2 mayo, 2026

José Juan Cervera

Ciertas obras literarias desbordan una vitalidad de alcances insospechados, al grado de crear lazos perdurables con sus lectores, entre ellos los que se dedican también al ejercicio de la pluma. Las cualidades observadas en sus libros dan aliento para frecuentar las páginas que las encarnan en su particular expresión. Y poco importan las distancias y los tiempos cuando esta fuerza circula dejando en claro el valor de la palabra.

La seducción que brota de los libros de José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967), le allegó muchos seguidores en su natal España y en latitudes diversas. Entre ellos, Ermilo Abreu Gómez fue uno de los más entusiastas y reflexivos tras asimilar las floraciones de su arte prosístico; lo menciona asiduamente en sus estudios sobre la lengua castellana y el estilo literario. Lo hace con devoción lectora y con agudeza intelectual, aunque algunas veces discrepó de sus opiniones proponiendo otros enfoques de alcance conceptual e histórico.

Así, por ejemplo, cuando Azorín afirma que el decaimiento de los valores estéticos de la lengua en territorio español durante el siglo XVIII se debió a la proliferación de trabajos eruditos, el yucateco asegura que esa tendencia cobró origen más bien en la persistencia de formas expresivas nacidas en la centuria antecedente, ya caducas para ese entonces, aunándose a la introducción de galicismos favorecida por los Borbones.

Abreu estaba convencido de que “siempre hay que citar a Azorín”, apreciando los rasgos de la prosa y las enseñanzas del alicantino; es lo que opina también de Baroja, de Cela y de varios más. Examina a fondo la conocida observación de Azorín acerca de cómo los autores clásicos reflejan la sensibilidad moderna porque la perspectiva que le es inherente evoluciona con el paso de las generaciones. El autor de Canek agrega tajante: “Un clásico sólo puede reflejar el espíritu vivo, actual, el que rodea al escritor. Por eso los escritores llamados clásicos del siglo XIX que tratan de copiar a los clásicos del siglo XVII no son clásicos: son apenas unos tránsfugas del idioma. No son nada”.

Y a propósito de la sensibilidad que hombres y mujeres de letras comparten al influjo del espíritu de su época, así como Azorín dio título a uno de sus libros de crítica literaria con el nombre de Clásicos y modernos (1913), Abreu Gómez rinde homenaje tácito al maestro designando Clásicos, románticos, modernos (1934) a una colección de ensayos que rondan temáticas afines, aunque, como es fácil comprender, se sitúa en el análisis de la obra de escritores mexicanos.

La concordancia de Ermilo Abreu Gómez con muchos de los postulados de Azorín se expresa también en su defensa del estilo fluido y de la interrogación constante de los elementos esenciales que lo conforman, y de la ardua labor que implica la suma de años de experiencia creadora para lograrlo. De aquí surge la elegancia que pone en juego sus dotes para emprender el vuelo sin abandonar la propiedad de toda prosa que conjunta en su sentido claro y exacto el hecho u objeto referido y la forma expresiva que lo capta.

Los valores que Abreu admira en Azorín afloran en su propio sistema de escritura, ya que ambos ensalzaron el arte de la prosa cimentada en sencillez y tono espontáneo, virtudes que procuran una luminosidad discreta y representativa de los textos en cuya concurrencia se manifiestan el disfrute del proceso de composición y el triunfo sobre los obstáculos retóricos que acechan siempre a quienes cultivan esta disciplina. Sus frutos pueden avizorar la plenitud si anida en ellos la gracia nacida de la intuición y del buen gusto, medida de las personalidades que se avienen a su fortaleza interna traducida en equilibrio.

En un plano más anecdótico, el memorioso Ermilo relata un suceso que podría juzgarse aderezado por su caudal imaginativo pese a los detalles que brinda al respecto. En una nota de prensa cuenta que perdió su colección de obras de Azorín por incurrir en un exceso de candidez poniendo las llaves de su casa en manos de un conocido suyo, taimado contertulio que se dio el gusto de saquear su biblioteca. Una pérdida como esa debió pesar mucho en el ánimo de quien, consciente de su oficio creativo, selló una afinidad profunda con otro escritor a quien leyó atentamente para orientar su criterio y fortalecer sus convicciones más hondas.

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