A escasos 14 días de iniciar el proceso electoral de 2021, en el que la población elegirá a los próximos gobiernos municipales y a los diputados federales, el partido Morena en la entidad empieza a patear su suerte, a vilipendiar su futuro y, lo peor, a parecerse cada día más a lo que fue el PRD.
Parece mentira ver que el partido a vencer, la fuerza política que hoy luce como la más poderosa, de pronto, cuando el reloj político marca cinco para las doce, empiece a tirar todo por la borda, saque el cobre y muestre su verdadero rostro.
Y es que el domingo pasado, luego de meses de jaloneos al interior para la elección de la dirigencia estatal, repentinamente se reunieron un puñado de morenistas, sin avisar a la militancia, y en un céntrico hotel decidieron nombrar a una regidora como nueva dirigente del partido en el estado y los ahí presentes se repartieron las carteras como suculentas golosinas.
Por supuesto que no tengo absolutamente nada en contra de Anahí González, no sabía que existía en el mundo, dado que yo he sido la primera en demandar cambio de rostros y personajes de la política, poner un freno al “siempre los mismos” que sólo cambian de colores como camaleones, llegan por ser “amiguitas” ya veremos a la tal Anahi González. Al tiempo.
Pero lo malo radica en el madruguete, en la antidemocracia, en el verle la cara a la militancia, en el presentarse de una forma y ser totalmente lo contrario.
El hecho es que desde que llegó la delegada de Morena, Liliana Castro, todo al interior se ha descompuesto y hoy sólo permea el descontento, un sentimiento que irremediablemente lo tendrá que pagar este partido en los próximos comicios locales.
Son muchos los que al interior ya presentaron sus impugnaciones, sus quejas y no tardan las renuncias al partido que, por lo visto, empieza a hacer agua.
Y mientras esto ocurre, el PRI, PAN y PRD se relamen los bigotes.
Bien dicen que “cuando veas a tu enemigo hacer pendejadas… déjalo”.

