29 mayo, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Leo a Agustín Basave: “La gente está enojada y se gesta la era de la ira… Pero aún hay espacio para la fe en el futuro” (Milenio, 18/03/2024). Nadie quería llegar a este estado de cosas, pero aquí estamos.

En las calles se siente el viento del mal humor. Han sido varios años de atizar el fuego de las desavenencias y, en el sancocho electoral, comienzan a hervir los enconos.

El pueblo, la sociedad civil, no ha salido indemne de esta perenne confrontación política que, para peor, se agudizó en los últimos tiempos.

Padecemos un coctel de crispación y desánimo. Alguna variante del pesimismo se quedó entre nosotros desde los días de la pandemia y, en el preámbulo de las disputas electorales, no se advierten los entusiasmos de antes.

Desapareció el añejo y entusiasta alboroto que caracterizaba estas fechas de animación partidista. Se adivinan grietas en el entramado social, el hartazgo colectivo da lugar a un agotamiento en la conciencia cívica.

Sufrimos, como comunidad, el cansancio de la confrontación, el miedo a lo cotidiano y al futuro, mientras la incertidumbre se extiende como humedad en madera vieja.

Las dolencias de nuestro ser colectivo se expanden subrepticiamente o nos hemos propuesto hacer como que no las vemos, como que no suceden.

En las banquetas y los parques se acumulan basura y baches, desidia, indolencia.

Igual que relámpagos que anuncian tormentas, nos enteramos de ejecuciones, de cobros de piso, de extorsiones… La inseguridad gana espacio en la conversación y optamos por encerrarnos en nuestras casas, arroparnos con nuestras propias convicciones. Como si quisiéramos escapar de las amenazas y aislarnos de las confrontaciones que transcurren afuera. El vecindario se fractura en múltiples individualidades.

Como la bajamar va mostrando la suciedad sobre la playa, comienzan a desnudarse conflictos, se hacen evidentes contenidas inconformidades y explotan crisis que sólo estaban en espera del tiempo propicio.

Y así vamos a las campañas, futurofóbicos desprovistos de esperanzas y, quizás, resignados por este hálito de fatalidad que nos envuelve de indiferencia y nos arrebata el espíritu de civilidad que permite la solidaridad y la convivencia entre distintos.

Y es que, por una parte, se expresan acendradas pugnas que, despojadas de connotaciones ideológicas, son consecuencias de malquerencias personales. Un poco más allá, otros actores se enredan en sus propias ambiciones y caen en el cortoplacismo de los intereses particulares.

La elección se avizora como el crisol de antagonismos largamente madurados.

Nos queda esperar que, por el bien de todos, entre las ardientes cenizas de la contienda política veamos surgir un ave fénix de concordia, un radical optimista; y no padezcamos más la agudización de las contradicciones, del enojo… la desesperanza. Si fuera posible, de recuperar el tiempo y de no más odios desde el poder, es de lo que se trata.

Porque, como afirma, Román Revueltas Retes: “Se vota para ser más feliz, señoras y señores, no para que siga la violencia, la muerte y el mal gobierno”.

Y así llegó la primavera, desprovista de aquellos júbilos de cuando el mundo era amable, habitable.

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