Inosente Alcudia Sánchez
La energía eléctrica es, quizás, la más notoria materialización del progreso. La luz generada por la electricidad, esa claridad artificial que alumbra las noches más sombrías, por ejemplo, es el antídoto contra espantos, duendes y embrujos que regularmente florecen al cobijo del aislamiento y la oscuridad. Por los cables de cobre llega, también, el impulso que echa a andar una multitud de aparatos en cuya evolución está la huella del brutal avance de la civilización que se expresa, cotidianamente, en satisfactores que hacen más amable nuestra existencia.
Hasta fines del siglo XX, las líneas conductoras de electricidad terminaban en Tepetitán, la Villa, el pueblo. Al otro lado del río se alzaban ranchos y acahuales; comenzaban la precariedad, el destierro, la soledad, el desamparo. En decenas de kilómetros a la redonda lo que prevalecía era la dispersión de minúsculos caseríos que estaban muy lejos de los servicios -y las comodidades- asociados a lo urbano y cuyos pobladores, cristianos remontados, sobrevivían a la buena de Dios.
La región se comunicaba por un laberinto de ríos, arroyos y caminos reales que en muchos tramos eran apenas lodosas brechas, polvosos surcos en el exuberante y abigarrado rostro vegetal de los humedales. En la memoria popular prevalecía la idea de que años atrás esas rutas habían sido transitadas por revolucionarios verdaderos, como Pablo García en su travesía rumbo a Palizada, igual que por hacendados y bandoleros, muchos de los cuales habían tenido que enterrar sus riquezas a la orilla del camino para aligerar sus cargas y acelerar sus viajes a la libertad, o sus huidas a lo profundo del monte. Entre la oscuridad y el abandono, supersticiones y fantasías poblaban el inconsciente colectivo de los humanos montaraces que vivían y morían al ritmo que marcaban los desbordamientos de los ríos.
En aquel mundo lóbrego y primitivo, Joaquinón alcanzó notoriedad inusitada para la época. Como muchos jóvenes de esos tiempos, estudió en la normal rural de Hecelchakán, al norte del estado de Campeche, donde se graduó de profesor. Llegó a ser Inspector de la Zona Escolar que tenía sede en Tepetitán, el pueblo donde nació cuando todavía se tendían los cables de transmisión eléctrica. Joaquinón rondaba los dos metros de corpulenta estatura, lo que mucho ayudó a que enfrentara con éxito los desafíos con que alimentó su biografía plagada de actos inconcebibles. Su estampa, entre elefántica y jirafesca, no pasaba desapercibida en los caseríos que poblaban la ribera del río y en los que improvisó rústicas aulas para enseñar las primeras letras a impúberes montunos más urgidos en aprender a nadar y pescar que en el uso del lápiz y el cuaderno.
En una época plagada de supersticiones y pensamiento mágico, de espantos y hechicerías, gracias a su inusual complexión, con la convicción de misionero protestante, entre el lodo de los interminables temporales o bajo el sol picante de la canícula, Joaquinón se abrió camino en montes y pantanos para cumplir su apostolado y llevar retales de civilización a lo más profundo de los montes.
En esos tiempos de lo real maravilloso el béisbol era el deporte preferido en la región. Los campos de juego se improvisaban en los terrenos planos que pasaban la mayor parte del año bajo el agua de las crecientes de los ríos o convertidos en lodazales por las lluvias habituales del trópico. Para fines del invierno, cuando los equipos iban a empezar sus prácticas, lo primero era quitar el moho que la humedad había hecho florecer en los guantes de piel y, a fuerza de machete, podar el zacate que crecía alegre en lo que sería el “diamante”.
Los domingos eran de fiesta beisbolera en las comunidades de la comarca tepetiteca. Los partidos se efectuaban entrada la mañana, cuando el calor había evaporado el rocío de la eterna humedad tropical, junto a semovientes melindrosos que pastaban en el área de los “jardineros”, sin nada que protegiera al público ni a los “dugouts” de la inclemencia de los soles primaverales. Era un evento de y para varones que terminaba casi siempre en largas borracheras del equipo anfitrión. En no pocas ocasiones el equipo visitante tenía que recorrer hasta una decena de kilómetros de caminos polvorientos para llegar al sitio de la justa beisbolera. De Tepetitán a Clemente Reyes eran dos horas a trote de caballo y un poco más de Barrial al Maluco. En aquellos equipos de hombres de los popales, vaqueros la mayoría, había quienes destacaban y sus nombres o apodos eran mencionados con respeto y hasta con admiración.
Uno de aquellos personajes que ganó lugar en la memoria tepetiteca fue Joaquinón. Dejó pronto la docencia y, al tiempo de cumplir sus responsabilidades burocráticas de supervisor de zona, dedicaba las tardes libres a la práctica de la pelota. Él siempre jugó con el representativo del pueblo, aunque recibía tentadoras invitaciones para reforzar las novenas de otras localidades. Era el indiscutible número cuatro en la lista de bateo. Solo diré que su poder con el bate era tal que lo suspendieron de los entrenamientos para que no perdiera las pelotas al fondo de los pantanos que rodeaban el campo de juego. Gracias a su macaneo potente y oportuno, el equipo de Tepetitán alcanzó renombre de invencible y la fama del imponente pelotero se extendió por rancherías y ejidos. La corpulencia le cobró factura y pronto en su vida, aquejadas las rodillas por tanto peso, abandonó al rey de los deportes, no sin antes poner en órbita un número indeterminado de pelotas. Emprendió, entonces, aventuras de mayor riesgo que el pelotazo deliberado fruto de la frustración de algún pitcher perdedor.
A la vera de los caminos reales se encendían, en esos años, luces incandescentes que marcaban el lugar donde reposaban costales repletos de prendas de oro, enterrados décadas atrás por forajidos o gente honrada, a quienes no les alcanzó la vida para volver por sus tesoros bien o mal habidos. Estaba la fortuna ahí, anunciándose en una flama que no apagaban ni los ventarrones de noviembre, a la espera de valor y codicia suficientes para retar a la suerte y acceder a la riqueza. Y a perseguir esos fuegos dedicó Joaquinón muchos de sus desvelos.


