Inosente Alcudia Sánchez
Hubo un tiempo en que el pueblo se rebosó de gente. Atraídas por el dinero del chicle llegaron las ambiciones de hombres solos —que se acomodaban en un galerón habilitado como dormitorio colectivo— junto con las ilusiones de recién casados y de familias enteras que levantaron sus casas en los alrededores, rodeando la laguna que muchos años atrás había sido bebedero de tigres y jabalíes.
En su momento, los madereros abrieron caminos amplios y firmes por los que transitaban todo el año carretas, hombres a caballo y a pie, y uno de esos senderos conducía a la aeropista que recibía las avionetas que sacaban el chicle y traían mercaderías inusitadas como sardinas y manteca enlatadas. Quedaba a no más de medio día de camino y hasta allá iban, adultos y niños, sólo para maravillarse con el prodigio de ver alzar el vuelo de aquellas máquinas portentosas.
Ese sí era progreso. Tanto, que un buen día se presentó a reclamar el uso de la iglesia un individuo que se hizo llamar el padre Antonio y a nada estuvo de empezar un conflicto grave cuando los protestantes, que desde meses antes habían infestado la comunidad, argumentaron la propiedad pública del edificio, herencia del auge maderero.
El católico esgrimió fundadas razones de letrado: no se valía cosechar lo que no se había sembrado. Los adventistas, presbiterianos, testigos de Jehová y evangélicos, aunque eran mayoría, no lograron superar sus disputas internas y, divididos, perdieron tanto la escaramuza religiosa como el espacio de adoración. Los primeros se apropiaron de un ceibo del centro del pueblo donde cada sábado montaban un día de campo y oraban y cantaban hasta el anochecer; los demás se refugiaron en la intimidad de los patios de las casas para practicar a rienda suelta sus ritos y alabanzas.
La contienda cristiana se trasladó a las calles. Brigadas de los diversos cultos —bajo el sol infernal de la canícula o con los nortes implacables de septiembre— iban de puerta en puerta buscando oídos para la Palabra y a punto estuvieron de llegar a la violencia cuando se descubrieron en la conquista de las mismas almas.
Era tal el progreso que los desacuerdos y hostilidades estaban a la orden del día. Muchos se resolvían en el sigilo de la montaña, pero el pueblo se había vuelto un puchero de enconos y de miradas feas.
El capataz de la compañía chiclera, distraído en los disfrutes de la buena cacería y del mal licor, satisfecho con el inagotable caudal de resina que inundaba el mundo, no se dio cuenta del desbarajuste en que vivía el campamento. Siempre custodiado por seis guardaespaldas escopetados, jamás perdió la sonrisa ante dificultad alguna, ni cuando lo encañonó el individuo que, con la compañía de doce policías, ocho a pie y cuatro a caballo, llegó a poner orden de pueblo en aquel desordenado refugio de ilusiones y desencantos.
“Ahora yo soy el que manda”, se presentó el comisario Doroteo Pech.
Ni siquiera tuvo que exhibir su nombramiento para que sus agentes desarmaran a la guardia responsable de cuidar las borracheras del capataz.
“Me mandaron a representar la autoridad, y para que la gente lo note, sólo portarán armas los del cuerpo de seguridad pública. Y usted también, que es, digamos, el administrador de este desastre. Nomás que, para no empezar violando la ley, al rato le expido una credencial de agente especial y le devuelvo sus armas. Mientras, voy a seguir conociendo el pueblo”. El capataz navegaba en una de sus borracheras vespertinas y la menguada lucidez no le ayudó ni para recordar la hora de su desarme. Al otro día fue con sus guardaespaldas inermes a reclamar sus pistolas y escopetas y a ayudar en la reparación de la destartalada casa donde se habían instalado el comisario y sus gendarmes.
Por su parte, el comisario encabezó las dos hileras de sus doce policías y se fue a recorrer todas las calles del pueblo, incluso las de la periferia donde vivían sin orden y en casas de última hora las familias recién avecindadas. Saludó a cuanto cristiano encontró en el camino, olió las ollas que hervían en la cocina comunal, observó con gesto de decepción el tiradero del galpón de los hombres solos y se instaló entre las telarañas de la vivienda que fue hogar y oficina del jefe de la expedición de madereros que, varios años antes, había construido las casas del pueblo.
Para entonces, el pueblo vivía el escándalo de que doña Chonita, la cocinera siempre vestida de luto y criando a un recién nacido, había emprendido una misión más cercana a la locura que al buen juicio. Ella no se cansaba de contarle a quien se le pusiera enfrente, las desventuras de su mal destino y, al paso del tiempo, la gente comenzó a tirarla a loca, atribuyendo sus relatos a los desvaríos de la aciaga vida de una cocinera errante en la montaña.
Doña Chonita era menuda, hablaba rápido y a gritos, como si siempre estuviera en medio de los ruidos de sartenes y cacerolas. Caminaba con prisa, urgida para que no se quemara el arroz de la sopa, para dar de comer a sus hijos, para bañarlos, para correr a los puercos que escarbaban en el patio. Su cabello negro, lacio y largo, apenas amarrado con un hilo, le daba un aire montaraz. La mujer llamaba la atención: donde quiera que se le veía aparentaba ir con atraso, como si su vida se moviera a una velocidad distinta a la de los demás. Además, los años al lado de los fogones la habían impregnado de un tufo a humo y grasa frita que la envolvía como su ángel de la guarda.
Por la insistencia en hablar de la muerte de los cinco padres de sus cinco hijos (víctimas todos de la violencia de machos en celo), en el pueblo la aceptaron como a una trastornada inofensiva y nunca dejó su labor de cocinera por la que, hay que decirlo, siempre recibió alabanzas.
Pero enfermó de una alucinación que la llevaba de repente, con todo y sus hijos, a ocultarse por días en el monte, del que regresaban sucios y hambrientos. De vuelta a sus labores en la cocina del comedor colectivo, ella justificaba que se había escondido porque le pareció ver la presencia de extraños que parecían familiares de sus maridos muertos que buscaban venganza.
El pueblo se acostumbró a su rostro de sospecha y a sus arranques de miedo que de improviso la hacían abandonar el trabajo y correr a esconderse en los acahuales para regresar, arisca y recelosa, después de que a su entender desaparecía la amenaza. Particular espanto sentía por los vendedores ocasionales que, en sábados y domingos, aparecían en el pueblo ofreciendo ollas de peltre, hamacas ásperas de henequén o frutas exóticas como manzanas y uvas rojas.
Cuando detectaba a esos comerciantes nómadas, mandaba a sus hijos a dormir en casas de vecinos, o los ocultaba en el monte, y ella se atrincheraba en su vivienda a esperar el ataque nocturno de los enemigos imaginarios. Amanecía con los ojos enrojecidos por el desvelo y el miedo, y contaba a sus compañeras de cocina historias de vigilia al acecho de sombras, del sigilo de pasos amenazantes, de los inentendibles murmullos que ella escuchaba en el silencio del pueblo dormido, de los encolerizados ladridos con que los perros alejaron al mal.
Sus cinco niños crecían desnutridos, flacos y pálidos, pero no por la escasez de comida sino por el miedo que les contagió su madre y que les ahuyentó el sueño y el apetito.
Fue la tarde de un domingo, al salir de la iglesia, cuando comenzó a correr la habladuría de que la desquiciada Chonita se estaba robando la madera podrida del aserradero para quién sabe qué brujerías. Para esas fechas, la amplia nave del aserradero se había desplomado sobre el montón de óxido en que el tiempo convirtió al enorme motor y a las cuchillas que, años atrás, habían transformado en tablones las maderas duras de la región. El lugar era refugio de iguanas y alacranes, el vil reflejo de la tristeza que deja la prosperidad cuando se marcha, y nadie ocupaba, ni como leña, los pedazos mal cortados de los troncos que se pudrían víctimas de la humedad y el comején.
Eso sí, el chisme fue verídico. Atrás del panteón, en la ladera de un cerro que lo ocultaba de las miradas curiosas, se construía un raro artefacto de piedra, sascab, madera y telas que, según los lenguaraces del pueblo, sería un barco que, como el arca bíblica, salvaría a los creyentes de un segundo diluvio universal.


