Inosente Alcudia Sánchez
“En sus palabras siempre había otra verdad detrás de la verdad”.
G.G.M.
En el alboroto de diciembre de 2018, el 2024 parecía una eternidad. Pero, no hay fecha que no se cumpla y sólo faltan ocho meses para que el distinguido huésped entregue las llaves de Palacio Nacional y se retire a su finca. El presidente Andrés Manuel López Obrador llega al ocaso de su mandato en condiciones muy distintas a las del inicio: en los últimos cinco años ha perdido afectos, ha defraudado esperanzas, ha lastimado adeptos. El 54% de aceptación que reporta la encuesta de El Financiero muestra que ha disminuido grandemente el entusiasmo popular con que asumió el Ejecutivo.
Es natural. El poder desgasta y desgasta más cuando se usa para polarizar, para denostar, para agredir. En lugar de aprovechar su legítimo liderazgo para conciliar, se aplicó a dividir a los mexicanos. Nosotros los buenos, ustedes los malos. Despojó a la política de sus virtudes conciliatorias e hizo de ella un instrumento para confrontar, no sólo a sus adversarios electorales, sino a quienes no profesan sus creencias o disienten de sus decisiones. Se negó a reconocer la pluralidad política y cultural de un país tan diverso como el nuestro y se propuso imponer su visión personal de la historia, de la realidad, del mundo.
Convirtió a la Transformación en un dogma que alcanzó niveles groseros: que nadie se atreva a pensar distinto; que los legisladores no muevan ni una coma a sus iniciativas de ley; reclamó confianza ciega a la infalibilidad presidencial. En un arrebato de intolerancia, de negación al derecho a disentir, sus partidarios acusaron de “traición a la patria” a quienes no acompañaron sus ideas.
El ejercicio del gobierno ha sido como la carrera de un elefante desbocado. Bajo la premisa de que “gobernar no tiene ciencia”, decidió un ejercicio patrimonialista de los recursos públicos y de los instrumentos administrativos. Sus órdenes, transcritas en decretos, atropellaron el estado de derecho. No hubo barreras presupuestales ni normativas para sus decisiones. Y así, confiado en su popularidad, dilapidó afectos y anhelos; y, con sus obras y acciones controversiales, acumuló inconformidades y decepciones. Es difícil calcular cuántos votos perdió de los 30 millones que recibió en el 2018. No sé cuánta legitimidad derrochó en su confrontación cotidiana con instituciones, personajes, causas, hechos. ¿Hasta dónde su rijosidad y la descalificación de los “otros”, desvaneció las bondades de los programas sociales?
(Una sociedad estresada por la pandemia, angustiada por sus secuelas psicológicas, económicas, sanitarias… demandaba un patriarca solidario, fraterno, que se ocupara más de las víctimas y menos de sus adversarios electorales. Su apartheid ideológico se impuso sobre la concordia que reclamaban la desgracia, el dolor de unos y otros.)
Hacer de “los otros datos” una herramienta de gobierno no iba a ser redituable todo el tiempo. En algún momento, los rendimientos de las conferencias mañaneras comenzaron a ser decrecientes y, ante el déficit de simpatías, el benefactor que era cuidado por el pueblo bueno tuvo que renunciar a los aviones comerciales y aceptar el blindaje y la comodidad de las aeronaves militares. El líder de a pie, el hombre de los zapatos sucios, perdió pueblo y se transfiguró en aquello que más criticó: cerró las puertas de Palacio a los necesitados y las abrió a los machuchones.
El anticipado otoño comienza a recorrer los patios de Palacio Nacional y el poderoso huésped empezará a preparar la mudanza. El desapego al poder y a sus efluvios será un proceso difícil y doloroso. Se enfila al callejón de las ingratitudes y de las venganzas, al cobro de facturas. Triste, tampoco cosechará los frutos esperados de sus obras emblemáticas y su narrativa triunfalista se irá debilitando en el contexto de la refriega electoral: la inseguridad, la violencia y la crisis en el sistema de salud, por ejemplo, se impondrán en la discusión pública. La sombra de ser el peor presidente acosará los sueños del caudillo.
Comenzarán a emerger las consecuencias de sus desatinos, el reclamo de las querencias que malgastó, el abandono de los acomodaticios, la airada maledicencia de los conversos, la réplica vindicatoria de quienes agredió, calumnió… y de quienes lastimó ese desbocado elefante que a rajatabla rellenó manglares para asentar una refinería y cercenó selvas y cenotes para instalar una vía férrea.
Él sabe que ya no hay tiempo para salvar su papel en la Historia. Lo hecho, hecho está. De modo que con la continuidad intentará rescatar, al menos, su inmunidad y la de sus cercanos. En lo que llega el final del sexenio, los días por venir estarán cargados de “ruido y furia noticiosa”. Y es probable que afloren los malos humores de tanta discordia mañanera. Como no sucedía desde hace mucho tiempo, estará en riesgo la estabilidad política del país, amenazada por un factor emergente: el crimen organizado. Esta etapa demandará responsabilidad de todos los actores políticos para mantener la gobernabilidad y evitar que el relevo en los poderes Legislativo y Ejecutivo se efectúe en medio de un conflicto.
Los próximos meses darán la oportunidad de reflexionar sobre un hombre que se propuso transformar la realidad e hizo un gobierno que, acaso impulsado por su obstinado afán de trascendencia, se apartó de lo convencional para transitar la ruta de una gestión unipersonal y autoritaria. También, habrá que analizar, despojados de prejuicios, las causas y razones que motivaron sus políticas, y los alcances del modelo de gobierno y de administración pública. Para bien o para mal, el “obradorismo” es la propuesta de una nueva gestión pública que tendrá que ser discutida.


