18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Yo salgo a caminar las calles de la ciudad fortificada. Camino por las tardes y disfruto confundirme entre el paso lento de los turistas y la urgencia con que se mueven los locales. Como la mayoría, me traslado desde la periferia hasta alguna de las calles del Centro Histórico. Pero yo no vengo a comprar ni a laborar en alguno de los muchos negocios —tiendas, restaurantes, bancos, cantinas— que se concentran dentro del recinto amurallado. Llego a caminar, a pensar y a disfrutar la austera belleza de la urbe colonial.

No pretendo llamar la atención con la estridencia de los trajes coloridos de los deportistas que corren por el malecón; al contrario, prefiero pasar desapercibido, como un hombre normal, cantaría Espinoza Paz. Recorro las aceras, entonces, como un vecino más, uno de tantos que acuden atraídos por el imán de los servicios que se concentran en el hexágono colonial. El centro, la antigua villa de San Francisco de Campeche —pienso— es la verdadera plaza comercial de la ciudad: la plaza donde se mezclan transeúntes y puestos ambulantes, comercios establecidos y vendedores solitarios. Es, también, un laberinto en el que me gusta extraviar mis nostalgias.

Y es que mi alma es vecina de lo que ahora conocemos como Centro Histórico. No es sueño. Viví en apretados apartamentos de la calle 8 y de la calle 10. Usé los teléfonos públicos del parque principal y corté más de una llamada porque me miraban feo los que esperaban en la fila con sus monedas en la mano. Conozco a algunos de los boleros del parque desde que eran niños y creo que alcancé a visitar todas las cantinas —cuando las mujeres se quedaban en el auto y un mesero les llevaba la cerveza y la botana—. Sigo asomándome a sus iglesias centenarias.

En estas andanzas vuelven a mí las imágenes de aquella ciudad de mis recuerdos: la ciudad a oscuras, el centro abandonado al caer la noche. La Parroquia, ese restaurante que parece eterno, era el faro al que llegábamos los noctámbulos como moscardones atraídos por la luz. Fue en esos tiempos cuando golpeó el huracán Gilberto. La lluvia torrencial nos encerró medio día y una noche de miedo, entre los aullidos de la tormenta. La ciudad resistió los embates del más fuerte huracán que ha golpeado estas costas.

Cuando camino voy verificando las imágenes de mi memoria. Eran dos películas las que me tocaba ver en el cine De la Cruz, y ahí mismo asistí por primera vez, sin entender nada, a la puesta teatral de Cholo. En esa ocasión, las carcajadas del público me hicieron sentir mal; años después, en cambio, supe disfrutar el humor de la comedia regional.

Sobre la calle ocho, donde algún día estuvieron las fuentes danzarinas, antes hubo un estacionamiento de taxis y, al lado y enfrente del cine De la Cruz, sobrevivían dos loncherías que calmaban el hambre de los estudiantes desamparados que entonces éramos. Camino ahora sobre la calle 10, una de las más concurridas, y observo fachadas que evidencian el abandono o, mejor aún, casonas que parecen habitadas por fantasmas. La ciudad languidece más allá de sus calles emblemáticas: entre la desidia y la maltrecha economía, la Ciudad Museo se marchita, aguardando, quizás, un rescate de última hora. Mientras, cada vez son más los negocios que no encuentro: han fenecido, como el estanquillo de la 57 donde muchos parroquianos comprábamos un cachito de ilusión disfrazado de billete de lotería, o han cambiado a un giro más amable, más amigable para los visitantes que se dispersan desde la Puerta de Mar en busca del tesoro que protegen las altas murallas.

Paso por los portales de la calle diez y me detengo en el reducido acceso al restaurante Casa Vieja. Me parece que desciende el murmullo de pláticas encendidas; quizá es la imaginación que me hace escuchar a Willy Chirino cantando: “Cuando la tarde se pone en el malecón…”. Apuro el paso y llego a la esquina con la 59. Los restaurantes han instalado sus mesas como si fueran redes de modernos pescadores de clientes. Me enfilo rumbo a la Puerta de Tierra y tropiezo con unos turistas que se detienen a cada paso para tomar las fotos con que recordarán esta ciudad que yo camino por las tardes, nomás para no olvidar al otro que fui, que fuimos. A veces tengo la impresión de que no camino las mismas calles, que la ciudad que recuerdo ya no es esta. Esta ciudad —sempiterna, como la llama el Poeta— empieza a olvidarse de nosotros.

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