Inosente Alcudia Sánchez
En una esquina está la mesa de los despatriados.
Son alrededor de una decena de hombres de fisonomías contrastantes, que asentaron sus reales en el puerto e hicieron de la cantina un muro de los lamentos que, de tarde en tarde, los reúne. Sus vestimentas son tan diversas como sus facciones, y algunos muestran en sus semblantes marchitos y en sus brazos tostados por el sol las huellas de muchas horas a la intemperie. A veces, mientras parlotean, los imagino como una minúscula representación del mundo, y termino preguntándome: ¿cómo carambas llegaron hasta acá? En el fondo, son prófugos de la desventura, un puñado de desarraigados que, acaso, encontraron entre estas murallas el remanso que en algún mal momento les arrebató la vida.
Es un grupo variopinto, como lo son también sus distintas procedencias. Aunque desconozco sus edades, en las avanzadas calvicies, en las barbas blancas, en los cabellos grises y en los surcos que adornan sus rostros se adivinan sus muchos años de brega existencial.
Algunos beben hasta olvidar, y otros se emborrachan para invocar sus buenos recuerdos. A veces se enfrascan en discusiones a gritos, y por ratos el silencio les cae encima, como si hubieran agotado las palabras de sus repertorios lingüísticos.
No son infrecuentes las tardes en que interactúan con los parroquianos, pero, en general, mantienen la distancia aséptica de quienes se saben portadores del virus de la añoranza. Digamos que no les interesa hacer amigos porteños, que evitan crear nuevos afectos: no lo expresan, pero saben que cualquier vínculo es un ancla, y desde hace tiempo viven listos para partir.
En fin, creo que en la conducta de estos cosmopolitas hay una intención deliberada: no provocar apegos, mantener las amarras sueltas, estar siempre prestos para emprender la imprevista retirada que seguramente les guarda la vida.
Empero, a pesar de su inocultable indiferencia, son como parte de la decoración del lugar, esa a la que uno se acostumbra a ver a diario. Por eso, si un día abandonaran el puerto o cambiaran su lugar de tertulia, bastaría con una maceta de buganvilias para cubrir su ausencia.
Desde hace varias semanas se ha sumado un nuevo personaje a la mesa de los extranjeros. Apareció en la cantina la tarde en que, por primera vez, se alumbraron las casas y las calles del centro con la energía generada por una planta eléctrica que funciona a base de diésel. Había un ambiente festivo entre los parroquianos, entusiasmados por el arribo de la modernidad, y, aunque intentó hacerse pasar por uno de tantos aventureros atraídos por el tren del progreso que, dicen, se encarrila por estos rumbos, los meseros no tardaron en soltar el rumor de que se trata de un temible descendiente del profeta Abraham. Me cuesta dar crédito a tal versión, porque el hombre no tiene reparo en transgredir los Mandamientos: elogia la riqueza de sabor que caracteriza a la cochinita – el pecaminoso guiso de cerdo, especialidad de la cantina -, no guarda los ritos del séptimo día ni le hace gestos a los tragos (sobre todo cuando no le cuestan); le tiene sin cuidado contaminar el templo del Señor con el humo de carísimos tabacos, y es el más concupiscente de los apátridas.
Ya son de dominio público sus incursiones nocturnas a la peligrosa zona de tabernas y prostíbulos, y su sospechosa convivencia con oscuros personajes de los muelles figura entre los chismes que animan las charlas de los parroquianos.
Recién llegado, pretendió confundirse con los comerciantes que deambulan por las calles del centro: vestía lujosas guayaberas y se cubría del sol con un elegante sombrero de paja, de esos que antes usaban los hombres del campo y ahora presumen los pudientes del puerto.
Sin embargo, pronto fue descubierta su impostura: entre el exotismo de su apariencia y lo melindroso de sus propinas, el disfraz no engañó la aguda visión crítica de los meseros, curtidos en el arte de escudriñar los más duros espíritus. Miguel, que cuenta haber sido barrista en las tabernas más sórdidas de los puertos del Caribe afirma –con la convicción de su experiencia– que es un espía, enviado por su comunidad a vigilar no se sabe qué cosas tenebrosas. Otros creen que, simplemente, como la mayoría de los despatriados, está harto del mundo y eligió este rincón para escapar del acoso de su mal pasado.
Por mi parte, casi me convenzo de que, en realidad, es uno de tantos desventurados que de cuando en cuando son arrojados al puerto como las aves que huyen de las tormentas.
No obstante, cuando coincidimos en la barra, procuro mantener sana distancia de sus cuestionamientos y, sobre todo, de su presencia. No es por miedo, sino más bien por mero instinto de prevención.
Uno nunca sabe, no sé, pero entre los meseros circula la especie de que han visto, rondando por el puerto, a hombres desconocidos con apariencia islámica.
Y es que hay pleitos de familia que no acaban nunca.
Digo, cualquier día de estos ocurre una mini conflagración internacional en la cantina, en el ombligo del orbe en que se ha convertido la mesa de los despatriados.
O tal vez sólo estoy exagerando… Ya saben, uno también se inventa historias de conspiración cuando la rutina se vuelve un par de espejos que se reflejan al infinito.


