18 abril, 2026

Pueblos indígenas… – Así nos vemos 

Edgar Prz

El pasado sábado 9 de agosto se cumplieron 43 años de la instauración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Casi medio siglo ha pasado de este reconocimiento, pero ¿cuántos siglos pasaron en donde la ignominia y el olvido fueron sus eternos acompañantes?

En una reunión de trabajo de la ONU sobre poblaciones indígenas que tuvo lugar en Ginebra en 1982, se propuso que la fecha sea el 9 de agosto de cada año. Este fue el primer escalón ganado ante tanto exterminio indígena. Muchos países han olvidado la grandeza de los indígenas, entre ellos México, que obvió la existencia de 69 grupos étnicos que tiene. Este mosaico de culturas y tradiciones ha servido para darnos identidad como nación pluricultural, en donde la diversidad no ofende, sino que enriquece la vida de los pueblos.

Todo mundo se admira de la majestuosidad de las pirámides, de los templos de las zonas arqueológicas, del folclore, de la música, de los atuendos, de las características peculiares de sus lenguas, de sus tradiciones, de su respeto por la naturaleza, de la cual han sido guardianes durante siglos y que ahora, por la avaricia y complicidad de ciertas autoridades, les han quitado la potestad sobre su tierra, las selvas y el monte.

La celebración tiene como objetivo reconocer y recordar el progreso notable en la promoción y salvaguarda de los derechos de las comunidades indígenas; proteger y preservar las culturas, lenguas y formas de vida únicas de los pueblos indígenas; concientizar y educar a todos sobre la importancia de defender los derechos de los pueblos indígenas.

Un atento recordatorio de que antes de cualquier cosa, los indígenas ya existían. Eduardo Galeano cita: “Vinieron… Ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.”

Cuánta verdad se ha desprendido desde esa colonización y no descubrimiento; ellos no llegaron a descubrir, sino a destruir. Las culturas y tradiciones de los pueblos ya existían, todos estaban inmersos en sus mundos y ¿quién nos dice que no eran felices? Por ejemplo, los mayas aportaron al mundo, dentro de sus grandezas, la utilización del cero, vital para las matemáticas y la cotidianeidad de la vida. Sus avances en astronomía y fenómenos naturales los tenían identificados y, en lugar de temerles, los adoptaban.

Explíquese usted este detalle: ¿cuántos ciclones, huracanes han soportado la Zona Arqueológica de Tulum y su Castillo frente a las olas del mar? Siguen imponentes, desafiando al Mar Caribe como diciéndole: “Hey, aquí estoy, recuérdame.” O las pirámides de Teotihuacán, que se ubican en una zona telúrica y, parafraseando una rima popular: “los temblores, sismos le hacen lo que el viento a Juárez…”

Los indígenas desde siempre han sido usados como carne de cañón, traen un bagaje de gloria, de progreso, de crecimiento, de desarrollo que fue eclipsado por los invasores de sus tierras; hicieron de todo para acabarlos y, aun así, la grandeza de esos pueblos permea, subsiste y maravilla. Es justo y es tiempo de hacer un balance real: ¿cuánto se ha avanzado? De lo poquito es de lo que se vanaglorian las autoridades, con lo que sostienen sus gobiernos.

Se ha pasado de mano en mano, les ofrecen paliativos y no remedios, los invitan a los eventos solo para decorar la escenografía, para las fotos y mandar la señal de que son tomados en cuenta. Solo que cuando termina el evento, los regresan a su realidad de miseria y pobreza. Esa telenovela ya está muy, pero muy vista; nunca cambian los actores principales, es más, no los convidan a las buenas viandas, ni les permiten tomar decisiones.

Los tienen en zonas demarcadas donde el progreso y el bienestar transita no muy a menudo. Les distribuyen limosnas para tenerlos contentos. Ahora, hay muchos profesionistas indígenas muy capaces, pero no les dan la alternativa; los emplean en áreas de poca utilidad, los trabajos tienen “pedigree” y, como ellos no lo poseen, por eso la indiferencia. Aquello que nos independizamos de la colonización española es como una serie de Netflix: tiene drama y emoción y al final ganan los mismos. Agregaré un ejemplo: los complejos hoteleros de la Riviera Maya y Tulum requieren mano de obra, hay profesionistas mayas capacitados, inteligentes, preparados, pero sin acceso a la toma de decisiones; ellos entran por la puerta trasera, son ingenieros, licenciados, técnicos, que hacen labores de limpieza y mantenimiento. La realidad es cruda; insisto, la dominación sigue, aunque suene cruda la realidad. Las oportunidades no son las mismas, las puertas para ellos no están abiertas. No les respetan que durante siglos sus antepasados cuidaron y vigilaron estas tierras; ahora que adquirieron otros valores, los remiten de nuevo al ostracismo, ¡no hay que ser!

Por eso, las manifestaciones de protesta, de enojo, de molestia. Dentro de poco le darán la Presidencia de la SCJN a un indígena mixteco, a alguien formado con ideales de un grupo y no de su comunidad; no va a entrar con ánimo de servir, sino de complacer a sus amos, y eso no abona en nada a la reivindicación del indigenismo. Nos están vendiendo la idea de que es copia fiel de Benito Juárez, cosa más distante, una distancia considerable. Nada que ver, no existe comparación.

Al gobierno le ha resultado la formación de “islas”, de dividir a los grupos, de enfrentarlos y después decirles que los van a ayudar; lo más dramático son “aquellos que saben quiénes son sus verdugos y, aun así, los defienden.” Esa treta limosnera sigue siendo útil para preservar su status quo. Mientras tanto, la brecha de la desigualdad y de la injusticia cada día se abre más. Por eso, mi desánimo va implícito. No tengo mucho que celebrar, ¿no lo cree usted?

Mejor seguiré caminando y cantando: “Compañeros de historia, tomando en cuenta lo implacable que debe ser la verdad, quisiera preguntar, me urge tanto: ¿qué debiera decir, qué fronteras debo respetar, si alguien roba comida y después da la vida, ¿qué hacer? Hasta dónde debemos practicar las verdades, hasta dónde sabemos, que escriban pues la historia…”

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