29 mayo, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Muchas veces la noche lo alcanzó en el camino real. Confiado en su inusual corpulencia, Joaquinón desafiaba los riesgos de la oscuridad y desarmado, sin ni siquiera un machete al cinto, acudía a los más lejanos rezos, siempre nocturnos, y, con tal de no perderse un baile, recorría a pie las tres leguas del camino a Tepetitán. El hombre conocía los secretos de la penumbra y no lo amilanaban las historias de espantos que recorrían los caseríos.

Joaquinón sabía, por ejemplo, que el “Xooch” que pasaba sobre la casa a la misma hora casi todas las noches era, en realidad, un hechicero que vivía por los rumbos de Bajadas Grandes y que se transfiguraba para ir a atender a sus clientes más lejanos. También, opinaba que la lechuza que, de vez en cuando, se llevaba un pollo gordo del patio era, sin duda, una anciana bruja que venía desde Castro a robar algo para completar su comida. En las penumbras más densas, Joaquinón sabía que al pie del puente del Maluco encontraría un enorme perro negro, ante el cual tendría que rezar alguna oración poderosa para que le permitiera el paso.

Estaba familiarizado, igualmente, con las luces que cobraban vida cuando el sol se hundía en el fondo del pantano. Eran de distintos tamaños y colores, estáticas o en movimiento, que emergían de la tierra o que flotaban igual que globos encendidos. A Joaquinón ya no lo sorprendían: las luces azuladas que parecían arder en el suelo, correspondían a muertos que intentaban llamar la atención para ser repatriados al panteón más cercano. Las que se desplazaban volando entre el monte, a pesar de su tamaño y vistosidad, eran inocuas, aunque frustraban la pesca y la caza, porque su luz parecía espantar a los animales.

Había algunas flamas amarillas que emergían siempre en el mismo lugar, pero que no se le encendían a cualquiera. Estas marcaban el lugar de un entierro de metal, casi siempre monedas y joyas de oro y plata, y sólo les aparecían a las personas elegidas por la buena o mala suerte. Durante años, Joaquinón vio estas luces a la vera de los senderos y llegó a memorizar milimétricamente sus ubicaciones, entre el camino real y la orilla del río. Preguntó por aquí y por allá y nadie más las había divisado. Con el paso del tiempo, el germen de la curiosidad fue invadiéndolo hasta que la ansiedad llegó a quitarle el sueño. Supo, entonces, que el mensaje era para él, que esas dos pequeñas luces que se encendían a su paso eran un faro que lo convocaba o, peor aún, una manzana envenenada que tendría que morder para recobrar la paz.

No fue por miedo sino por prudencia que Joaquinón decidió emprender la aventura acompañado de dos amigos. Amigos y compañeros profesores, con apuros económicos y fama de discretos que, ante la tentación de la riqueza fácil, aceptaron sin reparos la invitación: “Acompáñenme a sacar un entierro, está cerca y en lo limpio, en medio del potrero”. Y ahí se enfilaron los gambusinos paranormales, armados con tres lámparas de mano, una coa y dos palas, avanzada la noche para evitar miradas indiscretas.

La tierra estaba blandita, arenosa. Joaquinón rompía el barro con la coa y con las palas los otros dos hombres lo echaban a un lado. Pararon cuando habían escarbado un rectángulo de medio metro de profundidad. Los tres sudaban. Joaquinón encendió un cigarro. Estaba nervioso, preocupado ante la posibilidad de que no encontraran nada y la incursión culminara en su ridículo. “¿Estás seguro que aquí es?”, le preguntó el profe Andrés, un hombre bajito y de apariencia más bien endeble. No contestó. Agarró la coa y se puso a escarbar la tierra pastosa, húmeda. Todavía no sacaban el barro removido cuando Joaquinón sintió que había topado con algo sólido y los otros escucharon el chasquido del golpe. “Aquí está”, susurró.

Tuvieron que ampliar el ancho del hueco para descubrir en su totalidad la tapa de madera. Alumbraron con sus lámparas procurando que la luz no saliera del pozo y comprobaron que estaban ante un enorme arcón de madera. “Pues, descansemos un ratito, pa ver cómo sacamos esta madre”, dijo Joaquinón.

La noche estaba especialmente oscura y había comenzado a formarse la neblina que en las madrugadas flota sobre los potreros. Cuando escucharon el trote de un caballo, advirtieron que había un silencio profundo, denso, tanto que parecía oírse la humedad evaporándose. Joaquinón, que estaba sentado en el borde de la excavación, se puso de pie. Escuchaba el golpeteo rítmico de los cascos, pero no distinguía nada.

El jinete apareció de repente de la nada ennegrecida. El caballo era un azabache cuya negrura se confundía con la noche. Se movía inquieto, nervioso y resoplando, como si viniera de una larga travesía. Lo montaba un hombre de complexión mediana, con un atuendo tan sombrío que por momentos parecía desaparecer de la mirada asombrada de los tres hombres.

“Buenas noches, amigos. Parece que hoy están de suerte. En ese cajón hay más riqueza de la que necesitarán sus hijos, sus nietos y sus bisnietos”. No alcanzaban a ver el rostro del jinete, pero sólo él podía ser el origen de esa voz que sonaba hueca, lejanísima.

“Buenas noches”, contestó Joaquinón, aguzando la mirada. “Todavía no sabemos lo que hay en el cajón, pero sí es cierto lo que dices… pues hasta a ti te tocará una parte”.

El jinete soltó una carcajada burlona, antes de replicar: “No, mi amigo, yo no necesito de eso”. El caballo se revolvía con urgencia por emprender el galope. “Miren, vine a decirles que ese cajón tiene dueño. Y ya que se atrevieron a descubrirlo, pues pueden llevárselo, pero tiene un precio. Si sacan el cajón, el hueco no puede quedar vacío y uno de ustedes tiene que ocuparlo”.

De inmediato, sin pensarlo, Joaquinón replicó: “A ese precio, no. Venimos tres y regresaremos tres, aunque sea con las manos vacías”. Como si de repente hubiera recordado que traía la lámpara en la mano, la levantó para alumbrar al desconocido, pero el haz de luz fue un acicate que aventó al caballo a la penumbra.

“¡Ayúdenme!”, gritó angustiado Andrés desde adentro del hueco. Joaquinón enfocó la luz y vio al hombre colgado del borde de la excavación, mientras bajo sus pies el cajón se iba hundiendo. Lo rescataron sin dificultad y vieron cómo el entierro desaparecía cubierto por el derrumbe de las paredes del hueco.

A pesar del sobresalto, se dieron tiempo para devolver a su lugar la tierra que habían escarbado y, sin cruzar palabras, regresaron al pueblo. Llegaron a la hora en que los pescadores descargaban sus piraguas y los ganaderos salían para sus ranchos. Ni siquiera se despidieron.

Unos meses después, Andrés perdió el sueño, el apetito, palideció y enflaqueció hasta quedar en los huesos. Le dieron tratamientos para el paludismo y la tifoidea, pero nada. Cuando la debilidad lo dejó en cama fue a verlo una curandera. “A este hombre lo está acabando un susto”, diagnosticó. Ya no le hicieron efecto los ensalmos. “Lo mató el miedo”, me dijo Joaquinón.

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