Gerardo Ruiz
Las calles no pertenecen a un solo sector.
No son exclusivas de motociclistas, automovilistas, ciclistas o peatones.
Las calles son de todos, y precisamente por ello, la responsabilidad sobre lo que ocurre en ellas también debe ser compartida.
Cuando cerca de 500 mil vehículos circulan diariamente en el municipio, la seguridad vial no puede depender únicamente de la autoridad.
Como ciudadanía también debemos asumir nuestra parte y desplazarnos con responsabilidad. La ciudad creció; nuestra cultura vial debe crecer a la par.
Nada resulta más peligroso que combinar autoridades que no actúan a tiempo con una deficiente cultura vial.
Cuando ambas fallas convergen, los problemas crecen, las tragedias aumentan y las consecuencias terminan perjudicándonos a todos.
En Cancún, los accidentes viales continúan cobrando vidas.
Pero existe otra consecuencia de la que poco se habla: muchas personas no mueren en un accidente; sobreviven con lesiones permanentes que transforman su vida para siempre.
Una discapacidad adquirida en segundos puede modificar radicalmente la forma en que una persona trabaja, se desplaza, convive y ejerce su independencia.
Y entonces comienza otra batalla.
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, y caminar por estas calles como lo hago yo, comprenderías la importancia de la seguridad vial y de atender los problemas antes de que sea demasiado tarde.
Porque vivir con una discapacidad en Cancún no es nada fácil.
No es fácil cuando la infraestructura urbana sigue llena de barreras.
No es fácil cuando las banquetas son intransitables, inexistentes o están invadidas.
No es fácil cuando el transporte público no garantiza accesibilidad real.
No es fácil cuando la movilidad independiente depende más del esfuerzo personal que de condiciones adecuadas de inclusión.
Quien adquiere una discapacidad derivada de un accidente vial no solo enfrenta el reto de adaptarse a una nueva realidad física o sensorial.
También debe enfrentarse a una ciudad que, en muchos aspectos, no está preparada para permitirle recuperar autonomía y dignidad en igualdad de condiciones.
Por eso la seguridad vial no puede tratarse como un asunto secundario ni atenderse únicamente cuando ya existe una crisis visible.
Cada denuncia ignorada, cada conducta de riesgo tolerada, cada omisión preventiva, cada acción tardía, puede traducirse en una vida perdida o en una discapacidad permanente.
Prevenir no es exagerar.
Prevenir es gobernar con responsabilidad.
Porque un accidente vial no termina cuando se apagan las sirenas.
Para muchas personas, en ese momento apenas comienza una lucha más larga:
la de rehabilitarse, adaptarse, reconstruir su independencia y aprender a vivir en una ciudad que todavía no garantiza condiciones suficientes para incluirlas plenamente.
Hablar de seguridad vial es hablar de prevención.
Pero también es hablar del tipo de sociedad que estamos construyendo.
Y una ciudad que permite que la imprudencia y la omisión provoquen discapacidad evitable o cobren vidas, mientras permanece indiferente ante quienes deben vivir con sus consecuencias, no solo falla en movilidad.
Falla en humanidad.
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

