@_Chipocludo
Hay decisiones que hace unas décadas ni siquiera se ponían sobre la mesa, una de ellas era tener hijos. Era algo que simplemente pasaba, como quien paga la luz o se levanta a trabajar. Pero en 2025, cada vez más jóvenes están diciendo: “gracias, pero no”. No es que no puedan, es que no quieren y eso está sacudiendo las bases de una sociedad que todavía se resiste a aceptar que la vida ya no viene con receta predeterminada.
Para muchos, la razón es evidente: tener hijos cuesta una lanota. En México, criar a una persona desde el embarazo hasta que se gradúe (si se gradúa) puede costar hasta tres millones de pesos, en un país donde medio mundo vive al día, pensar en pañales, escuelas, uniformes y terapias es suficiente para que más de uno diga “paso”. Pero no todo es dinero. También está el tema de la salud mental, del tiempo personal, de los sueños postergados, del miedo a repetir patrones, en pocas palabras: hay jóvenes que no quieren formar una familia porque por fin se están cuidando a sí mismos primero y eso también es válido.
A esto se suma el contexto global. El mundo no es precisamente una zona segura para planear un futuro a largo plazo. Entre cambio climático, inflación, guerras, IA descontrolada y gobiernos polarizados, muchos sienten que traer a alguien más al planeta es una apuesta arriesgada. Y sí, puede sonar fatalista, pero también es profundamente responsable.
Los gobiernos lo saben y están empezando a entrar en pánico. El presidente actual de Estados Unidos, Donald Trump, propuso que se entreguen bonos por nacimiento, con la esperanza de repuntar la natalidad y sostener la economía con nuevas generaciones de trabajadores. En China, después de décadas de imponer el hijo único, ahora se permite tener hasta tres hijos. Pero ¿qué creen? Nadie quiere. Los jóvenes chinos también están diciendo que no es por falta de permiso, sino de ganas (y de dinero, claro).
Canadá intentó durante años otra estrategia: invitar a jóvenes de América Latina a migrar, formar familias y rejuvenecer su población. Y funcionó… por un tiempo. Hasta que empezaron los problemas de saturación y el gobierno cerró la llave. Hoy en día, conseguir la residencia allá es más difícil que convencer a un centennial de quedarse diez años en una empresa.
Y mientras tanto, aquí seguimos. Con jóvenes que quieren vivir a su ritmo, con gobiernos que quieren más bebés para sostener el sistema, y con una brecha cada vez más amplia entre lo que se espera de la gente y lo que realmente pueden —y quieren— hacer.
Al final, no tener hijos no es una moda ni un capricho. Es una respuesta a una realidad que se ha vuelto más compleja que nunca. Cada quien decidirá si quiere o no formar una familia, pero lo importante es que esa decisión se tome libre, informada y sin culpa. Porque en un mundo tan revuelto, elegir tu propia forma de vivir ya es, de por sí, un acto de rebeldía.

