Inosente Alcudia Sánchez
Llegaron cargados de miedo y esperanza. Como pudieron, a fuerza de machete y sudor, se internaron en la espesura. Sin más rumbo que el marcado por la intuición caminaron entre el monte, semanas, acaso meses, hasta sentir el cobijo de La Montaña. Lejos de las haciendas y del alcance de los capataces y sus inhumanos castigos, protegidos por las centenarias ceibas, aquellos evadidos de la esclavitud hicieron el primer pozo, encontraron agua dulce y pronto se adaptaron a los prodigios de la selva, a sus amenazas y a sus bendiciones. Fue un poco como retornar al origen, al regazo edénico de la naturaleza. Y comenzó la historia conocida de Dzibalchén, lugar en el que coinciden portentosos vestigios de la ancestral civilización maya y hermosas expresiones culturales que revelan el mestizaje que ha vivido, desde hace siglos, la región centro de la Península de Yucatán y del estado de Campeche.
Cuentan que la historia de la Villa de Dzibalchén se remonta a mediados del siglo XIX, cuando en el lugar se asentaron indígenas en fuga de las haciendas del Camino Real. Antes, sus alrededores se fueron poblando con indios fugitivos de las Encomiendas y por mestizos y criollos en búsqueda de tierras fértiles. Sin embargo, es hasta principios del siglo XX cuando comienza su expansión económica y poblacional, al convertirse en una base de recepción del chicle que se extraía en lo profundo de la selva maya, conocida como La Montaña por los habitantes de la región.
La importancia de la localidad se robusteció al ser un punto de descanso en la ruta de peregrinos que, de distintas partes del Sureste y Centroamérica, acudían al centro ceremonial de Izamal, en Yucatán. Así, en 1924 se dota al pueblo de una planta de luz eléctrica, la primera en la comarca; y, en 1932, el gobernador Benjamín Romero Esquivel inaugura el aeropuerto chiclero de Dzibalchén.
Al declinar el aprovechamiento del chicle, en el pueblo se instaló un aserradero para la explotación de las maderas preciosas y, al agotarse este recurso, comenzó la fabricación de cal a base de minerales pétreos que abundan en los alrededores. En nuestros días, sus habitantes se ocupan en trabajos agrícolas, incursionan en la apicultura orgánica y se organizan para aprovechar, sustentablemente, los recursos históricos, culturales y naturales que dan belleza y singularidad a su Villa, a su Junta Municipal.
Dzibalchén es una comunidad pequeña, mayoritariamente de la etnia maya. En el centro del pueblo, alrededor de una gran explanada con funciones de parque público, se encuentran los principales edificios: la sede de la presidencia de la Junta Municipal, una iglesia católica, el mercado y casonas de arquitectura representativa del siglo XIX y de principios del XX.
El patrimonio de la localidad se acrecienta y diversifica con tres bellas e imponentes zonas arqueológicas ubicadas en las cercanías: El Tabasqueño, Hochob y Dzibilnocac. Estos sitios prehispánicos dan cuenta del esplendor de la civilización maya que, hoy, sigue patente en la habilidad y creatividad de los artesanos locales.
La región sufrió el movimiento social conocido como “Guerra de Castas”, que enfrentó violentamente a los nativos mayas contra mestizos y criollos. Testigos de esos años aciagos, en la comunidad Vicente Guerrero (Iturbide), se erigen cuatro reductos militares y lo que fue un cuartel militar, que constituyen una singularidad arquitectónica, explicable sólo a partir de la historia peninsular.
La tradición oral es otro bien que distingue a Dzibalchén. De generación a generación, los pobladores han legado la historia de su comunidad y de la región, así como ancestrales saberes que forman parte de su patrimonio inmaterial. Platicar con los habitantes del pueblo, especialmente con los mayores, amables conversadores, es una experiencia de valía especial.
La ancestral cultura de Dzibalchén –y de la región– se manifiesta, también, en actividades productivas sustentables, como el cultivo de abejas meliponas, llamada la “abeja sagrada maya” por las propiedades curativas de su miel. A lo anterior se suma lo que podría calificar de “gastronomía étnica”, compuesta por comidas y guisos en los que prevalecen ritos y saberes prehispánicos. Quienes visitan Dzibalchén tienen el privilegio de disfrutar la verdadera cocina maya y miel orgánica con los sabores de la flora local.
El de Dzibalchén es un pueblo alegre y amable, siempre dispuesto a recibir a los foráneos con la misma añeja cordialidad que prodigaba a quienes buscaban paz y libertad, o a los peregrinos que reponían fuerzas para seguir caminando en pos de su fe. Quizás por eso, Dzibalchén ofrece una experiencia mágica, inmersiva. Estuve ahí hace unas semanas y de pronto me sentí en un déjà vu, escuchando historias que yo creía haberme inventado, algunas de las cuales, incluso, escribí hace varios años. Aunque, creo, es mejor experiencia disfrutar los artesanales biscochos que se cocinan a leña en un antiguo horno de barro, y caminar con la sensación de que el tiempo, al fin, se detuvo. Y es que aquí siguen las ilusiones de aquellos hombres y mujeres que entre la jungla encontraron el oasis en el que comenzaron a forjar el destino que hoy viven sus descendientes. Uno de esos herederos es Diego Yerbes González, presidente de la Junta Municipal, joven entusiasta que contagia el cariño por su pueblo. Sin duda, esperan mejores tiempos a esta comunidad pacífica y laboriosa.


