18 abril, 2026

El eclipse y Claudia – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Quizás por mi mala memoria no recuerdo un eclipse con tanta publicidad como el “anular de sol”, que nos obsequió la entrometida luna este 14 de octubre. Hasta escuché a un locutor de televisión nombrarlo el “eclipse mexicano”, muestra de que el astronómico fenómeno alcanzó a tocar, incluso, las sensibles fibras patrioteras con las que aderezamos los grandes acontecimientos. Así, mientras en Texas se ocupaban en cómo compensar la falta de electricidad provocada por la disminución de la intensidad solar, de este lado del río Bravo salimos a la calle por millones a sorprendernos con una de las eternas rutinas del sistema solar.

Por alguna razón, a pesar de su recurrencia (o quizás por eso) estos desfiguros de la naturaleza no habían cautivado mi atención y solo guardo unos pocos recuerdos de un eclipse total que aconteció en mi niñez. En esa ocasión, padre aprovechó para emplearse a fondo con las explicaciones del fenómeno. No teníamos lentes apropiados para observarlo, así que me mantuvo dentro de casa para evitarme la tentación de alzar la mirada. A cambio, con la luz solar que caía desde un orificio del techo de lámina de zinc, fuimos atestiguando el cruce de órbitas hasta que el sol desapareció por minutos, suficientes para que las gallinas volvieran al resguardo del gallinero. Todavía evoco el triste amarillo de la luz que cubrió el campo en aquella parte del mundo. Fue una buena experiencia que, además, erradicó para siempre cualquier idea fantástica que yo pudiera tener sobre los eclipses.

Influenciado, quizás, por la andanada mediática que precedió al eclipse anular de sol, el sábado desperté con una inquietud inexplicable. Igual que la estrella, el planeta y el satélite involucrados, me apegué a mi rutina sabatina y, como en mi niñez, a través de las ventanas observé el cambio en la tonalidad de la luz. Fue una mañana con nubes densas que, por momentos, incrementaban la percepción de oscuridad. Otra vez –por segunda ocasión en mi vida– observé el gradual amarillamiento del entorno y sentí el virus de la nostalgia, de la tristeza, queriendo acomodarse en mis pensamientos. Para escapar del abrazo de las malas vibras, salí de casa cuando el evento astronómico se acercaba al clímax. En el parquecito del barrio, unos vecinos escudriñaban el juego de luz y sombra que las hojas de los árboles reflejaban en el suelo y en sus manos extendidas.

Impulsados por las fuerzas del Big Bang, el sol, la tierra y la luna siguieron el movimiento que los ha mantenido en la ruta de encuentros y desencuentros que,desde hace siglos,los antiguos mayas consiguieron descifrar. En las redes sociales vi que la Coordinadora Nacional de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación había arribado a Campeche: desde uno de los Fuertes que rodean la ciudad, Claudia Sheinbaumpudo evocar, acaso, la oscuridad que por tres días envolvió a Egipto (una de las 10 plagas para que el faraón liberara a los israelitas) o la negrura que cubrió la tierra durante la crucifixión de Jesús; aunque, abrumada por la frívola zalamería, no le quedó más que festejar la infeliz ocurrencia de uno de sus cercanos que creyó ver la “C” de Claudia en el medio círculo iluminado del eclipse.

Cuando regresé a casa el sol había recuperado su habitual esplendor de octubre. Leí El eclipse, de Monterroso. Llovieron las fotografías y, en la velocidad de las redes sociales, las imágenes del eclipse fueron el suceso viral del día.A pesar del calor, preparé un café y me acomodé para esperar la hora del mitin de la futura candidata presidencial de Morena. Porque el día del eclipseel inevitable destino,o el azar de la política,llevó a Claudia Sheinbaum a Campeche.

Y vi que llegara a la concentración que sus partidarios habían preparado: acompañada por la gobernadora, cualquiera pudo advertir la diferencia de actitudes. La gobernadora disfrutando el festival; la coordinadora cumpliendo el encargo, aplicándose en hacer la tarea. Caminaron en medio de la muchedumbre, entre “selfies”, abrazos y besos, sin violentar el guion que conduce estos actos. Una cumbia a todo volumen, con letra bien arreglada, amenizó la tarde especialmente calurosa,y el maestro de ceremonia, con sus arengas destempladashizo el mejor esfuerzo –eso creo– para animar a una multitud siempre dispuesta al entusiasmo.

Con un tono de discurso que iba deanimador de feria a predicador del fin del mundo, el presidente de Morena abrió la palabrería que caracteriza, todavía, a estos eventos: la política no entiende ni cambia; podrá caerse el mundo, pero el orden del día se cumple, aunque no tenga sentido. No quedará registro del telonero que se deshizo en gritos ante una audiencia que esperaba, al menos, reconocimiento a su estoicismo. Deshidratados, al borde de la insolación, muchos asistentes resistieron aguardando el mensaje de la casi precandidata. Los impacientes, bañados en sudor o impelidos por urgencias personales, se habían dispersado por las calles del Centro Histórico.

Y llegó el plato fuerte: Claudia se plantó frente al monstruo de la Concha Acústica y, con la disciplina de las exposiciones escolares, desplególa presentación muchas veces ensayada, las mismas tesis y argumentos que a fuerza de repetición la han hecho perder naturalidad y hacen de su mensaje una alocución mecánica, previsible, carente del alma que fortalece los liderazgos carismáticos. “Eso es lo que tiene que hacer para ganar”, me dijeron los expertos. Y es que Claudia sólo cumple un encargo, uno más desde que acompaña a AMLO, me explican.

Claudia está triste. Es el personaje de una puesta en escena que no está cómodo con los diálogos que le asignaron. Yo la vi:desprovistadel ánimo y la contundencia que alientan a quienes vencen tempestades. Quizás, Claudia no está. Quizás, Claudia se escape un día y veamos a la heroína que entusiasma, que convoca, que convence.

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