2 mayo, 2026

José Juan Cervera

El universo cobra vibraciones singulares cuando un nombre sepultado bajo papeles quebradizos y folios ajados logra imponerse a la indiferencia que carcome el eco de sus pasos, reacio a entregarse al abandono y al olvido. En la institucionalización de la memoria colectiva sólo parecen caber los personajes que se ciñen a los modelos de comportamiento validados por los grupos hegemónicos, o bien aquellos cuya imagen pública se amolda a los criterios dominantes; así suelen quedar fuera quienes optan por sacudir de su horizonte inmediato atavismos y convenciones caducas.

 El yucateco José Dolores Sobrino Trejo es poco mencionado en los recuentos históricos, y para lograr alguna noción de sus acciones en la sociedad de su tiempo, con la que entró en conflicto, es preciso espigar referencias aisladas en periódicos antiguos y en fuentes complementarias. Su curiosidad intelectual desembocó en el estudio de la filosofía, y sus inquietudes políticas lo llevaron a enarbolar causas populares con un tinte que abrevó del marxismo amalgamando la praxis rectora de su conciencia.

Una de las estampas anecdóticas que el doctor Eduardo Urzaiz incluyó en su libro Reconstrucción de hechos se refiere a Sobrino Trejo, a quien describe como un estudiante del Instituto Literario del Estado que en 1905 acudía, en compañía de varios condiscípulos suyos, a juntas clandestinas organizadas por un grupo de anarquistas catalanes, acción que motivó al entonces gobernador Olegario Molina a reconvenir a los jóvenes inquietos. En su opúsculo Fundación del Partido Socialista Obrero. Junio de 1916, Ramón Espadas y Aguilar rememora sucesos de índole semejante, aunque sin aludir a la figura del mandatario mencionado. Evoca las lecturas de aliento revolucionario, el apoyo de emigrados españoles y las conferencias de temas polémicos a cargo de intelectuales que padecieron hostigamiento y censura; entre los concurrentes a esas actividades destaca la presencia combativa de Sobrino Trejo, quien llegara a ser presidente municipal de Mérida entre 1916 y 1917, postulado por el organismo político que da nombre al folleto de Espadas.

Durante su gestión al frente del Ayuntamiento contrajo nupcias con la señorita Ángela Arjona. Pueden encontrarse textos suyos en publicaciones periódicas como Savia Nueva, La Revista de Yucatán, Diario del Sureste, Excélsior y Gráfico; fue director de Lámpara Votiva, dedicada a la defensa de la enseñanza laica. Santiago Burgos Brito dice de él: “Menudo y nervioso, se defendía con frase cáustica y cortante, que no estaba de acuerdo con la mirada serena y acariciadora de sus ojos miopes. Llegamos a tenerle respeto, a considerarlo casi como el oráculo del Instituto.”

La filosofía, la sociología y la táctica política fueron motivo constante de sus reflexiones, varias de las cuales, con el encabezado de Pensamientos, dieron vida a una serie de textos periodísticos en los que plasmaba ideas como éstas: “El ideal es inaccesible a la imperfección de los hombres. Sin embargo, el camino que conduce a él es tan hermoso, tan lleno de encantos y de dulzuras, que el solo placer de recorrerlo nos indemniza ampliamente de nuestra impotencia por alcanzarlo algún día. La felicidad de ir siempre hacia el Ideal, de escalar siempre y siempre sus mágicas alturas es la mayor de las felicidades posibles.” O bien: “Nada nos intimida tanto como la autoridad de nuestros prejuicios”.

Y en efecto, un hombre que como él alojó la inconformidad en el alma tuvo que ser autor de un libro que desentraña el papel que el prejuicio, la creencia inerte y el hábito reactivo cumplen en el devenir humano frustrando su desarrollo armónico y la maduración de sus aspiraciones de vida. Así fue como en 1948 publicó Antidogma. Un ensayo sobre la filosofía del eterno retorno, obra en la que interpreta creativamente los frutos de un legado expuesto para discernir ritmos y sentidos ocultos que gobiernan las percepciones cotidianas del mundo, aportando claves para cimentar la afirmación del ser contra la desesperanza.

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