitin: la mayoría queda en catarsis, en lo anecdótico y rara vez consigue los propósitos que supuestamente lo animaron. Además, esta convocatoria tiene un elemento perturbador: junto a los ciudadanos caminarán representantes de partidos políticos cuyos legisladores poseen el voto para evitar que se dañe a nuestra democracia y a sus instituciones. De manera que, si bien el objetivo de la manifestación es repudiar una reforma electoral que sigue la ruta ordinaria del proceso legislativo; la marcha es animada, aunque no se diga, por el motor de la desconfianza que tienen los ciudadanos en sus legisladores. Sí, esta es una protesta obligada por la duda que tiene la sociedad civil sobre la rectitud en la actuación de la sociedad política. Si convocantes y asistentes tuvieran la certeza de que diputados y senadores no cederán en la defensa de la permanencia e integridad de nuestro sistema democrático, esta marcha sería una ociosidad. No obstante, en la percepción colectiva se anticipa la ruptura de los equilibrios entre poderes y la capacidad del Ejecutivo de someter al Legislativo. El escalofriante deterioro de la vida pública, parafraseando a Román Revueltas Retes.

En este complejo escenario, Alejandro Moreno Cárdenas anuncia que el PRI estará presente en la “Movilización Nacional en Defensa del INE”. En “El caballero inexistente” de Ítalo Calvino, se menciona a un personaje “que no está pero que sabe que está”. Acaso, en esta ocasión, le corresponde ese papel al dirigente priista. Es mucho mejor que “estar y que los demás sospechen que no estás”. Digo, si es que la intención del líder es asistir.

Del maestro Roger Bartra, que anda festejando sus fructíferos 80 años, dejo esto por aquí: “…en este momento, tratar de hacerle reformas (al sistema electoral) oculta intenciones de liquidarlo… el gobierno no está proponiendo ninguna afinación sino el intento de destrucción del sistema democrático. Eso revela el miedo que tiene el gobierno de perder las próximas elecciones”. Y exhortó acudir a la marcha del domingo 13.

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