18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Mi madre tenía un nombre de flor, de ternura, de amorosa paciencia. Siempre fue doña Margarita, doña Margo para sus más cercanos. Para mí, creo, era un talismán de buena suerte. No. Fue mucho más que eso. Lo cierto es que no alcanzo a conceptualizarla: la pienso y se me vienen encima múltiples imágenes de su milagrosa presencia, como si la memoria, al evocarla, se volviera torbellino. En pocas ocasiones he escrito sobre ella. Hay algo de recato, sí, pero también de egoísmo en mi silencio: madre era mi último refugio, el infinito de la tolerancia, la ternura encarnada en una mujer que me enseñaba el mundo, mientras lavaba la ropa en una batea de madera bajo la sombra generosa de una mata de naranja.

No sé ahora, pero en mi infancia nos espulgaban la cabeza. Con peines milimétricos, de púas cerradas, nos buscaban los piojos uno por uno, hasta con lupa nos arrancaban las liendres, como si cada bicho fuese un ultraje a la dignidad humana. Mi madre dedicaba tardes enteras a despiojarnos a mi hermanita y a mí. Por horas, esculcaba nuestros cabellos rebeldes, nos revisaba con una atención amorosa que parecía casi quirúrgica.

Y sin embargo, yo odiaba esa terapia. No sé por qué. Huía al monte apenas la veía prepararse con el peine y el alcohol. Pero tenía hermanos mayores que ejercían su autoridad como centinelas. José Ángel me atrapaba y, a pesar del llanto y el pataleo, me entregaba con todo y berrinche a la sesión sanitaria. Hasta el día de hoy no sé qué me repelía de aquellos masajes en el cuero cabelludo. Tal vez el miedo a su ternura tan cercana, a sus ojos que me escudriñaban como nadie más podía hacerlo.

Yo andaba desnudo por esos días. Igual que Adán en la pureza del Edén, comencé a usar ropa cuando tomé conciencia de la vergüenza. Las visitas me obligaban a correr en busca de un calzoncillo o de un pantalón corto. Madre no decía nada, quizás porque entendía que la desnudez de la infancia no necesita censura. Era una costurera prestigiada en los caseríos de la comarca tepetiteca: hacía vestidos para novias y para muertas, remendaba pantalones y camisas, y transformaba retazos en milagros. Tenía una máquina de coser Singer que, en sus descuidos, se convertía para mí en nave espacial, locomotora o máquina del tiempo. Pedaleaba en ella con la convicción de que podía llegar lejos, muy lejos, como los aviones que a veces cruzaban en el cielo de mis sueños, de mi memoria.

Yo leía al pie de esa máquina. Mientras mi madre estiraba la tela, yo abría las páginas de Robinson Crusoe o una versión ilustrada de El Quijote. De repente ella decía: “Tú, que tienes tus ojos nuevos, mete el hilo en la aguja”. Y entonces yo me sentía indispensable, el aliado de su paciencia, el elegido entre todos. Después me mandaba a limpiar las planchas de hierro en la arena del patio, o íbamos juntos a buscar gallinas cluecas para que siguieran empollando sus huevos en casa. Había una armonía extraña en todo eso: una coreografía doméstica en la que el amor era hilo conductor.

Un día, madre se fue. Sin embargo, a veces el hueco de su ausencia es tan oscuro que me parece que sigue allí, bajo aquella mata de naranja. O siento sus dedos despiojándome la tristeza, remendando mis vacíos, cosiendo con hilo invisible la memoria rota de los días. ¡Ah, cuánta falta me hace a veces doña Margarita y sus manos espulgándome el alma!

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