Inosente Alcudia Sánchez
Como si fuera un castigo por atreverme a escribir sobre el desasosiego que me ha significado el arribo a la sexalescencia, no había puesto el punto final del artículo anterior cuando se me vino encima un paquete de dolencias que vulneraron las mil unidades diarias de vitamina C, las dos mil de Omega de tercera generación y obligaron a que mis entrenadas defensas —obvia y redundantemente victoriosas ante el Covid-19— salieran de nuevo a hacer la tarea.
Faringitis viral, gripe de los mil demonios, fiebre intermitente, dolor de cabeza, inapetencia, debilidad general, lagrimeo… Una sintomatología que me hizo sentir que rondaba la frontera de la sobrevivencia. Sin embargo, resistí la tentación de caer en las garras del Ibuprofeno y del Paracetamol —la receta genérica para quienes llevamos nuestros males a la Salud Pública— y me recluí a enfrentar el desafío de la enfermedad, como lo habría hecho en mi infancia en la soledad de los popales, aunque sin el auxilio de los caldos de gallina de patio que entonces tenían propiedades curativas casi milagrosas.
Cinco días les tomó a mis defensas sacarme de la crisis: cinco jornadas en las que estuve aislado del mundo —dormitando, soñando— y de las que salí más apaleado que un pulpo en el malecón. En la cuarta noche mi cuerpo enfrentó la batalla definitiva: arrollado por pesadillas que a cada rato me despertaban jadeante y empapado en sudor, “sudé la calentura”, como decían en el pueblo, y amanecí, estragado pero fresco, en una mañana radiante que me recordó los efectos terapéuticos del té de canela y una pastilla de Mejoralito.
Resulta, entonces, que cuando vuelvo a abrir mi ordenador ¡oh sorpresa!, estaba atiborrado de información sobre el envejecimiento. Nada sobre los descarrilamientos de Trump, ni de los desfiguros del Tren Maya, ni de los personajes del oficialismo que se han sumado a las exitosas cifras de disminución de la pobreza. Los algoritmos se habían dado vuelo buscando artículos que ofrecieran respuestas a mis dudas de sexalescente. Y el ChatGPT, siempre comedido, había esbozado una propuesta de texto que daba continuidad a Aprendiendo a ser mayor.
Algunos de los títulos que me sugirieron leer —y que se enlistaban en los diez primeros lugares de google, cual acordeón judicial— eran: La vejez no solo se mide por la edad, Ejercicios para combatir el sedentarismo, Los beneficios del baile para adultos mayores, El sexo en la tercera edad, Actividades que ayudan a evitar la pérdida de memoria, El alcohol en la tercera edad, La crisis de los 60 años… En todo caso, la abundante información sobre el tema es muestra de que nuestra comunidad se enfila a poblarse de senectos y, en contraste, al agotamiento de eso que llamaron el “bono democrático”.
Desde luego, ni siquiera me atreví a abrir alguno. “Nadie aprende en cabeza ajena”, dice el adagio popular, y no quiero conflictuarme con todas esas cosas que se supone debo hacer en adelante y que, francamente, no estoy dispuesto a cumplir (como aprender a bailar salsa, por ejemplo).
Leí el texto preparado por la IA, pero me defraudó la solemnidad del tono y, sobre todo, que todavía no haya aprendido el estilo de mis escritos. Su artículo empezaba: “La vejez no es una antesala de la muerte ni un deterioro inevitable”. Y siguió con otros lugares comunes más cercanos a lecciones de motivación personal que a la reflexión existencial: “La vejez es una etapa para integrar la historia personal, para que aceptemos lo vivido y nos ocupemos en alcanzar una sensación de plenitud. Más que un final, tenemos que asumirla como una oportunidad de reconciliarnos con nosotros mismos. La vejez es, ciertamente, una edad con sus propios desafíos y oportunidades, que representa una nueva forma de estar en el mundo.”
Después de cinco días de enclaustramiento, asomé a la calle, excitado por haber dejado atrás la crisis. La claridad me deslumbró y prometí regalarme unas gafas de sol de esas marcas que han puesto de moda los neoaspiracionistas. Me subí al coche y me detuve en el Oxxo más cercano. Me puse el cubrebocas y fui directo a la cafetera. Esperé mi turno para pagar. Ginza, de J. Balvin, sonaba fuerte en una bocina con lucecitas de colores, colocada encima del refrigerador de yogures. “Americano, regular, mediano”, recité en dos ocasiones a la chica de la caja. Y no reconocí mi voz. Alarmado, regresé dando gritos dentro del auto, en un intento inútil por recuperar la dicción. El saldo, hasta ahora, no me parece tan malo: he perdido más de dos kilos de peso —lo cual se agradece— y mis cuerdas vocales aún no atinan a la afinación de este nuevo yo que se interna en los pantanos de la edad.
En todo caso, no hay mal que dure cien años —ja— ni cuerpo que lo aguante, y, en una especie de exorcismo sesentero, comencé a redactar este texto, como si fuera un castigo por haberme atrevido a enfrentar, con palabras, el desasosiego que me ha traído el arribo a la sexalescencia, ese territorio donde la memoria se agita como hojas secas al viento y cada día se convierte en un pequeño naufragio en busca de calma y claridad.


