18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

De mi estancia en Calakmul recupero esta historia. Se la escuché a un campesino, hijo de una de las familias que se quedaron a vivir en lo que había sido un campamento chiclero y que, con los años, se convirtió en un Nuevo Centro de Población Ejidal. Yo nunca vi un aluxe, pero la anécdota me pareció —y me sigue pareciendo— hermosa:

“Nuestras viviendas estaban en un claro rodeado por ceibas y zapotes gigantescos, donde nunca faltaban monos impertinentes apareándose a todas horas ni faisanes candorosos que nos espiaban con más curiosidad que temor. Había tantos animales que los puercos salvajes se aventuraban a asomarse por las puertas siempre abiertas de las casas y, una mañana, mi padre nos mostró las huellas de un tigre que había pernoctado al cobijo del calor eterno del fogón.

Apenas pude caminar sin tropiezos y dominar el peso del machete, mi padre comenzó a llevarme a la milpa, a cazar mapaches y armadillos, y a espantar los cotorros que amenazaban acabar cualquier cosecha con su hambre inagotable. Sin más peligro que el de los animales silvestres, era libre para explorar los tupidos alrededores de la casa, con una sola condición: no entablar plática con otros niños —aunque no había ninguno en quién sabe cuántos kilómetros a la redonda—. Mis padres se referían a los aluxes, esos seres que nunca crecieron e hicieron de estos montes su hogar, yendo y viniendo entre el más allá y nosotros.

Yo los veía asomando detrás de los árboles, haciéndose los distraídos, indiferentes a mi curiosidad y a mis ganas de hablarles y escucharlos, de conocer su idioma y descubrir si podíamos comunicarnos, aunque fuéramos de mundos distintos. Andaban desnudos, igual que yo, y se perdían entre los arbustos persiguiendo alguna mariposa o intentando espantar aves que los observaban sin desconfianza.

Aunque al principio sus apariciones eran inofensivas, un pasatiempo en las pláticas vespertinas de los mayores, llegó el día en que, sin motivo aparente, los duendes nos consideraron una amenaza e intentaron expulsarnos de su señorío.

Después de aquella noche en que nos lanzaron un ventarrón que casi tira nuestra endeble choza, establecimos una relación de sana distancia, de vecinos inevitables. Mi padre ya nos había advertido que los pequeños habitantes del monte intentarían expulsarnos de sus territorios. Y así fue: nos habían dado tiempo, esperando que nuestra presencia fuera pasajera, pero una vez que notaron que ésta se prolongaba, comenzaron sus asaltos nocturnos.

La estrategia de mi padre fue sencilla: primero, no demostrar miedo; y luego, ofrecerles un armisticio conveniente.

La ofensiva de los duendes —que duró varias noches— inició con el estruendo de ramas que caían sobre la casa y aparentaban derrumbarla; siguió con aterrorizadas gallinas y pavos que amanecían mudos, colgando de los árboles; arreciaron su acometida alzándonos en las hamacas hasta tocar el techo; y mi padre creyó que era suficiente cuando nos desvelamos ante el ruido endemoniado de un vendaval que arrancaba árboles, quebraba ramas y zamarreaba iracundo los horcones de la casa. Pero bastaba con asomarse por cualquier rendija para atestiguar la fantasía: la noche era esplendorosa, y apenas se movían las hojas por un viento incapaz de arrastrar ni a los mosquitos.

‘Después de esto pueden intentar lastimarnos’, dijo mi padre, y apenas amaneció fue a cortar pencas de huano con las que tejió sombreritos, caballos, pájaros, canastas y pulseras que, antes del anochecer, colocó alrededor de nuestra minúscula aldea, junto con jícaras que llevaban agua de maíz molido. Era la aceptación de nuestra derrota, la ofrenda con que pedíamos tregua, pero al mismo tiempo ratificaba la decisión de que permaneceríamos en ese lugar.

De inmediato volvió la tranquilidad a las familias; los duendes siguieron con sus apariciones cotidianas, pero inofensivas, y en las noches de luna llena los adultos se quedaban platicando largos ratos en el patio común, indiferentes a los incalculables ruidos que sobresaltaban el monte. Y yo fingía dormir, acomodado junto a mi padre.”

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