17 abril, 2026

Una de las formas de la felicidad – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Suspendo, a contraluz, la lectura de Los años de peregrinación del chico sin color. Me acerco al final y comienzo a sentir esa nostalgia que anticipa el cierre de una novela. Debo redactar un texto y caigo en la cuenta de que, desde hace meses, no escribo sobre los graves asuntos públicos que se ciernen sobre la patria. A diario veo los noticieros más populares, reviso la prensa nacional y leo algunas columnas de analistas prestigiados, pero la inspiración no me alcanza para intentar un artículo con reflexiones sobre el vertiginoso día a día de la nación. Siento que, durante el verano, la vida nacional transcurrió en medio de una gran tolvanera: un torbellino de noticias y hechos que se revuelven y nos saturan, impidiéndonos elevar la mirada más allá del conflicto de la semana.

Uno, entonces, al ver tremenda rebambaramba, busca medidas evasivas: algo que nos aparte, aunque sea temporalmente, de la surrealista existencia que prevalece en nuestro México de calles derruidas. Y cada quien lo hace como puede. Al fin y al cabo, cada vida es un intrincado laberinto de ocupaciones y preocupaciones cotidianas que nos son más cercanas y urgentes que las noticias sobre el aumento al impuesto de los refrescos embotellados o a la trama de novela negra que describe el caso del “huachicol fiscal”. De alguna manera, unos y otros asumimos una especie de aislamiento voluntario: nos encerramos en nuestras rutinas como pochitoques en sus caparazones, mientras afuera ocurre la tormenta.

Dice Irene Vallejo que “ciertas personas dedicamos muchas horas de nuestra vida al placer desenfrenado”. Y me dio gusto saber que no somos pocos los que hemos sucumbido al “vicio inconfesable de la lectura”, que, a mi juicio, puede ser un mecanismo de defensa para esquivar esos golpes de la mala realidad a los que se refirió otro Vallejo —César— en su poema Los heraldos negros. Y es que —es un lugar común, pero no por ello menos cierto— en los libros se recrean vidas y ambientes novedosos, que conforman historias alternativas capaces, con suerte, de llevarnos a “rozar la felicidad”. No se trata de cambiar la percepción de la realidad, sino de disfrutar, en la mayor medida posible, ese otro mundo edificado a base de imaginación y lenguaje que nos regala la literatura. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, dijo Borges.

Veo en el internet las largas filas que se formaron en Praga para comprar el nuevo libro de Dan Brown, El último secreto, y pienso que son imágenes alentadoras: las letras siguen siendo ese espacio vital donde podemos coincidir los tránsfugas de las aflicciones que nos obsequia el hoy por hoy. 

Lejos de las largas filas de la capital Checa, yo también me paro frente al librero. Elijo un volumen, lo abro, y dejo que me saque del torbellino cotidiano. No es una evasión total —porque al cerrar el libro ahí sigue la vida nacional con sus estruendos—, pero al menos me queda esa tregua íntima, ese instante de sosiego en el que la imaginación me recuerda que todavía es posible rozar la felicidad.

Related Post