Inosente Alcudia Sánchez
Dice Irene Vallejo, citando a Max Aub, “que uno es de donde hizo el bachillerato”. Soy, entonces, del Plantel 8 del Colegio de Bachilleres, de Emiliano Zapata, Tabasco. En estos días, el Colegio celebra sus primeros 50 años y, de no ser por Vallejo, no habría caído en cuenta de lo relevantes que han sido para mi vida los tres años que pasé entre sus aulas. Soy de la generación 1981-1984, cuando la escuela daba apenas sus primeros pasos y yo —nosotros— luchábamos con las urgencias hormonales de la adolescencia y, al mismo tiempo, nos afanábamos por ganar un lugar en la comunidad de los adultos.
En esos tiempos, era un colegio pequeño, abierto al mundo por los cuatro costados, que colindaba con plantíos de sandía y al que casi todos llegábamos caminando, pese al sol que se ensañaba a la hora del ingreso al turno vespertino. Como suele ocurrir en las instituciones en formación, las reglas eran relajadas: no vestíamos uniforme y, por la falta de una barda perimetral, podíamos entrar y salir del plantel como Juan por su casa. Las carencias materiales se compensaban ampliamente con la dedicación de nuestros profesores, la mayoría de ellos, sin falso romanticismo, verdaderos apóstoles de la educación.
No tuvimos seminarios de orientación vocacional y más bien elegimos especialidades con base en nuestra intuición pedagógica personal, pero ahí se sembraron en mí las semillas de lo que serían las vocaciones de mi vida: la administración pública y la literatura. Recuerdo con especial cariño a la maestra Lupita Cruz, directora del plantel en aquellos años, de quien siempre recibí el aliento para superar las dudas y temores naturales de la edad. No sé con los demás, pero para mí sus consejos eran un acicate que me impulsaba a intentar ser mejor estudiante cada día.
Ingresé a la prepa dispuesto a egresar con las calificaciones necesarias para estudiar Agronomía. No podía ser de otra manera: venía de familias arraigadas en el campo y, en esos años, el gobierno impulsaba como nunca los cultivos en el llamado “trópico húmedo”. La siembra de arroz y trigo ocupaba miles de hectáreas inundables a las orillas del Usumacinta y hacían falta ingenieros en esas disciplinas para apuntalar el desarrollo agropecuario del estado y de la región.
No tardé en rectificar. Elegí la especialidad de Ciencias Sociales, a pesar del cuestionado prestigio que padecía en esos tiempos. Y es que, entonces, quienes cursaban esa área estaban bajo la sospecha de ser los menos aplicados o los menos inteligentes; su futuro se avizoraba en el turbio mundo de la abogacía y, con suerte, detrás de un escritorio burocrático. En cambio, en Físico-Matemáticas dominaban los genios, cuyo destino era el exitoso camino de las ingenierías, y entre los Químico-Biólogos se pavoneaban, con sus batas blancas, los futuros profesionales de la salud.
Ocurrió entonces que el gobierno de don Enrique González Pedrero implementó un Programa Estatal de Alfabetización en el que los preparatorianos desempeñábamos un papel protagónico: recibíamos una beca del gobierno federal (COSSIES); el gobierno estatal producía los materiales didácticos; el gobierno municipal se encargaba de la logística y la capacitación, y nosotros nos ocupábamos de impartir clases —a las que incorporábamos estudiantes de secundaria— y de la evaluación. Por alguna razón, fui coordinador de la participación de bachilleres en el municipio y, más allá de la satisfacción de la beca que tenía que ir a cobrar a Villahermosa, la experiencia me enrumbó hacia las Ciencias Políticas y la Administración Pública. Por ahí guardo una foto, en blanco y negro, con los saludos y la firma de don Enrique, durante una evaluación del programa de alfabetización.
La literatura, ya lo he dicho, me la inculcó el profe Waldemar Noh Tzec en la prepa. Él nos reunía para revisar y corregir nuestros poemas. Incluso llegó a organizar concursos entre quienes habían entregado los mejores textos en la clase de Literatura. En aquellos tiempos, sus esfuerzos eran una anomalía en una comunidad dominada por las urgencias del día a día: ciertamente, los lodosos corrales de ordeña no eran el sitio más propicio para convocar a las musas, ni en la cultura aldeana predominante había mucho espacio para que floreciera la creación artística. Sin embargo, yo veía esos ejercicios como parte de las obligaciones de la clase y no tardé en descubrir que lo poco que conocía de poética lo había aprendido en esas sesiones que, sin saberlo, eran un verdadero taller literario.
Llegué a la universidad, así, con la convicción —adquirida en bachilleres— de que, en lo profesional, lo mío era la administración pública y, en una ruta paralela, me acompañaría de la literatura como asidero de la imaginación. Y así ha transcurrido buena parte de mi vida: entre la burocracia y la lectura, entre la reflexión sobre las políticas públicas y la creación literaria, entre la apabullante realidad del conflicto social y el escape eidético que nos dan las letras.
Refrendo, pues, mi origen y condición de bachiller; mi anclaje afectivo al Plantel 8; mi pertenencia a la generación 81-84; mi querencia perenne por el pueblo que era síntesis del universo; mi gratitud a la institución que, durante medio siglo, ha dado cobijo y aliento a los sueños y aspiraciones de cientos, de miles de jóvenes que, a pesar del tiempo y la distancia, sin importar adónde los haya llevado el río de la vida, se saben, se sienten, Bachilleres del Plantel 8.


