2 mayo, 2026

José Juan Cervera

Hay espacios muy concurridos en los que brilla algo especial: son sitios que sintetizan perfiles de vida, moldean señas de identidad y proveen válvulas de escape a las tensiones diarias. Los ciudadanos que los frecuentan reciben bajo su techo una energía que alimenta su ánimo y revierte sus aflicciones, despejando la penumbra que se aposenta en sus miradas. El registro histórico y la crónica vigorosa, custodios de la memoria, dan cuenta de estos lugares en que la gente convive y deja fluir, en ambiente relajado, la gama de valores que conforman su visión del mundo y salpican el entendimiento ajeno. Los cafés, bares y cantinas cumplen este cometido.

Entre sus múltiples intereses intelectuales, Roldán Peniche Barrera (1935-2024) se ocupa de los hechos llamativos que suelen acaecer en estos establecimientos. En uno de sus libros hace un repaso de los antiguos cafés meridanos, de los personajes que acudían a ellos y de los acontecimientos memorables que se suscitaron alrededor de sus mesas, con la amenidad que el asunto reclama pero que, dicho con suspicacia lectora, no cualquier pluma logra con parecida soltura.

Sus recuerdos e indagaciones sobre bares y cantinas de la Mérida de antaño se ramifican en diversos pasajes de su obra escrita, reivindicando el sabor de cultura popular que en ellos se paladea. Así se observa en aquellos ensayos que abordan el tema de manera directa (al modo de uno fechado en 2007, pero que vio la luz en 2012 y sigue tan fresco como entonces), en apuntes y anécdotas que relucen en sus columnas periodísticas, pero que también sugieren escenarios de fondo en regocijados guiños de su narrativa, mostrando rostros y caracteres que animan la diversidad de la experiencia colectiva.

El autor tiene el cuidado de fijar distinciones conceptuales cuando hace referencia a estos centros de encuentro reparador: aclara que en la centuria pasada se llamaba salón cerveza a los bares que preferían anunciarse con elegancia, y que se denominaba cervecerías a aquellos expendios donde sólo se ofrecía el producto que dio base a su identidad genérica. Y a propósito de unos y otros rememora los nombres de varios de ellos, como El Regalo, Boston y La Favorita, algunos de los cuales conoció en su juventud.

Por ser puntos privilegiados para el solaz con los amigos, el maestro Roldán rinde testimonio de los lugares que visitó en su compañía para ratificar afectos y cambiar impresiones. En El Bufete departió con los escritores Renán Irigoyen, Alberto Cervera Espejo y Mario Zavala Velázquez. Fue ahí donde el coleccionista Antonio Novelo Medina adquirió un lote de fotografías antiguas para incorporar a sus archivos. Anota que en la década de los cincuenta era común encontrar vendedores de libros antiguos en las cantinas, quienes ofrecían títulos valiosos a precio razonable, pero estas oportunidades se disiparon con el paso de los años, logrando mayor presencia los artículos de uso diverso traídos de contrabando. En decenios más recientes se restringe la entrada a los vendedores de cualquier género.

El maestro Roldán descorre el velo del mundo tabernario en sus cuentos y novelas, como en un relato de corte naturalista incluido en su libro La Pasión según Cristóbal Cupul (2002), que transcurre en un céntrico local de la ciudad, ya en abandono después de algunos intentos de ampliar la variedad de sus concurrentes. En sus novelas Historia del héroe y el demonio del Noveno Infierno (2014) y Canek, combatiente del tiempo (2020), describe el desaire que los músicos reciben en fiestas familiares, a semejanza de la desatención que cosechan entre los parroquianos de restaurantes y bares actuales, según refiere en sus crónicas. En una de ellas hace un símil con lo que hoy se conoce como barra libre, aplicando el término en el contexto de un festejo nupcial entre mayas antiguos. En la otra, el personaje que encarna a un gobernador colonial de Yucatán se hace acompañar de dos militares de alto rango a la cantina El Moro Muza para celebrar el retiro del cargo prominente que ostentaba uno de sus rivales políticos.

En sus poemarios figuran algunas piezas que evocan incursiones bohemias en tierras extranjeras, donde el autor residió durante dos lustros: “Sé que en otros bares donde el whisky es más rudo, / rudos marineros con cocodrilos tatuados en el pecho se emborrachan / y que unos pobres hispanos se desmedran en la pizca de uva.” (Versos de luna negra, 2002). “Dentro del bar de la estación hay risas de mediodía / y sucios vocablos en inglés y en mexicano. / Yo, sentado a mi mesa, / contemplo la brava facundia del Pacífico, / alzo en bermudas mi tarro de cerveza / y brindo por mi nombre ilustre de aquellos años.” (Entre el sudor y el tiempo, 2011). “¿Recuerdas las veces que recorrimos los bares de Beverly Hills / sin jamás dar con John Wayne o Marlon Brando / para compartir con ellos un martini?” (La luz de los años y otros versos, 2025).

Este breve recuento de prácticas que el tiempo cambia en su forma y consagra en su esencia es una muestra del magisterio literario de Roldán Peniche Barrera. Sirva para evidenciar que un tema bien enfocado, por menudo que parezca, guarda ingentes vetas de emoción y pensamiento.

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