18 abril, 2026

De Ah-Kim-Pech a Plaza Galerías: del piso al techo del progreso – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

De repente, supongo que a consecuencia de esa debilidad humana que nos lleva a compararnos con los otros, un buen día llegamos a convencernos de que la modernidad y el progreso tenían una forma concreta de expresión: las plazas comerciales y, por supuesto, sus tiendas ancla, esos supermercados que las acompañan como señuelos que atraen al cardumen.

La ciudad cosmopolita del siglo XIX y de mediados del XX, de hermosas y altas casas coloniales intramuros, un día se desbordó más allá de sus barrios tradicionales. Nuevos fraccionamientos acogieron a la moderna e incipiente clase media, y unidades habitacionales de “interés social” se poblaron de familias de trabajadores con acceso a la seguridad social. A la orilla del mar, en terrenos arrebatados al Golfo, se alzaban hoteles que contagiaban de luminosidad las grises piedras de las murallas. Y, sin embargo, seguíamos atados a la tienda de la esquina, al comercio minorista que en muchos casos era parte de añejas tradiciones familiares.

Para superar aquella carencia que nos impedía dar el salto a la modernidad citadina, visionarios empresarios locales se asociaron para edificar una tienda de autoservicio en la primera plaza comercial de la ciudad, en la zona que en los años cincuenta se erigió como símbolo del “Campeche Nuevo”, un ambicioso proyecto de modernización urbana que transformó la fisonomía de la capital con la creación de nuevos espacios en terrenos ganados al mar. 

En 1983, “El futuro llegó a Campeche” era el eslogan con que se publicitaba la plaza Ah-Kim-Pech, que ofertaba a inversores locales y nacionales la inusitada cifra de 115 locales. A fines de 1984 abría sus puertas, en ese lugar, el primer supermercado, Súper 10, que con el tiempo —y sus sucursales— impregnó de un aire de modernidad comercial a la urbe que se expandía a las afueras de la vetusta villa colonial.

Después de aquel parteaguas ochentero se sucedieron esfuerzos de inversión pública y privada que, como frágiles escalones del progreso, dieron la sensación de que la capital avanzaba en su modernización urbanística: el renovado malecón, el centro de convenciones, la remozada ciudad amurallada; Plaza del Mar, Plaza Universidad, cines de nueva generación y la llegada de marcas nacionales y transnacionales que durante años nos habían esquivado y cuya ausencia nos hacía sentir los patitos feos del vecindario.

Creímos que estábamos enrumbados de manera definitiva al progreso cuando, en agosto de 2013, abrió sus puertas al aspiracionismo autóctono Plaza Galerías, con su estela de negocios caros y rimbombantes encabezados por la añorada tienda departamental que, al fin, sería parte de nuestras vidas. Fashion mall con vista al mar, franquicias de servicios, calidad y diversidad de productos que nos emparejaban con nuestros vecinos, al menos en esta competencia por el precio y el tamaño de los centros de consumo.

Los centros comerciales condensaban un poco nuestra ilusión de progreso y, más de una década después de su apertura, pienso que no advertimos en qué momento Plaza Galerías se convirtió en un escaparate de nuestras carencias. De manera gradual, del embeleso pasamos al desencanto, quizá al coraje: al malestar por todas esas cosas apetecibles que ahí se expenden y que, sin embargo, no nos son asequibles. Más que símbolo de modernidad, la plaza terminó por exhibir la fragilidad de nuestra realidad económica.

Más de una década después, parecería que la plaza nos quedó grande y que, en una ingrata carrera de relevos, los comercios cierran y las ofertas se van, agobiados por una clientela que no compró, por una demanda que nuestra ciudad no generó. En perspectiva, Plaza Galerías no marcó el piso, sino el techo de nuestra economía.

Mientras tanto, ¿qué ha sucedido con nuestros vecinos, con los otros, en estos años? Quizá nos debemos una reflexión colectiva, seria, para proponernos metas que, juntos, podamos alcanzar. Como aquella primera plaza y aquel primer centro comercial que emprendedores campechanos dieron a la ciudad.

El desarrollo no será ya el petróleo ni llegará por el Tren Maya. Es tiempo de plantearnos un modelo campechano de desarrollo: con visión, pero sin desmesura; anclado a nuestra realidad, con metas alcanzables a partir de lo que somos, de lo que disponemos.

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