A 54 kilómetros de José María Morelos, en el corazón de la selva quintanarroense, se esconde un cenote único en la comunidad de Sacalaca. No tiene escaleras ni plataformas. Para llegar a sus aguas cristalinas, hay que descender entre 12 y 15 metros usando cuerdas y técnicas de rapel. Aquí, la aventura es pura y la naturaleza impone sus propias reglas.
Este oasis subterráneo, resguardado por los pobladores mayas, se mantiene libre de infraestructura turística, como un acto de respeto hacia su carácter sagrado y ecológico. “No es lo mismo que te lo cuenten a que tú lo vivas”, dice un guía local, refiriéndose al vértigo y asombro que provoca el descenso.
Sacalaca representa una forma distinta de hacer turismo: sin alterar el entorno, apostando por la autenticidad y el legado comunitario. Un destino para valientes, que deja huella más allá del cuerpo.

