Inosente Alcudia Sánchez
No sé qué pulsión biológica me llevó a intentar escribir poesía. Quizás mis muy tempranas lecturas infantiles fueron lo suficientemente seductoras como para empujarme a intentar el verso, la rima, la métrica. Leí algo de Lorca, de Jorge Manrique, de Darío y, más adelante, me deslumbraron Vallejo y Neruda.
O acaso fue el trópico, el hervor de los medios días, el amarillo de los garrobos asomando como frutos maduros en las copas de los mangos. El caso es que por algún impulso infantil dediqué muchos años a la lectura de la poesía, al intento por descifrar sus estructuras y comprender sus construcciones metafóricas. Lo mismo me pasó con el béisbol. El llamado “Rey de los deportes” es el primer entretenimiento del que guardo memoria y a cuya práctica y disfrute dediqué los primeros años de mi vida.
Soy un malogrado poeta beisbolero y eso me hace un aficionado especial. Mi gusto por dicho deporte va más allá de la ramplona inercia conductual que suele adquirirse durante la infancia… Mi afición se constituye, más bien, a través de un hábito de naturaleza profunda, lo cual supongo que me diferencia de la gran mayoría de los aficionados, como dice Murakami.
En mi prehistoria, el béisbol se jugaba en los escasos lomeríos que no sucumbían al desbordamiento de los ríos y los pantanos. En aquellos potreros cultivados con grama “remolino” y podados por el hambre eterna de cuadrúpedos rumiantes, se improvisaban los “campos” donde los domingos se trenzaban en inmemoriales partidos los peloteros que representaban a los ejidos y rancherías que se extendían por la comarca tepetiteca. Con guantes remendados y bates improvisados por el ingenio artesanal, con pelotas que habían perdido el agarre de sus costuras, mis ídolos de esos tiempos jugaban descalzos o con botas de hule, y las hazañas del jonrón o de los innumerables ponches nutrían nuestras fantasías urgidas de héroes.
Desde luego que no había gradas donde sentarse ni techos que protegieran a los aficionados de las inclemencias del trópico, y antes de cualquier cosa, había que ahuyentar a las semovientes recién paridas para evitar el riesgo de alguna cornada por sus celos maternos. A media mañana, alentados por un puñado de aficionados que habían recorrido kilómetros de polvo para verlos jugar, las novenas arrancaban las emociones al grito de ¡playbol! del ampáyer escogido entre los más honorables de los vecinos. No había otro deporte, ni actividad social en los pantanos. Así que los domingos de béisbol eran una especie de inyección de alegría y emoción que ayudaba a sobrellevar el destierro.
Nuestro equipo no era de los mejores. Me acostumbré, entonces, a disfrutar el juego más que el resultado, a valorar las infinitas posibilidades de sus jugadas más que las carreras anotadas. Aprendí que lo que verdaderamente hace que merezca la pena contemplarlo no es el entusiasmo ramplón por el resultado del cierre de la novena entrada, sino la combinación de azar y destreza, la perseverancia en la práctica y la fuerza, la síntesis de fortuna y talento con que se construye un verso y se consigue una carrera, el esfuerzo inspirado con que se otorga un ponche para el out 27 y el punto final de un poema. El destino de los equipos está entrelazado en la providencia del acierto y el error, y después de los partidos, en la bruma que antecede al sueño, con los ojos cerrados y aturdido por el escándalo animal de la noche rural, reconstruía las jugadas a partir de las múltiples opciones que la imaginación infantil y la memoria me permitían.
Lo recuerdo con nostalgia: alcancé la consagración como aficionado gracias a la radio. Sin televisión para ver los juegos ni acceso a los estadios donde se enfrentaban los profesionales, en mi niñez el béisbol también fue delirio, una construcción onírica a partir de las desaforadas narraciones con que los cronistas describían lo que pasaba en el campo de juego y en la tribuna. A las ocho de la noche comenzaban los partidos, un horario cercano al desvelo en aquella planicie húmeda y lodosa. Conciliaba el sueño, así, cuando el encuentro todavía no alcanzaba el tercer tercio y seguía soñando dormido el sueño que había empezado a soñar despierto. Era la conjugación del juego y la imaginación, las palabras que alimentaban la fantasía de un ser que sólo disponía de poesía para sobrevivir, como hasta hoy, a aquellas y a estas intemperies. Porque la poesía, más que una forma de escribir –leí por ahí–, es una manera de aprehender el mundo, de acercarnos al alma de las cosas.


