20 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Después de sobrevivir a una cruda bárbara, el administrador del campamento chiclero se había reencontrado con la cordura y en los últimos meses dedicaba sus afanes a componer lo que sus borracheras habían descompuesto. Por eso secundó la petición de las mujeres y se agregó a la organización de la feria, tarea que hacía en solitario, pero con dedicación encomiable, el padre Antonio. Meses atrás había descubierto que la demanda del chicle caía en picada y que era cuestión de uno o dos años para que no volviera el último avión por la última carga del látex y le pareció justo alegrar en algo la vida de aquellos hombres y mujeres que ni siquiera presentían el fin de la bonanza que con su sudor habían edificado. Propuso contratar un sacerdote verdadero, egresado de la Pontificia Universidad de Roma, con ostias y agua bendita consagradas, para atemperar los pecados añejos; un payaso que con sus conocimientos de la alegría entretuviera a los niños y a las mujeres, y se reservó una sorpresa que, sin ninguna duda, era el colmo de progreso y de modernidad.

El padre Antonio no oficiaba misas verdaderas. Había pasado buena parte de su vida auxiliando como monaguillo en los protocolos de la liturgia y había memorizado los ritos, pero siempre se cuidó de no caer en sacrilegios. El equipaje con que recorría los caminos de la montaña incluía un telescopio desarmable, los cuadernos y las ropas de la indumentaria ritual, una biblia de letras grandes y cuatro tomos de las obras completas de Tomás de Aquino.

Aunque en un principio llegó a sufrir el sentimiento de impostor, justificó el uso de las prendas consagradas como salvoconducto para transitar en paz las brechas de los montes, llevando la palabra de Dios como su artículo de sobrevivencia, y nadie nunca cuestionó su derecho a ejercer la prédica ni a ofrecer consuelo al necesitado. No recibía la confesión, tampoco practicaba el bautismo, los Santos Óleos, los casamientos ni la Comunión. Pero era un instruido representante y defensor de la Santa Iglesia Católica en aquellos terrenos disputados por los protestantes, y consideraba a las limosnas un pago razonable por sus consejos y mensajes de aliento para los afligidos. En el pueblo encontró una manera sana de ganarse el pan: con el pretexto de adoctrinar a los menores, bajo una ceiba enseñó las primeras letras a los pocos niños de esos años.

No se supo si azuzados por el padre Antonio o por iniciativa propia para esconder la vergüenza de sus iniquidades, con el mismo fervor mostrado por las mujeres contra el retorno de la Carlota, los varones se opusieron a que oficiara por contrato un sacerdote foráneo y, a última hora, al payaso que llevaría alegría a una feria de montunos se le agotaron los ánimos para seguir fingiendo carcajadas y al pie de la avioneta que lo transportaría, ataviado con su disfraz de gala, se sorrajó un tiro inverosímil en la sien derecha que pronto tiñó de rojo la peluca verde que lo ayudaba a disimular su carencia de felicidad.

El jefe de los chicleros no se dejó amedrentar por esas inconveniencias de la fatalidad y, como si fuera una expiación, se afanó en alegrar a como diera lugar los estertores del desahuciado pueblo.

Junto con los juegos de canicas y globos, la ruleta y los puestos de dulces y chucherías, nimiedades que ponían color y ambiente al espíritu infantil de la gente de esos tiempos, llegó un artefacto encargado por el administrador, que para funcionar precisaba de un generador eléctrico.

Los operarios del aparato levantaron un corral de manta para esconderlo de la curiosidad y llegada la noche, en lo que probaban su funcionamiento, sin avisarle a nadie, iluminaron el centro del pueblo con una ruidosa planta de luz, atrayendo a todos los insectos de quién sabe cuántos kilómetros a la redonda, tantos, que obligaron a frustrar la modernidad de las bombillas incandescentes, a apagarlas y retornar al atraso de los candiles y quinqués que humeaban en cada puesto de los fiesteros.

El comisario, el doctor y el administrador acordaron iniciar los festejos el 12 de agosto y convocaron a quienes se atrevieran a probar la experiencia del progreso a recoger en la comisaría sus boletos de entrada. No fueron pocos quienes se dejaron venir de otros pueblos para atestiguar la magia del artilugio ofrecido por el jefe chiclero. Desde la mañana del arranque de la feria, se formaron las filas de locales y foráneos, ansiosos por conseguir entrada a lo que, se murmuraba, era un fascinante avance civilizatorio.

Ni el ventarrón vespertino que desgajó algunos de los cedros intimidó las expectativas y el ánimo festivo, pero echó a perder el tiroteo de pirotecnia porque la pólvora humedecida se transformó en una densa e inocua humareda blanca. Para compensar la falta de ruido, el comisario ordenó a sus policías soltar tres descargas de escopeta que fueron completadas con una balacera anónima desde todos los puntos del pueblo.

El padre Antonio acarreó la imagen de un santo de un pueblo cercano para que autóctonos y forasteros tuvieran a quién rezarle, y así contribuir a que la feria se nutriera con la asistencia de feligreses vecinos.

Durante los cinco días de fiestas a la Asunción, el pueblo fue el centro de la algarabía en la montaña, familias enteras y hombres solos dieron vida a los caminos enlodados con sus ruidosos afanes de diversión. Con la anuencia de las autoridades, la venta de cerveza no tuvo restricciones de horario y se inventaron torneos de último momento para entretener al gentío que deambulaba por las tres calles del pueblo en búsqueda incansable de motivos para solazarse. El comedero de los trabajadores ofreció alimentos gratis a quienes lo solicitaran, las casas abrieron sus puertas para cobijar a los visitantes y, por indicaciones del doctor, se improvisaron letrinas a las afueras del poblado.

Con las primeras luces del tercer día de jolgorio, los madrugadores tropezaron con un cadáver que obstruía el tránsito en una de las calles de la periferia. A la carrera dieron aviso al comisario, quien de inmediato ordenó a sus policías trasladarlo a la sombra del árbol donde el doctor descuartizaba los cochinos. Lo acomodaron sobre el tablón curtido de sangre vieja y ahí lo revisó con minuciosidad el doctor Isaac, sin encontrar evidencias de las causas del fallecimiento.

“Bueno, pues a éste lo mató la felicidad. Para que vean lo voluble de los hombres: hace menos de un año se andaban muriendo de tristeza y ahora los mata el júbilo”, diagnosticó en voz alta, para que lo oyeran los policías que lo observaban esperanzados en presenciar cómo destazaba el cuerpo.

El comisario, en tanto, conminó a los escasos testigos a no andar de chismosos para no alterar el curso de los festejos, al fin que solitos llegarían a preguntar los que notaran el extravío de un familiar o conocido. Así que ahí dejaron al muerto dos días completitos, salpicado de cal cruda para ahuyentar las moscas y cubierto con una sábana floreada, en espera de alguien que lo echara de menos, pero nadie se dio por enterado de su ausencia, ni por curiosidad alguien preguntó por el bulto expuesto a la vista de todos.

En la oscuridad borrascosa de la segunda noche, sólo perturbada por la bulla indiferente de los borrachos, sigilosos como si fueran sus asesinos, los policías fueron a enterrarlo entre unos montazales tupidos, bien hondo, para que ni los carroñeros sintieran el hedor de los restos.

Llegó así la hora de atestiguar el prodigio que había prometido el jefe del campamento chiclero. El improvisado salón a cielo abierto estaba atiborrado de público de todas las edades cuando la explosión de luces, imágenes y sonidos estuvo a punto de provocar una desgracia: espantados ante el estruendo de la música y de las voces que retumbaron en todo el pueblo, la estampida de gente horrorizada derribó el cerco de manta y hubo que detener la proyección para evitar un mal mayor. Así, el jefe chiclero tuvo que despojarse del atuendo de bufón con que daba la bienvenida a los asistentes y dar a gritos una explicación que atemperara el miedo infantil causado por el cinematógrafo.

En dos o tres ocasiones las funciones se atrasaron por lluvias imprudentes que obligaban a resguardar el equipo, aumentando el nerviosismo en los ansiosos espectadores que una vez instalados dentro del cerco de trapo se negaban a salir, y no había poder humano capaz de sacarlos hasta haber atestiguado la magia del filme.

Las exclamaciones de asombro en cada una de las funciones se escuchaban en todo el pueblo, y los asistentes —escandalizados o enternecidos— comentaban a gritos lo que iban viendo. Como esperaba el administrador chiclero, durante semanas el cine fue tema de plática alborozada en la región y quedó para siempre en la memoria de los privilegiados espectadores —borrando el recuerdo de la Carlota—, aunque por poco provoca una desgracia cuando un borracho, valiente y enamorado, vació las seis balas de su revólver contra el improvisado telón de costales donde un insolente de bigote y sombrerito buscapleitos abofeteaba, con sonrisa cínica, a la mujer más bella que se haya visto en esos confines de la tierra.

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