* Desde su infancia en la Ciudad de México hasta su paso por el boxeo profesional en Cancún, el púgil revela en “Diálogo sin máscaras” una vida marcada por sacrificio, sangre y resiliencia.
Por Sergio Masté
En un ambiente íntimo, entre anécdotas y verdades sin filtro, el boxeador profesional Josué Portillo compartió su historia en el programa “Diálogo sin máscaras”, realizado en La Cocina de Brenda. Con más de una década de experiencia en el ring, su relato no solo habla de combates, sino de caídas personales, decisiones difíciles y la constante lucha por mantenerse en pie.
Su historia comienza en la Ciudad de México, donde a los ocho años dio sus primeros golpes, guiado por un tío que lo llevó a un gimnasio para canalizar su energía. Lo que inició como una distracción infantil pronto se convirtió en una pasión intermitente: dejó el boxeo durante algunos años, pero lo retomó en la adolescencia, entrenando en plazas públicas junto a amigos, bajo la guía de entrenadores improvisados pero llenos de entusiasmo.
A los 19 años, la vida lo llevó a Cancún. Entre jornadas de trabajo ayudando en una cocina económica familiar y largas tardes de entrenamiento, Portillo empezó a forjar su camino en el pugilismo. Pasó por gimnasios emblemáticos, donde conoció a entrenadores como Adrián Núñez, aunque fue bajo la tutela de Osvaldo Carrasco, en el gimnasio del “Kuchil Baxal”, donde encontró estabilidad y crecimiento.
Su etapa amateur estuvo marcada por competencias intensas y viajes que alimentaron su sueño, como su participación en nacionales en Guadalajara, aunque la frustración también apareció cuando no pudo competir por problemas en el pesaje. Posteriormente, en los torneos de Guantes Dorados en Cancún, protagonizó peleas memorables, enfrentando a rivales de alto nivel como el “Tiburón” Leyva, en combates donde —según sus propias palabras— “se dejaba todo: golpes, sangre y orgullo”.
El salto al profesionalismo no fue casualidad, sino una meta clara desde sus inicios. Con el respaldo de nuevos entrenadores, debutó con fuerza, logrando una victoria por nocaut en el segundo round tras un certero derechazo que obligó a detener la pelea. Sin embargo, el destino le tenía preparada una prueba más dura: una derrota por decisión en su siguiente combate, pese al respaldo del público, que lo vio como ganador en una batalla intensa y sangrienta.
Ese revés no solo quedó en las tarjetas de los jueces, sino que impactó profundamente en su ánimo. “Me bajó los ánimos”, confesó. Fue entonces cuando tomó una de las decisiones más difíciles: alejarse del boxeo.
En el ring, los golpes duelen, pero…
Portillo vivió uno de los momentos más amargos de su carrera tras una derrota que, asegura, no fue justa. Aquella noche, el público reaccionó con abucheos, rechiflas e incluso lanzó objetos, inconforme con la decisión de los jueces. “No me dolió perder… me dolió la forma”, recordó. Para él, el golpe no vino del rival, sino del veredicto, lo que terminó por apagar momentáneamente su pasión por el boxeo.
Lejos del cuadrilátero, su vida tomó otro rumbo. Formó una familia, nació su hijo y enfocó su energía en salir adelante. Se convirtió en barbero, tatuador y entrenador físico, ayudando a otras personas a transformar su cuerpo y su vida. “Me dediqué a mi familia y al negocio”, expresó, dejando claro que la disciplina del boxeo nunca lo abandonó, solo cambió de forma.
Con el paso del tiempo, la llama volvió a encenderse. Motivado por nuevas oportunidades, comenzó a entrenar nuevamente y a rodearse de personas que lo impulsaron a regresar, como el empresario Oscar Walls, con quien colaboró en el ámbito del entrenamiento físico. Posteriormente, encontró respaldo en entrenadores como Russo y el equipo de “Forjando Campeones”, donde retomó su camino con mayor madurez.
Su regreso al ring no fue sencillo, pero sí significativo. En su tercera pelea profesional logró una victoria, demostrando que aún tenía la fuerza y el talento. Sin embargo, el destino le tenía preparada otra prueba: una contusión cerebral tras el combate. Aunque ganó la pelea, minutos después comenzó a sentir mareos, debilidad y desorientación, hasta colapsar.
Fue trasladado de emergencia al hospital, donde permaneció más de 30 horas bajo observación. El diagnóstico: inflamación cerebral. “Fue un momento en el que pensé en todo… incluso en la muerte”, confesó. En medio de la incertidumbre, se aferró a su fe y a su familia. Contra todo pronóstico, logró recuperarse, aunque el proceso fue lento y lleno de retos físicos y emocionales.
Durante semanas tuvo que reaprender a moverse con normalidad, recuperar el equilibrio y reconstruir su condición física. Pero más allá del cuerpo, fue su mentalidad la que salió fortalecida. Aquella experiencia lo marcó profundamente y lo llevó a valorar la vida desde otra perspectiva.
Hay derrotas que te sacan del ring, pero…
Lejos de alejarlo definitivamente, aquella experiencia marcó un antes y un después. Portillo explicó que incluso en los entrenamientos existen riesgos, especialmente cuando no se cuenta con la técnica adecuada o el equipo bien colocado. “La careta puede ser un arma de doble filo; si no está bien ajustada, el golpe rebota y termina dañándote más”, señaló, subrayando la importancia de una preparación profesional y responsable dentro del deporte.
El desgaste físico, añadió, no siempre es inmediato. Los golpes se acumulan y pasan factura con el tiempo. “Te va mermando poco a poco hasta que llega un punto en el que el cuerpo ya no responde igual”, explicó, dejando claro que el boxeo exige no solo fuerza, sino inteligencia y cuidado.
A pesar de ello, su pasión por el ring sigue intacta. Inspirado por figuras legendarias como Julio César Chávez y Oscar De La Hoya, Portillo reconoce que su estilo y visión del boxeo han sido moldeados por estos referentes. “Me gusta el boxeo básico, efectivo, ese que con una derecha bien colocada puede cambiar todo”, afirmó.
Sin embargo, también es consciente del poder que implica dominar este deporte. Fuera del ring, asegura que un boxeador debe actuar con responsabilidad, evitando conflictos innecesarios. “El boxeo es para defenderte, no para buscar problemas. El verdadero valor está en saber cuándo no pelear”, destacó.
Más allá de los guantes, su vida también ha estado marcada por otras pasiones. Desde niño mostró habilidad para el dibujo, lo que lo llevó a incursionar en el tatuaje, además de desempeñarse como barbero y entrenador físico. Hoy combina estas facetas mientras impulsa a jóvenes talentos a través de nuevas iniciativas deportivas, convencido de que el boxeo puede ser una herramienta de transformación social.
“Leyendas del Caribe”: el nuevo ring
Con la experiencia de quien ha vivido la dureza del ring y también sus injusticias, el boxeador profesional Josué Portillo ahora apuesta por construir oportunidades para las nuevas generaciones con el proyecto que hoy ocupa gran parte de su energía: la asociación “Leyendas del Caribe Boxeo”.
Se trata de una iniciativa que reúne a peleadores con trayectoria amateur, olímpica y profesional, con el objetivo de organizar funciones, impulsar el talento local y crear una plataforma sólida para que jóvenes boxeadores puedan dar el salto al alto rendimiento. “Queremos que de aquí salga alguien grande, alguien que represente al Caribe en lo más alto”, expresó con convicción.
Pero detrás del proyecto hay también una crítica directa a una de las problemáticas que, asegura, ha frenado el crecimiento de muchos pugilistas: la necesidad de vender boletos para poder pelear. “Eso te desenfoca. Terminas más preocupado por vender que por entrenar”, explicó. Para Portillo, el boxeo es una disciplina “celosa”, que exige dedicación total: “Desayunas, comes y cenas boxeo”.
Desde “Leyendas del Caribe”, buscan cambiar esa realidad, brindando mayor respaldo a los deportistas para que puedan concentrarse en su preparación y no en la promoción de sus propias peleas. La meta es generar condiciones más justas y profesionales, especialmente para quienes apenas comienzan su camino.
El contexto actual, sin embargo, también abre una ventana de oportunidad. Cancún vive una auténtica efervescencia boxística, con la proliferación de gimnasios y entrenadores en distintas zonas de la ciudad. Lo que antes era escaso, hoy se multiplica: espacios comunitarios, academias y escuelas privadas están formando a una nueva camada de peleadores con hambre de triunfo.
Portillo reconoce que esta “ola” de boxeo es positiva, pero insiste en que debe ir acompañada de estructura, organización y apoyo real. “Antes eran pocos gimnasios, hoy hay muchos. Hay talento, pero hay que guiarlo bien”, señaló.
Más allá de su historia personal, marcada por triunfos, derrotas y momentos límite, Josué Portillo hoy se sube a un nuevo ring: el de la formación y el impulso deportivo. Su objetivo ya no es solo ganar peleas, sino evitar que otros repitan los mismos obstáculos que él enfrentó.
En cada joven que entrena, en cada función que organizan, late una idea clara: que el boxeo en Cancún deje de ser solo una lucha individual… y se convierta en un verdadero equipo.









