18 abril, 2026

La tragedia del Cuauhtémoc… – Así nos vemos

Edgar Prz

En los últimos días, los medios de comunicación y las redes sociales han dado cuenta de información marcada por la tragedia.

Han coincidido en la fragilidad de la vida; eventos que han demostrado con qué rapidez la tragedia puede cernirse sobre personas, familias, acabando historias y dando surgimiento a otras. Lo lamentable es que personas inocentes, como los cadetes del Barco Escuela Cuauhtémoc, en donde dos fallecieron y 22 resultaron heridos.

Con 43 años de trayectoria en el mar, la embarcación, construida en Bilbao, España, prepara a jóvenes cadetes que viajan como parte de su entrenamiento para adquirir experiencia práctica en navegación y vida en el mar, de la Heroica Escuela Naval Militar, ubicada en Antón Lizardo, Veracruz…

El barco cuenta con tres mástiles, 23 velas, velocidad de ocho nudos, 186 oficiales y tripulantes, y 90 cadetes o guardiamarinas. La misión es preparar a los capitanes, oficiales, cadetes y personal de clases y marinería de la Armada de México. Además de promover la amistad y buena voluntad de México en el mundo…

Escenas dramáticas, de estupor, de histeria, de impotencia, de enojo, de molestia… un banquete de situaciones personales que se padecen al ver los videos del accidente.

De inmediato, las conjeturas, los memes, las críticas, los comentarios y todo el arsenal informativo invadieron las redes sociales. Lo cierto es que, fuera de toda crítica y criterio personalizado, es muy lamentable lo acontecido, tanto por el prestigio de la Marina como por lo que significa y representa “El Caballero de los Mares”, nombre con que es conocido el barco. Salió a su recorrido habitual por varios países y puertos del mundo. Estuvo en Cozumel, de donde zarpó el 4 de mayo. Era un viaje de práctica, en donde los nuevos marinos que custodiarán y defenderán las costas mexicanas se preparaban en la praxis; la teoría ya la habían adquirido en los salones de clase y había que reforzarla en situaciones reales. Durante 10 meses, son sometidos a pruebas de resistencia, obediencia y mando en situaciones extremas como tormentas. En ese largo viaje, las condiciones climatológicas van variando y van aprendiendo cómo hacerle frente a todo tipo de situaciones, favorables y adversas.

El Puente de Brooklyn es un puente colgante que conecta los distritos de Brooklyn y Manhattan, en la ciudad de Nueva York, donde sucedió la tragedia. Aún no se saben las verdaderas causas ni la versión oficial de lo acontecido. Hay miles de peritos empíricos que han externado sus opiniones, y muchos culpan al mando de la tripulación. Olvidan que, en esos instantes, un remolcador era quien dirigía el barco. Cierto también que las condiciones climatológicas, con bastante viento, y el barco, un velero de grandes dimensiones, fue jalado, zarandeado… y es donde surgió la confusión y se presentó la desgracia. El mástil principal fue afectado cuando, al desplegar las velas, golpeó con el borde del Puente de Brooklyn.

Lo que ha seguido después de eso ha sido una carnicería informativa despiadada. Surgen varias interrogantes, en donde el valor, la disciplina, la obediencia están fuera de toda duda. Las y los cadetes, ubicados en sus posiciones, nunca claudicaron, lo que demuestra la reciedumbre, el compromiso con su país, y no les importó si, en esas condiciones, perderían la vida. La disciplina, el amor a su trabajo, el acatamiento de las órdenes demostraron de qué están hechos nuestros jóvenes marinos. Los fallecidos merecen un sepulcro de honor. Una copia fiel de los Niños Héroes… un déjà vu histórico.

Sin la fobia ni el favoritismo por alguna filiación partidista, estamos arribando a niveles muy crudos y alarmantes. La sociedad se está convirtiendo en un ente vacío, hueco, ausente de empatía, sin la búsqueda de una posible salida que propicie un reencuentro.

Es indudable que se han perdido los valores. Esta sociedad está en plena decadencia; se alegra y regocija de las tragedias, ya lo empieza a ver como algo común, algo cotidiano. Se está acostumbrando a vivir con miedo, con temores, y ha perdido el gusto por hacer el bien. Palabras sórdidas, que no se escuchaban, ahora son parte de su léxico; situaciones de alarma ya se ven como cosa común. Sería bueno decidir qué sigue.

Para ser bandido, diario se presentan más de 100 oportunidades; para ser héroe, solo una vez a la semana. ¿Usted a cuál elegiría?

Para no seguir en etapa de alarma, esperemos los peritajes y la versión oficial. Con eso se evitarán conjeturas, suposiciones, pronósticos y demás. Permitamos que los expertos trabajen y, al final, platiquemos de lo verdadero. De lo fantasioso, ya tenemos bastante. ¿No lo cree usted?

Mejor seguiré caminando y cantando: “Y se marchó y a su barco le llamó Libertad. Y en el cielo descubrió gaviotas y pintó estelas en el mar. Y se marchó, se despidió y decidió batirse en duelo con el mar…”

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