2 mayo, 2026

José Juan Cervera

La relación que los escritores establecen entre sí es un proceso que alcanza matices diversos y acarrea experiencias tormentosas o acompañamientos cordiales, según el grado de afinidad o el sentido de competencia que predomine en ellos, en las alianzas y las disputas que modelan su vida social. Las pasiones intensas suelen brotar copiosamente en su obra, pero se manifiestan también en su trato mutuo, haciéndolos proyectar en sus pares mucho más que una estricta identidad de oficio.

Cuando las tensiones ceden espacio a los vínculos amistosos, los propios creadores rinden testimonio de ellos en confidencias y evocaciones; a veces registran su ayuda mutua en el intercambio de conocimientos y en la adopción de técnicas con efectos sensibles en su horizonte expresivo; vale decir lo mismo en lo concerniente a sus acercamientos críticos a la sociedad y la cultura. La sola cercanía afectiva implica formas nuevas de coincidencia profunda, pese a las discrepancias que afloran de manera inevitable en el cotejo de argumentos y detalles.

En una de sus innumerables colaboraciones de prensa, Ermilo Abreu Gómez elogia las destrezas literarias y reflexivas de Leopoldo Peniche Vallado, a quien reconoce como paisano y amigo suyo tras convivir con él en su juventud, marcada por breve diferencia de edad, insignificante cuando se trata de confluir en gustos y preferencias artísticas. El artículo, que apareció en el Diario del Sureste el 31 de mayo de 1966, comenta la aparición del libro de su colega titulado Oswaldo Baqueiro Anduze en su obra. La ciudad heroica, mosaico histórico de Yucatán y otros ensayos. El autor que el volumen rememora tejió lazos de amistad con Abreu Gómez y con Peniche Vallado, aunque con este último coincidió además en la fundación del periódico referido.

El texto de Abreu adquiere un tono emotivo al recordar las visitas de Baqueiro Anduze en su casa de la capital del país, cuando ambos vivían fuera del terruño; iba a verlo para mostrarle avances de sus textos y para tomar apuntes en su biblioteca. Recuerda con tristeza la paulatina postración a que lo condenó la enfermedad que dio fin a su existencia lúcida y modesta. Unas líneas más adelante, subraya la importancia de los lazos familiares que propiciaron las aptitudes de su compañero de letras, ya que su abuelo Serapio Baqueiro Preve y su padre Serapio Baqueiro Barrera asumieron un papel importante en la vida intelectual de Yucatán, uno como historiador y el otro como literato y periodista. En este contexto, el creador de Canek refiere la simpatía que le inspiró el progenitor de su amigo por compartir con él intereses centrados en el estilo y en la eficacia de la lengua escrita, aspectos básicos entre los valores distintivos de sus creaciones y estudios.

Del libro de Peniche Vallado sólo emite un juicio panorámico acerca de su calidad literaria y sus recursos metodológicos, considerándolo un homenaje de amistad cuyo equilibrio compositivo cobra evidencia plena en el conjunto de su obra. En cambio, deplora el producto editorial en sí por hallar descuido en su proceso de formación, magro resultado que, desde su punto de vista, da prueba además de escaso buen gusto, hechos que considera tanto más lamentables por haber salido de las prensas de una institución universitaria.

En otro ámbito de ideas, cabe recordar que Leopoldo Peniche Vallado se apoya en ciertos ensayos críticos de Abreu Gómez para desarrollar trabajos de temas afines, de manera especial en el que examina la obra de José Peón y Contreras, renovador indiscutible de la dramaturgia mexicana del siglo XIX. En otro de sus escritos destaca la intervención de su apreciado Ermilo en el surgimiento del teatro regional de Yucatán, al que juzga empresa frustrada por depender de un modelo cuyo agotamiento prematuro le arrebató cualquier posibilidad de crecer y hacerse fecundo. Aun en tales circunstancias, Abreu Gómez redactó algunos libretos y enmendó otros que no cumplían mínimas exigencias estéticas, labor que lo situó entre los pioneros de estas piezas escénicas de vida accidentada y de auge efímero.

Los afanes literarios y su correlato crítico merecen ponderarse en su propio terreno sin excluir el reconocimiento de sus aportaciones en todos los órdenes de la existencia, incluso en su rango histórico porque las raíces en que se asienta tocan elementos de alcance fundamental, aunque la humanidad pareciera haber perdido la conciencia de sus orígenes. En este campo fragmentado se antoja sensato recuperar nexos significativos para concurrir al encuentro de la memoria de los tiempos con el propósito de hacer más hondas las vivencias cotidianas, componentes legítimos de la civilización entendida como herencia colectiva.

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