Inosente Alcudia Sánchez
Entre primavera y verano, hay tardes en que los gritos y carcajadas rebosan la cantina y se esparcen por la ciudad amurallada, aprovechando la quietud de la hora de la siesta.
Durante esos meses, la cantina es un oasis en ebullición que ofrece refugio a los obreros sedientos que terminan su jornada en los muelles, y a los extranjeros que se aventuran al interior de la ciudad.
En días así, uno sabe desde lejos quiénes son los que escandalizan en la cantina mientras arrojan los dados sobre la barra de madera.
Y es que todo en esta vida tiene un sonido y un ritmo singular, irrepetible, que nos hace visibles a los humanos, aunque no nos vean. Pero quizás eso no lo sabía el hombre que, varios años atrás, huyó del puerto tras asesinar a mansalva, con un disparo en el cogote, a un querido parroquiano.
Nunca se conoció qué causó aquella desgracia que acabó con la vida del más afortunado jugador de cubilete del que se tenga memoria. El finado, no solo se emborrachaba a costa de la multitud de jugadores que se entretenían tirando los dados, sino que la suerte le alcanzaba para embolsarse una buena cantidad de monedas y billetes.
El difunto tenía un hijo único, de escasos ocho años al momento de su muerte, que tuvo tiempo suficiente para madurar el odio contra el hombre que le obsequió la orfandad.
Mientras alcanzaba la mayoría de edad, aderezó el rencor con el entrenamiento del oído: el abuelo le enseñó que eran cinco golpes espaciados y tres rápidos los que distinguían al asesino entre el alboroto de la barra. Y, cada día, con un vaso de plástico, dedicó horas a practicar los ocho golpes del cubilete.
Los memorizó tanto que llegó el tiempo en que, en cualquier lugar, de repente se descubría escuchando el golpeteo en lo profundo de su subconsciente.
Por eso, aquella tarde calurosa de canícula, más de diez años después de la desgracia, no tardó en agudizar el oído y descubrir que sí, ahora sí era real el tac-tac-tac-tac-tac-tactactac que el viento traía desde la cantina.
El hombre joven se levantó de la hamaca donde dormitaba y, con toda la flojera del mundo, amarró las agujetas de sus zapatos sucios, salpicados de sangre seca. Se acomodó la camisa y agarró el sabucán donde guardaba sus herramientas de trabajo.
“¿Pa’ dónde vas?”, alcanzó a gritarle su madre.
“A saludar a un amigo que llegó anoche”, contestó desganado, en lo que acomodaba el pestillo que mantenía la puerta entreabierta.
Caminó lento las cuatro cuadras que lo separaban de la cantina. El bochorno subía desde el sascab polvoso que blanqueaba las calles solitarias.
Escuchó nuevamente los ocho golpes del vaso sobre la carpeta de la barra.
Entró a la casona y encontró un espacio, junto a la mesa de los despatriados, en el que no entorpecía el tráfico de meseros y bebedores.
La euforia ya estaba encendida y nadie se ocupó de su presencia.
Fijó la vista en la barra, donde se agolpaba una decena de jugadores que, entre gritos, se pasaban el cubilete.
Un hombre maduro, de piel curtida por la intemperie, cogió el vaso negro, metió y agitó los cubos y comenzó el ritual: cinco golpes espaciados y tres rápidos, antes de tirar los dados.
“¡Póker!”, gritó alguien.
El hombre joven sintió reseca la garganta, pero no se atrevió a pedir una cerveza. Tanteó el interior de su sabucán y se enfiló a la barra.
Decidido, como si fuera a sumarse al juego, hizo a un lado a dos bebedores y consiguió lugar junto al hombre maduro: eran casi de la misma estatura.
El estribillo de Lágrimas Negras, la canción de Miguel Matamoros, se cantaba a coro en el otro extremo de la cantina: “Tú me quieres dejar, yo no quiero sufrir, contigo me voy, mi santa, aunque me cueste morir…”
Entonces, el joven se le pegó, pasó el brazo derecho por su espalda, como en un medio abrazo, y, sin sacar la mano izquierda del sabucán, le empujó el punzón hasta el fondo, abajito de la tetilla, ahí donde, le decía el abuelo, los cochinos ni se quejan.
El hombre lo miró sin sorpresa, como si lo estuviera esperando, y sus rostros casi se rozaron.
Podría decirse que, más que dolor o miedo, en su mirada brillaba una luz de ternura.
“Viniste”, alcanzó a decir en medio de una mueca que parecía sonrisa.
El joven sintió cómo se aflojaba el cuerpo y lo abrazó con fuerza para evitar que se derrumbara.
Antes de que la vida le escapara en un borbotón de sangre, el hombre alcanzó a murmurar, casi al oído del joven:
“Yo iba ir a verte… hijo.”
Por primera vez, el silencio de la cantina sonó más fuerte que los golpes del cubilete y se propagó por encima del recinto amurallado. El ocaso caía mar adentro y unos obreros reparaban las velas de un barco que había atracado la noche anterior.


