Inosente Alcudia Sánchez
Disfruto perderme en el laberinto de la hoja en blanco y encontrarme en la búsqueda de la palabra precisa. Es decir, algún placer especial me regala este momento en el que voy poblando de letras, palabras, oraciones, la pantalla vacía. Pero no siempre fue así.
Inicié en los años de la pubertad escribiendo poesía o, mejor dicho, borroneando versos que pretendían copiar la métrica y la rima de los poetas clásicos: Manuel Acuña, Amado Nervo, García Lorca… en la mudanza permanente que ha sido mi vida, aquellos balbuceos poéticos se perdieron junto con los cuadernos de tareas. Más adelante, en la prepa, volví a intentarlo: el profe Waldemar Noh Tzec nos acercó lecturas prodigiosas (Whitman, Blake, Neruda, Vallejo) y alentó a varios a insistir en la poesía. Por esos años, inició la estrategia nacional de los talleres literarios y ahí continué rastreando el verso perfecto. Para muchos fue una buena época: descubríamos el mundo en los libros y, en mi caso, con un poco de eso que llaman “malicia literaria”, gané algún certamen poético, hice lecturas de mis textos en encuentros literarios –que abundaban– y produje material para dos libros, uno colectivo y otro en solitario. Pero, sufría escribiendo. O, más bien, creía que necesitaba aderezar con un mucho de dolor o un poco de desencanto, a las ingenuas metáforas que aspiraban a la trascendencia. Y, de alguna manera, tenía razón: la mejor literatura tiene que nutrirse de vida y, en aquellos tiempos, era muy poco lo que tenía para contar, para versificar. De manera que, hoy, sigo pensando con un poco de pena en la debilidad emocional que afecta a los poemas de mi adolescencia.
En los talleres de literatura, además de aprender algunos trucos para la versificación, adquirí la disciplina indispensable para escribir y, de alguna manera, las nociones básicas de redacción que, después, en el ámbito laboral, ayudaron a expresarme con la mínima propiedad requerida en el lenguaje burocrático. A diferencia del sufrido verso, la prosa siempre me ha parecido un ejercicio lúdico: me gustan igual el más humilde de los memorándums que el más conceptual de los discursos. Y es que, me parece, cada documento es fruto de un ejercicio de reflexión y de aprendizaje. No hay inocencia en un buen texto; al contrario, el redactor tiene que profundizar en el análisis del contexto, interiorizar en el contenido a comunicar y, claro, revisar la propiedad y la claridad del argumento. Me gusta el rigor a que obliga ese proceso, así que hasta el sol de hoy encuentro algún tipo de placer en la árida escritura burocrática (desde la universidad aprendí que es la palabra escrita el sustento de la administración pública).
Más allá de dos cuentos extraviados en el purgatorio de las obras inéditas, no había intentado, hasta entonces, la prosa de ficción (aunque no esté ausente en el lenguaje político un mucho de fantasía). Sin embargo, la literatura rondaba. Hace muchos años, un grupo de amigos ideamos una novela colectiva que, como suele pasar, no fue más allá del esbozo; pero, la intención ahí estaba, al acecho de alguna grieta por donde colarse en mis prioridades. Seguí, entonces, en la labor de redacción de textos ajenos y en la de artículos huérfanos de cualquier ambición literaria. Aproveché la opción que me ofreció un amigo para publicar en su revista y ahí quedaron muchas crónicas y textos, algunos encubiertos en ambiciosos seudónimos. No llegaba la era digital, así que para bien o mal se han perdido irremediablemente.
Y, en eso, Jorge Volpi llegó a Campeche. Me inscribí en la Academia Literaria para que Volpi me firmara En busca de Klingsor y, si se podía, aprender algo que me ayudara a escribir crónicas, el género con el que Monsiváis sedujo a mi generación. Resultó que la Academia se trataba de literatura dura y pura y, ni modos, comencé a improvisar ficciones, a ejercitar la imaginación, a intentar hacer prácticas de improvisación y de memoria. Escribí para cada sesión un texto que al final del curso configuró un intento de novela. Es un borrador cuya revisión está entre los pendientes que no me quitan el sueño. Eso sí, con las lecturas y el escrutinio de textos a que nos sometían los maestros, afiné mis herramientas para la edición y corrección: me considero un mejor corrector que redactor y, créanme, no soy nada complaciente con mis escritos. Además, en esto le debo mucho a mi primer jefe: casi siempre, al finalizar un documento, vuelvo a la imagen de cuando nos hacía revisar y reescribir un discurso hasta encontrar la palabra precisa, el tono exacto, la mejor redacción posible.
Después de la temporada en la Academia Literaria, el río de la sobrevivencia me devolvió a la aridez de los documentos gubernamentales, donde transité una etapa intensa y enriquecedora. Habrá sido monumental la cantidad de cuartillas, de todo tipo, que generé en esos años, lo que significó un ciclo de práctica y aprendizaje que, a pesar de todo, hasta el sol de hoy, no me inhibe el miedo que representa enfrentar el reto de pergeñar (gran palabra que esperaba una grieta para incrustarse) una o dos cuartillas.
Pero ya me extendí y sólo quería decir que en las últimas dos semanas el teclado me ha repelido. A diario, mañana y tarde, abro archivos de escritos inconclusos, inicio otros, pero nada, tecleo uno o dos párrafos solo para borrarlos de la pantalla. Y es que, aunque me gusta escribir, también hay días de vacas flacas de los que es necesario escapar, recurrir a “la vieja confiable”, como dice el meme, y, nomás, extraviarnos en el laberinto de la hoja en blanco.


