Inosente Alcudia Sánchez
He llegado hasta aquí impulsado por el miedo.
Sí, con no poco pesar, debo reconocer que me mueven el sentimiento y la emoción más íntimas en el ser humano: el temor, el presagio de una amenaza.
Lamentablemente, no soy un caso aislado.
Somos millones de mexicanas y mexicanos que advertimos riesgos y peligros en nuestro entorno social, en nuestras comunidades, en nuestra patria.
Vivimos tiempos oscuros, en los que se extienden la inseguridad y la violencia.
La paz y la armonía son bienes cada vez más escasos y, en contraparte, cobran fuerza y territorio la delincuencia y la confrontación política.
Las amenazas y las agresiones a nuestras instituciones y a las leyes, proferidas y ordenadas desde las más altas esferas del poder, se han complementado con hechos criminales que cada vez nos son más cercanos.
Mis miedos no son abstractos ni políticos.
Mis temores no tienen que ver con algún resultado electoral ni con obsesiones ideológicas.
Mis miedos son tan tangibles como el de todos los padres de familia que se desvelan esperando el retorno de sus hijos.
Mis miedos son tan tangibles como el de todos los que escuchamos o leemos sobre los asesinatos diarios, sobre las masacres reiteradas, sobre la impunidad que campea.
Contribuye a mis aprensiones, la forma en que se ha horadado la concordia entre los mexicanos y, por acción u omisión de las autoridades, la imparable expansión de la criminalidad.
Por si fuera poco, en el discurso oficial se asentó la intolerancia, el rencor y la negación de “los otros”.
Los otros que somos, simplemente, quienes nos atrevemos a pensar distinto o, peor aún, quienes no compartimos militancias y convicciones políticas.
Es terrorífico que, adentrándonos en el siglo XXI, haya proclives al pensamiento único.
Es temible observar que, avasallar la ley, sea posible en un Estado democrático.
Es sombrío ver cómo las instituciones son trincheras de la confrontación política e instrumentos de impunidad.
Soy, entonces, un padre asustado hasta la médula de los huesos y un ciudadano que padece la zozobra que causan la inseguridad pública y la violencia política verbal.
He llegado hasta aquí, por tanto, buscando el cobijo y el acompañamiento de “los otros” que, como yo, advierten amenazas, sufren el miedo.
He llegado hasta aquí porque evitar la destrucción de nuestras instituciones, recuperar la concordia, erradicar el odio, desterrar la inseguridad y restablecer la paz son metas que sólo podremos alcanzar unidos.
Porque preservar la democracia es tarea que nos convoca a todos. Porque resguardar nuestros derechos y libertades no es tarea de individuos aislados, sino de sociedades unidas y actuantes.
He llegado hasta aquí porque al compartirles mi miedo, he recibido, a cambio, el valor y la esperanza de todos. Fraternidad, le dicen.
Como en la fábula del puercoespín de Schopenhauer, la amenaza a los valores compartidos ha unido a los diferentes y los hace marchar juntos, fuertes y articulados por una causa común y sin renunciar a la pluralidad de sus pensamientos.
He llegado hasta aquí, finalmente, porque como dice el bello verso de Benedetti: “Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”.


