Inosente Alcudia Sánchez
He escuchado varios testimonios de policías, mujeres y hombres, que participaron en el operativo efectuado en el penal de San Francisco Kobén, en Campeche, la madrugada del 15 de marzo. Es una historia espeluznante que refleja una bestial incompetencia y/o la criminal irresponsabilidad de los mandos que planearon y ordenaron el operativo. Literalmente, los jefes policiacos mandaron al matadero a sus subordinados.
Este asunto ha dominado las conversaciones entre los campechanos y alcanzó impacto nacional. También, conforme se fueron conociendo las circunstancias y las razones de la inconformidad de las y los policías se extendió el respaldo de la ciudadanía. La opinión pública coincide en que está justificada la indignación de las y los policías y que tienen razones de sobra para reclamar la renuncia de sus superiores (no es poca cosa el haber puesto sus vidas en riesgo); pero, el conflicto trascendió lo estrictamente laboral, escapó de las instalaciones de la Secretaría de Protección y Seguridad Ciudadana (SPSC) y se ha materializado en dos marchas que, para los estándares de participación local, resultaron multitudinarias.
A las autoridades debiera llamarles la atención ese hecho: no es habitual que los campechanos tomemos las calles, por buena que sea la causa. Más inusual es que esta coincidencia de intereses se haya dado al borde de la contienda electoral –cuando se han agudizado las controversias partidistas– y a favor de los empleados de gobierno menos apreciados por la ciudadanía. Lo vimos: codo a codo, con los familiares de los policías en protesta, caminaron indignados ciudadanos y líderes de diversas filias políticas. Debemos comenzar a aceptar, entonces, que esta expresión de descontento social va más allá de la solidaridad con las justas causas que animan los reclamos de las y los policías. Sin menospreciar la coyuntura electoral, uno puede interpretar motivaciones más profundas en el enojo colectivo que gritaba ¡Fuera, Marcela! ¡Fuera, Layda!
Parece que nos encontramos ante una acumulación de molestias que no están relacionadas directamente con el desempeño, bueno o malo, de la jefa policiaca, sino con la imagen que ha construido durante su estancia en Campeche. Marcela, el nombre convertido en consigna, se ha transfigurado en un personaje que no tiene nada que ver con su cargo, sino con un perfil público que es rechazado por la colectividad. Para los policías son concretas y objetivas las causas de su protesta; para la sociedad, esas causas son la mecha que encendió el disgusto por agravios mayores.
Imposible negar que una buena parte de la sociedad está descontenta por el comportamiento extraburocrático de Marcela. Las redes sociales han dado cuenta de hechos que reprueban la mayoría de los campechanos, incluyendo a sus compañeros de la burocracia estatal que, soterradamente, critican los excesos y la frivolidad en el estilo de vida de sus hijas e hijo; los probables actos de nepotismo; las expresiones desafortunadas sobre el modo de ser de los campechanos; la exhibición de sus lujosos viajes; la sustitución de mandos locales por foráneos… más la creciente percepción de violencia e inseguridad que recorre los hogares campechanos.
En estos días, la animadversión social hacia Marcela se ha agudizado y su permanencia al frente de la secretaría sólo incrementará la reprobación ciudadana del gobierno morenista. Por eso, su continuidad al frente de la dependencia tendrá un alto costo político para el gobierno y su partido. Y, de darse, su renuncia no obedecería a una pretensión ilegítima ni a una estrategia orquestada por viejos adversarios políticos; se trataría, realmente, de un acto de autoridad para atemperar el rencor social que comienza a asomar con la primavera. Sacrificar un príncipe para salvar el reino.
Porque no es el amor por los policías lo que se expresa con emoción y furia en las pláticas familiares y en las tertulias de amigos. Tampoco es en contra de las cada vez más frecuentes ejecuciones, o para denunciar las crecientes extorsiones y el cobro de piso, que los campechanos marchan hermanados a pesar de sus diferencias. Es, eso sí, expresión de un enojo colectivo, catarsis que explota en las consignas que retumban para hacer sentir que hay un jaguar, o tigre, suelto en las calles.
Lo de los policías puede ser sólo el inicio de una primavera convulsa. Las redes sociales y los medios de comunicación digitales dan cuenta de diversos brotes de inconformidad que, de explotar, comprometerían la gobernabilidad en el estado. La renuncia de Marcela no debe verse como la concesión a un capricho de los policías en protesta; sería, en realidad, una decisión de gobierno para aliviar el mal humor social con que llegamos a esta época que puede ser crisol de antagonismos largamente madurados.
Mientras, en lo que el pueblo espera a conocer las sanciones para los responsables del operativo malogrado en el penal de Kobén, el fantasma de la inconformidad recorre Campeche.




