17 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

El amor con sus esmeros al viejo lo vuelve niño.

Violeta Parra

No sé cómo ni por qué, pero un día amanecí a la sexalescencia. La palabra me suena rara, como un exabrupto del calendario, pero ahí estaba mi edad: superando la barrera de los sesenta. A diferencia de las transiciones que nos llevan de la infancia a la adolescencia y de ésta a la adultez –etapas en las que el futuro ocupa todo el horizonte y hay poco pasado que recordar–, alcanzar esta edad me ha parecido una victoria íntima, igual que si hubiera cruzado una meta ardua e imaginaria.

Como sea, amanecí un sábado a mis 59 más un año y me levanté del lecho sin sentir el peso de tanta vida, de tantos dolores y alegrías, de tantos pesares y sonrisas. No hubo fanfarrias ni remordimientos, solo un poco del emocionado asombro que invade al corredor amateur que ha logrado mejorar su propia marca. Acomodé la cama y recomencé la rutina sabatina, que nada tiene que ver con un preámbulo de festejo. Por no dejar, subí un poco el volumen de Debí tirar más fotos mientras cumplía con mi dosis de ejercicios matutinos.

Y es que, desde hace tiempo –no recuerdo cuándo– adopté la tradición de no celebrar mi cumpleaños. Un día a la vez, me propuse como consigna para enfrentar ansiedades y depresiones. Cada jornada con sus pequeñas aventuras o sus feroces luchas. Sobrevivir al día y a sus desafíos, y así, sin darnos cuenta, una mañana voltear atrás y descubrir la epopeya que nos trajo hasta aquí: del quinqué de petróleo, a las luces incandescentes de un futuro que parecía imposible.

Tampoco sentí dolencias desconocidas que me acompañaran en el arribo a esta nueva temporada, ni advertí alteración alguna en la naturaleza que anunciara mi inevitable ingreso a eso que llaman tercera edad (como si existieran una cuarta o una quinta). Sin embargo, al paso de las horas y los días, la campanada del aniversario alborotó el avispero de ideas y activó la memoria profunda –esa especie de alfombra bajo la cual intentamos esconder los recuerdos malogrados– y he dedicado buena parte de mis insomnios a escudriñar el territorio gris de mis olvidos.

Sesenta años es una línea alta en el tiempo. Pienso que es un quiebre en esta ruta siempre hacia adelante, siempre a más allá, que nos parece infinita porque el abismo se oculta como las fieras en el bosque. Así, aunque me siento igual que ayer, que antier o que hace muchos años, la intuición me susurra que crucé una frontera hacia territorios desconocidos. Y eso me provoca algo parecido al pudor, como si no fuera merecedor de esta presea que, según mi doctor, es llegar a “la flor de la vida”.

Quizás por eso, ante la carga de incertidumbre que impregna estos días de un extraño aire retro, busco de forma intuitiva asideros en el pasado. Allí está la historia que me trajo hasta aquí: a este quiebre que es a la vez punto final y punto de partida, al que llegué cargado de fantasmas y soledades, de afectos ligeros y profundos, de miedos nuevos y querencias inalterables.

En este reacomodo de ritmos, me ha pasado que, al mirar el reloj, mi yo menor dice: “ya es tarde”, y enseguida, mi yo mayor lo cuestiona: “¿para qué es tarde?”. No es que se trate de administrar el tiempo, sino simplemente de aprender a sobrellevar el conflicto entre este que ahora soy y aquel que alguna vez, que muchas veces, fui.

No me juzgo con indulgencia; creo, en todo caso, que no lo hice tan mal, y ya no se trata de hacerlo mejor. Parafraseando a Camus, la vida hoy es demasiado dura, demasiado amarga, demasiado agotadora, como para que además suframos un nuevo tipo de servidumbre que no provenga de aquello que más amamos. Se trata de conquistar una nueva independencia, una nueva libertad, una nueva valentía. “Volver a los 17”, cantaría Violeta Parra, aunque siempre con el cuidado de evitar que “cuando nuestro apogeo ya haya pasado, no nos demos cuenta o no logremos asumirlo, y sigamos comportándonos como siempre y todos se rían a nuestra costa o nos den la espalda” (H. Murakami).

Heme aquí, entonces, tránsfuga de la Generación X, en la ardua e inevitable tarea de aprender a habitar una nueva forma de existencia: la de ser mayor. Adulto mayor.

Era un sábado como cualquier otro. Pero esa tarde me fui a la cantina e hice el amor.

Related Post